PARTE 2: LA DOCTORA QUE YA NO ERA SU ESPOSA

—El señor Rodrigo está empeorando —dijo Javier—. Los médicos creen que debemos operar hoy.

Guardé silencio.

—¿Y qué quiere de mí?

—A usted. Desde que recuperó la conciencia solo pregunta por usted.

Cerré el expediente.

—Tiene a Camila.

Javier tardó en responder.

—Camila se fue ayer.

Solté una risa breve.

—Qué conveniente.

—Doctora, por favor. El señor Garza está en estado crítico.

Miré mis manos.

Las mismas que tres años atrás habían ayudado a salvarlo.

—Pues que vaya a buscar a su eterno amor para que le salve la vida.

Colgué.

Sin embargo, diez minutos después, el jefe de Neurocirugía entró en mi consultorio.

No habló de matrimonio.

No habló de perdón.

Solo colocó las imágenes médicas frente a mí.

—Valeria, necesito tu valoración profesional.

Eso cambió las cosas.

Rodrigo podía haber destruido nuestro matrimonio.

Pero yo seguía siendo médica.

Estudié las imágenes.

La situación era grave.

Finalmente dije:

—Preparad quirófano.

Cuando Javier supo que había aceptado, casi lloró.

—Sabía que todavía lo amaba.

Lo detuve con una mirada.

—No confundas ética profesional con amor.

Antes de la cirugía entré en la habitación de Rodrigo.

Estaba pálido.

Al verme intentó incorporarse.

—Valeria…

—No se mueva.

Sus ojos encontraron mi mejilla. La marca de su bofetada todavía era ligeramente visible.

Bajó la mirada.

—Lo siento.

—Guárdelo.

—Si salgo de esta…

—Cuando salga, hablaremos únicamente a través de abogados.

Su rostro perdió más color.

—¿Quieres divorciarte?

Saqué un documento de mi carpeta.

—Ya inicié el proceso.

Rodrigo lo miró como si aquello le doliera más que su enfermedad.

—Camila no significaba…

—No termine esa frase.

Me acerqué.

—La sentó en mi lugar. Me llamó intrusa delante de todos. Y después me golpeó para defender una mentira.

Silencio.

—Ahora voy a entrar a quirófano porque soy doctora.

Me puse de pie.

—No porque siga siendo su esposa.

La operación duró horas.

Cuando finalmente retiré el fragmento y el equipo confirmó que Rodrigo estaba estable, sentí alivio.

Pero no amor.

Eso fue cuando comprendí que realmente había terminado.

Días después despertó completamente consciente.

Javier me encontró saliendo de otra cirugía.

—Quiere agradecerle.

—Puede hacerlo pagando la factura.

—Doctora…

Seguí caminando.

Semanas después, Rodrigo apareció en mi consultorio durante una revisión autorizada.

Ya podía caminar.

Parecía otro hombre.

—Camila sabía que tú habías sido quien me operó la primera vez —dijo—. Ella fue quien me convenció de que te habías acercado a mí aprovechando mi vulnerabilidad.

Lo miré tranquilamente.

—¿Y eso justifica lo que hiciste?

—No.

Al menos había aprendido esa palabra.

Sacó los documentos del divorcio.

Firmados.

Los dejó frente a mí.

—Perdí a la única persona que realmente estuvo cuando mi vida dependía de ello.

Negué.

—No me perdiste cuando elegiste a Camila.

Señalé mi mejilla.

—Me perdiste cuando decidiste que podías humillarme y golpearme porque estabas seguro de que seguiría allí.

Rodrigo cerró los ojos.

No pidió otra oportunidad.

Yo tampoco se la ofrecí.

Meses después regresé oficialmente a dirigir mi unidad.

El día de mi primera conferencia internacional, alguien preguntó por qué había abandonado durante tres años una carrera tan prometedora.

Sonreí.

—Cometí el error de creer que amar a alguien significaba reducir mi propia vida para hacer espacio a la suya.

Después miré el auditorio.

—Ya lo corregí.

Rodrigo conservó su vida.

Yo recuperé la mía.

Y aquella fue la última operación que hice como señora Garza.

Todas las siguientes las realizó la mujer que nunca debí dejar de ser:

la doctora Valeria Morales.

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