PARTE 2: LAS VACACIONES ERAN MÍAS

El empleado del muelle levantó la vista de su tableta.

—Señor, sus autorizaciones fueron canceladas.

Marcus soltó una risa incrédula.

—Es mi esposa. Está molesta. Déjenos abordar.

—No puedo hacerlo sin autorización de la señora.

Barbara avanzó indignada.

—¡Ella pagó con dinero matrimonial!

Cerré lentamente la computadora.

—No exactamente.

Marcus me miró.

—¿Qué significa eso?

—Que los 150,000 dólares salieron de la cuenta empresarial que tenía antes de casarnos. La villa, el hidroavión, el personal y cada actividad están contratados exclusivamente a mi nombre.

Chloe dejó su copa.

—Marcus me aseguró que la isla era de ustedes.

Lo miré.

—¿Eso dijiste?

Él ignoró la pregunta.

—Basta. Vuelve a agregarnos.

—No.

—¿Vas a destruir nuestro aniversario por una tontería?

Casi me hizo reír.

—Invitaste a tu exnovia a nuestro aniversario y me pediste que limpiara mientras ustedes descansaban.

Señalé el avión.

—Disfrutaré perfectamente sin ustedes.

Entonces Barbara cometió un error.

—Marcus, no le ruegues. Si quiere comportarse así, cuando vuelvan a casa ya entenderá quién necesita a quién.

La miré.

—Excelente idea.

Abrí nuevamente la computadora.

Marcus palideció.

Porque aquella reserva no era lo único que podía cancelar.

Durante cuatro años había financiado su supuesto negocio.

Oficina.

Automóvil.

Tarjetas.

Membresías.

Incluso el departamento que utilizaba cuando decía quedarse trabajando hasta tarde.

Todo salía de una sociedad que yo controlaba.

Entré en la cuenta corporativa.

Suspendí su tarjeta adicional.

Después cancelé la autorización del automóvil.

Finalmente detuve la transferencia mensual de 18,000 dólares que Marcus recibía para su empresa.

Su teléfono vibró.

Después otra vez.

Y otra.

Miró las notificaciones.

—¿Qué hiciste?

—Recordarte cuánto cuesta “soportar mis ausencias”.

Richard se acercó.

—No mezcles los negocios con el matrimonio.

—Marcus los mezcló primero cuando decidió que mi dinero era suyo.

Chloe observaba a mi esposo de otra manera.

—¿Tú dijiste que la empresa estaba financiando todo porque eras socio.

Silencio.

La miré.

—¿Socio?

Marcus apretó la mandíbula.

Y entonces comprendí que había otra mentira.

Abrí los movimientos financieros.

Busqué el nombre de Chloe.

Aparecieron tres transferencias.

Hotel.

Joyería.

Y una transferencia de 32,000 dólares realizada dos semanas antes.

Desde la cuenta empresarial que yo financiaba.

Giré la pantalla.

—¿También esto era parte de tu negocio?

Chloe perdió la sonrisa.

Marcus intentó quitarme la computadora.

El personal de seguridad se interpuso.

—Señor, retroceda.

Por primera vez, parecía comprender que no controlaba aquel lugar.

Ni aquel viaje.

Ni mi dinero.

Quizá tampoco su futuro.

Llamé a mi directora financiera.

—Congela cualquier desembolso hacia las empresas de Marcus hasta completar una auditoría. Quiero revisar cada dólar de los últimos cinco años.

Marcus se quedó blanco.

Demasiado blanco.

Eso me llamó la atención.

—¿Qué escondes?

—Nada.

—Entonces la auditoría será rápida.

Su madre intervino:

—¡No puedes tratar a tu marido como un delincuente!

—Todavía no lo estoy tratando como nada.

Guardé el teléfono.

—Estoy revisando mis cuentas.

El empleado se acercó.

—Señora, el hidroavión está preparado.

Asentí.

Tomé mi maleta.

Marcus me agarró del brazo.

—Si subes a ese avión, nuestro matrimonio termina.

Lo miré.

—Marcus, nuestro matrimonio terminó cuando pusiste la mano sobre la espalda de Chloe y me mandaste a la cocina.

Me soltó.

Subí sola.

O eso creía.

Antes de cerrar la puerta, mi teléfono recibió un correo de la directora financiera.

Había encontrado algo.

Durante dieciocho meses, Marcus había presentado facturas falsas a mi compañía para justificar parte del dinero que yo transfería a su negocio.

Una de las empresas proveedoras pertenecía indirectamente a Barbara.

Otra tenía como beneficiaria a Chloe.

Ya no estábamos hablando solamente de una aventura.

Estábamos hablando de mi dinero.

Guardé el correo.

El hidroavión despegó.

Pasé siete días en aquella isla.

Dormí.

Nadé.

Trabajé únicamente cuando quería.

Y el día de nuestro aniversario cené frente al océano con una botella que había comprado para Marcus.

No lloré.

Brindé por mí.

Cuando regresé a Miami, mi abogado tenía preparados los documentos de divorcio.

La auditoría también estaba terminada.

Marcus había desviado más de 600,000 dólares mediante gastos y sociedades vinculadas.

Cuando nos encontramos semanas después, ya no llevaba aquella sonrisa del muelle.

—Podemos arreglarlo —dijo.

—Ya lo arreglé.

Deslicé dos carpetas hacia él.

Divorcio.

Auditoría.

Marcus abrió la segunda.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Vas a utilizar esto contra mí?

—No.

Me levanté.

—Voy a utilizar la verdad.

Antes de salir, se quedó mirándome.

—¿Y la isla?

Sonreí.

—La reservé otra vez para el próximo año.

—¿Con quién vas a ir?

Abrí la puerta.

—Con alguien que durante cinco años olvidé invitar.

Marcus frunció el ceño.

—¿Quién?

Lo miré por última vez.

—Yo.

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