El silencio que siguió fue tan profundo que incluso el subastador bajó lentamente el martillo.
Adrian me miraba desde el otro extremo del salón.
—¿Claire?
Olivia se levantó de golpe.
—¿Qué haces aquí?
Sonreí.
—Curiosamente, iba a preguntarles lo mismo.
Varias personas comenzaron a murmurar.
El subastador recibió una tableta de uno de los empleados.
—Procederemos con la verificación financiera de ambos compradores.
Adrian recuperó parte de su arrogancia.
—Perfecto.
Sacó su tarjeta negra.
—Verifique primero la mía.
El empleado introdujo los datos.
Esperamos.
Cinco segundos.
Diez.
Entonces apareció una luz roja.
OPERACIÓN RECHAZADA.
Adrian frunció el ceño.
—Otra vez.
Segundo intento.
RECHAZADA.
Sacó otra tarjeta.
Luego otra.
Las tres fallaron.
Olivia empezó a ponerse nerviosa.
—Ari…
—Es un error del banco.
Su teléfono comenzó a sonar.
Lo miró.
Director financiero de Chen Capital.
Contestó inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
No escuché la respuesta.
Pero vi cómo desaparecía el color de su rostro.
—¿Congelados?
Pausa.
—¿Quién autorizó eso?
Sus ojos se levantaron lentamente hacia mí.
Sonreí.
—Yo.
Adrian colgó.
—Claire, ¿qué hiciste?
—Retiré mi dinero.
—¡Era una inversión en Chen Capital!
—No.
Saqué el contrato desde mi bolso.
—Era financiación condicionada para un proyecto específico.
—Treinta millones que todavía no habían sido desembolsados definitivamente.
Su mandíbula se tensó.
—Somos marido y mujer.
—Precisamente.
Miré a Olivia.
—Por eso me sorprendió descubrir que estabas intentando gastar prácticamente la misma cantidad comprándole un diamante a tu cuñada.
Olivia empezó a llorar.
—Claire, estás entendiendo mal.
—Te vi besando a mi esposo.
Silencio.
Las lágrimas dejaron de funcionar.
Adrian caminó hacia mí.
—Hablaremos en casa.
—No habrá conversación privada.
—Claire.
—Además, todavía falta la verificación.
Entregué mi tarjeta.
El empleado realizó la comprobación.
Esta vez apareció inmediatamente:
FONDOS VERIFICADOS.
El subastador levantó el martillo.
—Treinta millones para la señora Sullivan.
Golpe.
—Vendido.
El diamante rosa era mío.
Pero ya no lo quería.
Lo compré por una razón distinta.
Para que Adrian recordara exactamente cuánto había intentado gastar en Olivia el día que perdió acceso al dinero que confundía con suyo.
Él se acercó.
—¿Estás satisfecha?
—Todavía no.
Saqué otro documento.
—Esto es una notificación formal para una auditoría extraordinaria.
Adrian quedó inmóvil.
Durante los últimos cuatro años, Chen Capital había crecido gracias a tres líneas de financiación respaldadas por activos pertenecientes a mi familia.
Yo nunca había intervenido en su gestión.
Confiaba en mi esposo.
Ese había sido mi error.
—He solicitado revisar cada transferencia realizada desde las empresas financiadas con mi capital hacia cuentas vinculadas contigo, Olivia o sociedades relacionadas.
Olivia retrocedió.
Demasiado rápido.
Lo vi.
—¿Por qué estás nerviosa?
—No lo estoy.
—Entonces supongo que tampoco te preocupará que revisemos quién pagó tu apartamento.
Su rostro se congeló.
Adrian me agarró del brazo.
—Basta.
Me solté.
—No vuelvas a tocarme.
Todos estaban mirando.
El hombre que minutos antes había prometido comprar el mundo para otra mujer ahora no podía pagar ni la última puja que había realizado.
Me marché.
Aquella madrugada recibí los primeros resultados.
Apartamento de Olivia.
Pagado por una filial.
Automóvil.
Arrendamiento corporativo.
Viajes.
Joyas.
Clínica privada.
Y finalmente apareció algo mucho más interesante.
Una transferencia mensual que llevaba casi dos años realizándose hacia un fideicomiso.
Beneficiario:
un niño llamado Ethan Lin.
Edad:
dieciocho meses.
Me quedé mirando la pantalla.
Olivia siempre había afirmado que el niño era hijo de su difunto esposo.
Pero las fechas no coincidían.
Llamé a mi abogada.
—Quiero el divorcio.
—¿Solo divorcio?
Miré nuevamente el expediente.
—No.
—Primero quiero saber cuánto dinero matrimonial utilizó Adrian para mantener a Olivia.
Hice una pausa.
—Y después quiero saber por qué mi esposo lleva dieciocho meses pagando personalmente todos los gastos del supuesto hijo de su hermano muerto.
A las siete de la mañana Adrian apareció en casa.
Ya no parecía poderoso.
—Claire, puedo explicarlo.
Dejé sobre la mesa una fotografía del niño.
—Perfecto.
Adrian miró la imagen.
Se quedó blanco.
—Empieza por él.
No respondió.
No hacía falta.
Su silencio terminó de responder por él.
Me quité el anillo.
Lo dejé sobre la fotografía.
—Ayer querías regalarle a Olivia un diamante rosa.
Caminé hacia la puerta.
—Hoy puedes regalarle algo mucho más valioso.
Adrian levantó la mirada.
—¿Qué?
Abrí la puerta.

—Un marido sin acceso a mi dinero.
Y esta vez, cuando intentó detenerme, ya era demasiado tarde.
Porque la subasta solo había congelado sus tarjetas.
El divorcio iba a congelar la vida entera que había construido fingiendo que mi fortuna era suya.