Tres días después, Adrian encontró los papeles del divorcio sobre nuestra mesa.
Yo estaba de guardia en el hospital militar cuando llamó.
—Elena, ¿qué significa esto?
—Exactamente lo que dice.
—¿Quieres divorciarte por Lily?
Solté una risa breve.
Incluso entonces seguía creyendo que todo giraba alrededor de ella.
—No. Quiero divorciarme por mí.
Hubo silencio.
—Regresa esta noche. Hablaremos.
—No puedo. Estoy preparando mi traslado.
Su respiración cambió.
—¿Qué traslado?
—Frontera sur.
—¿Cuándo solicitaste eso?
—La noche que estaba encerrada y llamé veintisiete veces a mi esposo.
Adrian apareció en el hospital cuarenta minutos después.
Entró todavía con nieve sobre los hombros.
—Retira la solicitud.
—No.
—Eres mi esposa.
Lo miré tranquilamente.
—Por poco tiempo.
Fue entonces cuando su máscara finalmente se quebró.
—¿Cinco años no significaron nada?
—Significaron demasiado. Por eso tardé cinco años en irme.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
El coronel encargado de mi caso disciplinario entró con una carpeta.
—Doctora Bennett, encontramos al responsable.
Adrian se volvió.
Yo también.
Mi detención había ocurrido porque medicamentos controlados habían desaparecido del almacén médico y mi firma figuraba en los registros.
La investigación acababa de demostrar que mi autorización había sido falsificada.
Pero eso no fue lo peor.
La persona que había utilizado mis credenciales era una enfermera asignada temporalmente al hospital.
Y había confesado que alguien le había pedido hacerlo.
Lily Moore.
El rostro de Adrian perdió el color.
—Eso es imposible.
El coronel dejó fotografías, registros y mensajes sobre la mesa.
Lily sabía que yo estaba compitiendo por una plaza permanente dentro del nuevo centro médico militar.
Si conseguía que me sancionaran, mi expediente quedaría manchado.
Adrian tomó uno de los mensajes.
Su mano comenzó a temblar.
—Ella sabía que Elena estaba detenida…
—Sí —respondió el coronel.
Sentí algo parecido a una ironía amarga.
Lily había sabido dónde estaba yo.
Adrian no.
Porque nunca preguntó.
Aquella misma tarde fueron a buscarla.
Y por primera vez, Adrian no corrió detrás.
Corrió hacia mí.
Pero llegó tarde.
Mi traslado había sido adelantado.
Cuando apareció en la plataforma militar, yo ya llevaba el uniforme de campaña y una pequeña maleta.
—Elena.
Se plantó delante de mí.
—No te vayas.
Cinco años atrás, esas tres palabras habrían sido suficientes para hacerme abandonar cualquier sueño.
Ahora no provocaron nada.
—¿Porque me amas?
Adrian abrió la boca.
No respondió inmediatamente.
Sonreí.
Ese segundo de silencio fue mi última respuesta.
—Adiós, mayor general Foster.
Subí al vehículo.
Meses después, el divorcio quedó formalizado.
Lily enfrentó las consecuencias disciplinarias correspondientes y Adrian pidió voluntariamente un traslado lejos de Pekín.
Nunca supe si lo hizo por vergüenza, culpa o porque finalmente comprendió lo que había perdido.
Tampoco importaba.
En la frontera encontré aquello que había abandonado durante años por perseguirlo: mi carrera, mi dignidad y una vida que me pertenecía.
Una noche recibí una carta suya.
Solo decía:
“Ahora entiendo por qué dejaste de llamarme.”
La doblé.
La guardé en un cajón.

Y no respondí.
Porque Adrian se equivocaba.
Yo no había dejado de llamarlo aquel día.
Había dejado de esperarlo.