PARTE 2: EL PRECIO DE CEDERME SIEMPRE

Lucas descubrió lo del dinero a las ocho de la mañana siguiente.

Su director financiero lo llamó antes de que terminara de vestirse.

—Señor Zhou, tenemos un problema.

—¿Qué problema?

—La familia Su retiró su capital del proyecto Meridian.

Lucas se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—La inversión estaba vinculada al compromiso comercial firmado por la señorita Sophia Su. La cláusula permitía retirarse si el matrimonio no se celebraba.

Lucas cerró los ojos.

Meridian era el proyecto que debía convertir su empresa familiar en uno de los grupos inmobiliarios más importantes de la región.

Y casi un tercio del capital procedía de mí.

Durante años, Lucas había presentado aquel dinero como una alianza entre familias.

Pero nunca fue dinero de mis padres.

Era mío.

Entonces llegó el segundo golpe.

Su abogado llamó.

—Sophia también solicitó una auditoría de seis años de gastos.

Lucas palideció.

—¿Qué gastos?

El abogado guardó silencio un instante.

—Los relacionados con Chloe Lin.

Ahí comenzó realmente el desastre.

Yo había descubierto todo tres meses antes de la boda.

Un apartamento pagado con una cuenta empresarial que yo financiaba.

Tratamientos privados.

Viajes.

Joyas.

Un automóvil.

Incluso las cuotas de un club exclusivo.

Siempre había una explicación.

“Chloe trabaja con nosotros.”

“Es un gasto de representación.”

“Su familia ayudó a los Zhou hace años.”

Pero seguí investigando.

Y encontré transferencias suficientes para entender algo doloroso:

Yo no había estado financiando únicamente el futuro de Lucas.

También había financiado la comodidad de Chloe.

Por eso preparé mi salida.

Esperaba equivocarme.

Esperaba que el día de nuestra boda Lucas finalmente me eligiera.

Solo necesitaba una señal.

En cambio, me quitó hasta el automóvil de la novia.

Dos días después apareció frente al edificio de mi empresa.

Esta vez Chloe no estaba.

—Sophia.

Seguí caminando.

Lucas me sujetó suavemente del brazo.

—Necesitamos hablar.

Me solté.

—Habla.

—Lo del automóvil fue una estupidez.

—Sí.

Pareció sorprendido por mi tranquilidad.

—Puedo disculparme públicamente. Podemos organizar otra ceremonia.

Casi sentí pena.

Todavía creía que había perdido una boda.

No entendía que había perdido doce años.

Saqué el teléfono y le mostré varias transferencias.

Su rostro cambió.

—¿Desde cuándo sabes esto?

—Desde hace tres meses.

—Puedo explicarlo.

—Entonces explícame por qué pagaste durante seis años los gastos personales de Chloe con dinero de una empresa financiada parcialmente por mí.

—Su padre ayudó al mío.

—No pregunté por su padre.

Lucas apretó la mandíbula.

—Nunca me acosté con ella.

Lo miré.

—¿Crees que eso arregla algo?

Se quedó callado.

—Lucas, le diste mi tiempo. Mis lugares. Mi dinero. Tu atención. Y el día de nuestra boda le entregaste públicamente mi asiento.

Respiré despacio.

—No necesitabas acostarte con Chloe para convertirla en la tercera persona de nuestra relación.

Aquella frase finalmente lo dejó sin respuesta.

Entonces apareció Chloe.

Había seguido a Lucas.

—Sophia, esto ya es ridículo —dijo—. Estás destruyendo su empresa por celos.

La miré.

—No estoy destruyendo nada. Estoy retirando lo que era mío.

—¡Lucas te ama!

Sonreí.

—Entonces ahora tendrá la oportunidad de demostrar cuánto puede construir sin mi dinero.

Chloe perdió el color.

Porque ella también entendió.

Sin mi inversión, ya no había ático pagado.

Ni automóvil.

Ni viajes.

Ni aquella vida elegante que Lucas había llamado durante años “ayudar a una amiga”.

Los meses siguientes fueron incómodos para la familia Zhou.

Meridian tuvo que buscar nuevos inversores y reducirse. La auditoría obligó a justificar numerosos gastos, y Lucas tuvo que asumir personalmente parte de lo que había permitido cargar a la empresa.

Chloe dejó de parecer tan frágil cuando desaparecieron los privilegios.

Y, finalmente, también desapareció de la vida de Lucas.

Él me buscó durante casi un año.

Flores.

Cartas.

Disculpas.

Una vez incluso dejó el Rolls-Royce Phantom frente a mi oficina.

Dentro había una nota:

“Tu lugar siempre fue aquí.”

Le devolví las llaves.

Porque seguía sin entenderlo.

Mi lugar nunca había sido el asiento trasero de un Rolls-Royce.

Ni al lado de Lucas.

Ni delante de Chloe.

Mi lugar era cualquier sitio donde no tuviera que hacerme pequeña para demostrar que era fuerte.

El día que vendí definitivamente mi participación restante, salí del edificio y levanté la mano para detener un taxi.

El conductor preguntó:

—¿Adónde vamos?

Sonreí al recordar aquella mañana vestida de novia.

Tres palabras habían cambiado mi vida entonces.

Esta vez mi respuesta fue distinta.

—A donde yo quiera.

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