PARTE 2: ESTA VEZ, ÉL TUVO QUE ESPERAR

Ethan tardó cuatro días en darse cuenta de que hablaba en serio.

El quinto apareció frente a mi apartamento.

Pero ya estaba vacío.

Yo había vendido los muebles, entregado las llaves y tomado un vuelo a Nueva York.

Me llamó treinta y siete veces.

No contesté.

Durante los primeros meses, mi vida fue demasiado intensa para pensar en él. Trabajaba en un equipo de investigación clínica, estudiaba hasta la madrugada y aprendía a vivir en una ciudad donde nadie sabía quién era Ethan Grant ni quién recibía primero la langosta.

Por primera vez en años, yo era la prioridad de mi propia vida.

Seis meses después, Chloe me escribió.

“Ethan está fatal. ¿De verdad vas a tirar dos años por una tontería?”

La bloqueé.

Un año después, recibí otro mensaje.

Esta vez de la madre de Ethan.

“Claire, creo que deberíamos hablar.”

También lo ignoré.

Solo mucho después descubrí qué había ocurrido.

Sin mí allí para aceptar silenciosamente el segundo lugar, Chloe empezó a exigir cada vez más.

Quería acompañarlo a todos los eventos.

Interrumpía sus citas.

Decidía sus vacaciones.

Incluso rechazaba mujeres que la señora Grant intentaba presentarle.

Hasta que, durante una cena familiar, la madre de Ethan colocó delante de Chloe las joyas de la abuela.

—Ya hemos esperado bastante —dijo—. ¿Cuándo vais a comprometeros?

Ethan dejó los cubiertos.

—Nunca.

Su madre se quedó helada.

—¿Qué?

—Chloe no es mi novia.

Entonces su madre pronunció la pregunta que él llevaba años evitando.

—¿Y quién lo era?

Ethan respondió:

—Claire.

Por primera vez contó la verdad.

Los dos años.

El apartamento.

Las promesas.

Y cómo me había escondido porque enfrentarse a su madre le parecía más difícil que pedirme paciencia.

La señora Grant quedó en silencio.

Después preguntó:

—¿Y dónde está Claire?

—Se fue.

—Pues tráela de vuelta.

Ethan soltó una risa amarga.

—Eso llevo intentando desde hace un año.

Tres años después de aquella cena de langosta, regresé a Shanghái para presentar los resultados de un proyecto internacional.

Cuando terminé mi conferencia, alguien esperaba fuera del auditorio.

Ethan.

Parecía más maduro.

Y mucho menos seguro de sí mismo.

—Claire.

—Hola, Ethan.

Me tendió una pequeña caja.

Dentro estaba aquella tarjeta VIP del restaurante.

La de Chloe.

—La cancelé hace años.

Casi me hizo gracia.

—No necesitabas venir para decirme eso.

—No vine por la tarjeta.

Respiró profundamente.

—Vine porque por fin entendí lo que hiciste aquella noche.

Lo observé sin hablar.

—Pensé que estabas enfadada porque Chloe recibió la primera langosta. Pero nunca fue la langosta.

—No.

—Era todo.

Asentí.

Ethan bajó la mirada.

—Creía que pedirte que esperaras demostraba cuánto confiabas en mí. Ahora entiendo que solo demostraba cuánto estaba dispuesto a hacerte esperar.

Por primera vez, había entendido exactamente el problema.

Pero comprenderlo no podía devolvernos tres años.

—Lo siento —dijo—. Si existiera alguna posibilidad…

—No existe.

Sus ojos se humedecieron.

—¿Hay alguien más?

Sonreí.

—Sí.

Ethan palideció.

Entonces añadí:

—Yo.

Se quedó mirándome.

—Durante mucho tiempo pensé que amar significaba acomodarme alrededor de la vida de otra persona. Ahora tengo una carrera que adoro, amigos, proyectos y una vida que no necesito abandonar para que alguien me elija.

Guardé la tarjeta otra vez en su mano.

—Espero que tú también encuentres eso.

Me marché.

Aquella noche, mis compañeros me llevaron a cenar para celebrar la conferencia.

Casualmente, el restaurante servía langosta negra.

Una compañera pidió la última.

El camarero volvió minutos después.

—Disculpen. Solo queda una.

Todos me miraron porque sabían que era mi favorita.

Me reí.

—Compartámosla.

Cuando llegó, nadie decidió quién merecía comer primero.

La pusimos en medio de la mesa.

Y mientras hablábamos y reíamos, comprendí por qué aquella cena de años atrás seguía siendo tan importante para mí.

No había dejado a Ethan porque una vez eligiera a Chloe primero.

Lo había dejado porque llevaba dos años enseñándome cuál era mi lugar.

Y aquella noche, a las 11:57, finalmente había aprendido a elegir el mío.

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