Al terminar la foto, Sebastián me siguió hasta el pasillo.
—¿Qué te pasa?
Seguí guardando las velas sobrantes.
—Nada.
—Sabes perfectamente que traer a Camila no significa nada.
—Entonces no debería ser difícil explicárselo tú mismo a tu familia.
Su mandíbula se tensó.
—Siempre has sabido manejar estas situaciones mejor que yo.
Ahí estaba el verdadero problema.
Durante ocho años, Sebastián no había aprendido a ser considerado.
Había aprendido que yo arreglaría las consecuencias.
—Pues hoy puedes practicar.
Regresé al salón.
Cinco minutos después llegó el momento de los regalos.
Mi suegro abrió una corbata, un reloj deportivo y un álbum preparado por sus nietos.
Entonces Camila colocó su caja frente a él.
—Esto es para usted.
Dentro había una pequeña pintura enmarcada.
Era la antigua casa familiar de los Rivas.
Mi suegra se emocionó.
—¡La casa de Toledo! ¿Cómo recordabas tantos detalles?
Camila sonrió.
—Sebastián me mandó varias fotografías.
La sonrisa de mi suegra desapareció.
Yo levanté lentamente la mirada.
Sebastián palideció.
—Fue hace unas semanas —explicó—. Camila quería preparar una sorpresa.
—¿Hace unas semanas? —preguntó su padre.
—Sí.
Entonces ya no podía sostener la historia de que se la había encontrado “por casualidad”.
Mi suegro dejó el cuadro sobre la mesa.
—¿La invitaste tú?
Sebastián guardó silencio.
Su padre volvió a preguntar:
—¿Tu esposa sabía que hablabais?
Sebastián me miró.
Esperó.
Durante años, esa mirada habría sido suficiente.
Yo habría dicho que sí.
Habría inventado alguna explicación elegante.
Esta vez bebí tranquilamente mi agua.
—Papá, no es lo que parece —dijo finalmente.
Mi suegro apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No te pregunté qué parece.
El salón volvió a quedarse en silencio.
—Te pregunté si Clara lo sabía.
—No.
Mi suegra cerró los ojos.
Camila se levantó.
—Yo debería marcharme.
Sebastián intentó detenerla.
—Camila…
—No.
Ella lo miró con auténtica incomodidad.
—Me dijiste que Clara sabía que habíamos retomado el contacto. Me dijiste que ella no tenía ningún problema.
Sebastián se quedó blanco.
Camila tomó su bolso.
—También dijiste que vuestra relación estaba prácticamente terminada.
Aquello sí hizo que todos me miraran.
Yo también miré a mi marido.
—Interesante.
—Clara, puedo explicarlo.
—Seguro.
Me levanté.
—Pero no hoy. Hoy es el cumpleaños de tu padre.
Y continué repartiendo pastel.
Eso pareció afectarlo más que cualquier grito.
De regreso a casa, Sebastián condujo en silencio durante veinte minutos.
Finalmente golpeó el volante.
—Me dejaste quedar como un mentiroso delante de todos.
Giré hacia la ventana.
—Yo no dije que habías mentido.
—¡No dijiste nada!
—Exactamente.
Lo miré.
—Esta vez solamente no mentí por ti.
No tuvo respuesta.
Al llegar al apartamento, encontré tres mensajes de Camila.
El último decía:
Clara, necesito contarte algo. Sebastián no me trajo hoy solo para recordar viejos tiempos.
Le respondí:
¿Qué quería?
La respuesta llegó inmediatamente.
Que trabajara para la nueva fundación de su empresa.
Eso no parecía especialmente grave.
Hasta que llegó otro mensaje.
Me ofreció el puesto de directora hace dos meses.
Sentí un pequeño vacío en el estómago.
Yo había redactado el proyecto de aquella fundación.
Durante casi un año.
Sin salario.
Sin cargo.
Sebastián me decía que, cuando el consejo aprobara el presupuesto, yo dirigiría el programa.
Era la primera vez desde que había dejado mi carrera para ayudar a su familia que algo volvería a llevar mi nombre.
Abrí el portátil.
Entré en la carpeta compartida.
El documento estaba allí.
Directora propuesta: Camila Duarte.
Fecha de modificación:
seis semanas atrás.
Sebastián apareció detrás de mí y se quedó inmóvil.
—Clara…
Cerré el ordenador.
Por fin entendí por qué había llevado a Camila al cumpleaños.
No había sido nostalgia.
Quería reintroducirla lentamente en su familia, en su empresa y en nuestra vida.
Y esperaba que yo hiciera lo de siempre:
preparar la mesa.
Añadir una silla.
Sonreír.
Y dejarle sitio.
Me quité la alianza y la coloqué junto al portátil.
—Durante ocho años te salvé de todas las consecuencias de tus decisiones.
Sebastián miró el anillo.
—¿Qué estás diciendo?
—Que hoy fue la última vez.
—Clara, estás exagerando.
Negué.
—No. Simplemente dejé de ayudarte a minimizarlo.
A la mañana siguiente, su padre me llamó.
—Clara, Sebastián me ha contado lo de la fundación.
Guardé silencio.
—También me contó que el proyecto original era tuyo.
Entonces escuché algo inesperado.
—Soy el presidente del consejo que debe aprobarla.
Hizo una pausa.
—Y antes de votar, quiero escuchar a la persona que realmente la construyó.
Miré mi alianza todavía sobre la mesa.
Por primera vez en años, Sebastián tendría que presentarse ante su familia sin mí cubriéndole las espaldas.

Y yo iba a presentarme ante ellos sin esconder todo lo que había hecho para sostenerlo.
Esta vez, si alguien tenía que hacerse a un lado para añadir otra silla…
no iba a ser yo.