PARTE 2: ESTA VEZ ELEGÍ MI FUTURO

Gabriel se quedó mirando el acuerdo de divorcio.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

Tania permanecía detrás de él, abrazándose los brazos. Por primera vez, su expresión de víctima desapareció.

Gabriel cerró el sobre.

—¿Quieres divorciarte porque voy a llevar un gato al veterinario?

Casi me hizo reír.

—No. Quiero divorciarme porque llevo siete años casada con un hombre que siempre encuentra tiempo para otra mujer y espera que yo organice el resto de su vida.

—Laura…

—Ve. Tania te está esperando.

Me marché.

Durante las semanas siguientes hice algo que en mi vida anterior nunca había conseguido hacer:

me elegí a mí misma.

Preparé mi viaje a North Harbor.

Transferí mis pacientes.

Contraté una abogada.

Y dejé de resolver los problemas de Gabriel.

Entonces llegó el día que recordaba perfectamente.

El cumpleaños de Tania.

A las cuatro de la tarde recibí la confirmación de mi vuelo.

A las cinco, Gabriel llamó.

—Laura, necesito hablar contigo.

Escuché tráfico detrás de él.

Mi cuerpo recordó el miedo de mi vida anterior.

Aquella llamada.

Aquella carretera.

Aquel accidente.

—Estoy conduciendo —continuó—. Tania olvidó algo y tengo que…

Lo interrumpí.

—Detén el auto antes de hablar por teléfono.

—Laura, espera…

Colgué.

No cancelé mi vuelo.

No abandoné mi formación.

No corrí detrás de él.

Una hora después, mientras esperaba para embarcar, recibí la llamada del hospital.

Gabriel había sufrido un accidente.

Cerré los ojos.

La historia había vuelto a alcanzar el mismo punto.

—Doctora, preguntaron específicamente por usted.

—No estoy disponible.

—Su estado es grave.

Apreté el teléfono.

Durante unos segundos regresaron todos los recuerdos.

El quirófano.

El medicamento experimental.

Mi licencia destruida.

Gabriel firmando contra mí.

No.

Esta vez no.

—Hay un equipo de trauma de guardia —respondí—. Que sigan el protocolo.

Subí al avión.

Gabriel sobrevivió.

Sin mí.

Necesitó varias operaciones y meses de rehabilitación, pero sobrevivió mediante tratamientos autorizados.

Y entonces ocurrió algo que terminó de romper la mentira que había cargado desde mi primera vida.

La investigación del accidente determinó que Gabriel no regresaba de comprar un pastel.

Tania iba con él.

Además, los mensajes recuperados mostraban que su relación había cruzado hacía tiempo los límites que ambos juraban respetar.

Cuando Gabriel salió del hospital, el divorcio ya estaba avanzado.

Yo estaba en North Harbor.

Seis meses después dirigí una investigación clínica.

Un año después regresé como nueva jefa de departamento.

El puesto que, en mi otra vida, había terminado ocupando Tania.

Gabriel me esperaba una tarde fuera del hospital.

Caminaba con dificultad.

—Laura.

Me detuve.

—Ahora entiendo todo lo que hiciste por mí.

Negué suavemente.

—No. Entiendes lo que perdiste.

Sus ojos se humedecieron.

—¿Podemos empezar otra vez?

Lo miré durante unos segundos.

En mi primera vida había sacrificado mi carrera para que él pudiera seguir viviendo la suya.

En esta, había aprendido algo mucho más importante.

Salvar a alguien no significa entregarle tu propia vida.

—No, Gabriel.

Seguí caminando.

Esta vez él estaba vivo.

Yo seguía siendo médica.

Y por primera vez, ninguna de esas dos cosas había requerido destruirme a mí misma.

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