Sergio miró primero a los policías.
Después mi rostro vendado.
Finalmente, el anillo sobre la mesa.
—¿Qué coño significa esto?
Uno de los agentes dio un paso adelante.
—Señor Lozano, mantenga la calma.
Rocío señaló las cajas.
—¿Dónde están mis cosas?
La miré.
—¿Tus cosas?
—El bolso marrón, las botas, el portátil viejo…
Casi me reí.
Incluso entonces seguía creyendo que mis pertenencias le correspondían.
Sergio avanzó hacia mí.
—Elena, deja de hacer teatro.
El agente lo detuvo.
—No se acerque.
Entonces le entregaron la documentación relacionada con mi denuncia.
La expresión de Sergio cambió.
—¿Me has denunciado?
—Me arrojaste café hirviendo a la cara.
—¡Fue un accidente!
—Por suerte, la cocina tiene cámara.
Se quedó blanco.
Meses antes había instalado una pequeña cámara interior después de que desaparecieran varias de mis cosas. Sergio lo sabía, pero aparentemente lo había olvidado.
La grabación mostraba todo.
Su exigencia.
Mi negativa.
El momento en que tomó la taza.
Y sus palabras después.
Rocío retrocedió.
—Yo no tengo nada que ver.
—Claro que tienes algo que ver —dijo Sergio, girándose hacia ella—. ¡Todo empezó porque querías su tarjeta!
—¡Tú dijiste que Elena siempre terminaba cediendo!
Los policías intercambiaron una mirada.
Yo permanecí callada.
Ni siquiera necesitaba enfrentarlos.
Se estaban destruyendo solos.
Entonces Sergio miró alrededor del salón.
—Pues que se vaya. Esta también es mi casa.
Saqué otra carpeta.
—No, Sergio.
El apartamento lo había comprado cuatro años antes de conocerlo. La escritura estaba únicamente a mi nombre.
Durante el matrimonio, además, él había dejado de aportar a los gastos hacía casi un año mientras utilizaba buena parte de su sueldo para cubrir las deudas de Rocío.
Ya había entregado todo a mi abogada.
—No puedes echarme de mi propia casa —murmuró.
—Las medidas legales las decidirán quienes corresponda. Pero esta mañana tú mismo me dijiste que me largara.
Lo miré fijamente.
—Así que me fui.
Hice una pausa.
—Solo que confundiste quién tenía que abandonar qué.
Aquella noche dormí en casa de mi madre mientras avanzaban los trámites correspondientes.
Solicité el divorcio.
Entregué el informe médico, las fotografías y la grabación.
Y dejé que mi abogada se ocupara del resto.
Rocío nunca recibió mi tarjeta.
Tampoco mis bolsos, mis zapatos ni mis joyas.
Semanas después, Sergio intentó hablar conmigo.
—Perdí los nervios, Elena. Podemos arreglarlo.
Miré la pequeña marca que todavía quedaba en mi mejilla.
—Ya lo arreglé.
—¿Cómo?
—Dejando de confundir aguantar contigo con luchar por un matrimonio.
Cerré la puerta.
Aquella mañana Sergio creyó que podía obligarme a elegir entre entregar mis cosas o marcharme.
Eligió por mí.

Y cuando regresó aquella noche esperando encontrar a una esposa asustada y una casa llena de objetos que repartir con su hermana, descubrió qué era lo que realmente había desaparecido.
No eran mis pertenencias.
Era la mujer que siempre terminaba perdonándolo.