Dominic soltó una risa nerviosa.
—¿El hospital de tu abuelo?
Natalie también sonrió.
—Audrey, acabas de salir de una cirugía. Quizá deberías descansar.
No respondí.
Volví la mirada hacia Liam y Chloe.
Durante años había permitido que Dominic creyera que mi abuelo era un anciano retirado con algo de dinero familiar.
Nunca le dije su apellido completo.
Nunca le conté que había fundado Aurelia Health Group.
Ni que la red incluía hospitales, laboratorios, clínicas privadas y empresas de distribución médica.
Mucho menos le expliqué que el “pequeño fideicomiso” que había heredado era una participación familiar protegida antes de mi matrimonio.
Dominic jamás preguntó demasiado.
Creía que ya sabía todo lo importante sobre mí.
Veinticinco minutos después, las puertas automáticas de la UCIN se abrieron.
Entró un hombre de ochenta años apoyado en un bastón.
Arthur Sinclair.
Mi abuelo.
Detrás de él caminaban la directora del hospital, dos abogados y el responsable de seguridad.
Dominic dejó de respirar.
Había visto a Arthur antes.
En revistas económicas.
En conferencias.
Incluso tenía una fotografía con él tomada durante un evento empresarial.
Simplemente nunca supo que era mi abuelo.
—Señor Sinclair… —balbuceó.
Arthur pasó junto a él sin responder.
Se acercó a mí y me besó suavemente la frente.
Después observó las incubadoras.
Sus ojos se humedecieron.
—¿Ellos son Liam y Chloe?
Asentí.
—Tus bisnietos.
Mi abuelo permaneció varios segundos mirándolos.
Después se volvió hacia Dominic.
Su expresión cambió por completo.
—Ahora dime qué has hecho.
Dominic levantó la carpeta.
—Señor, esto es un asunto matrimonial.
—Entonces explícamelo como marido.
Silencio.
Yo respondí.
—Vació nuestras cuentas mientras estaba inconsciente. Canceló mis tarjetas. Me trajo el divorcio aquí y me dijo que los bebés y yo estábamos solos.
Arthur miró a Natalie.
Después vio el abrigo.
—¿Y ella?
—Su amante.
Natalie se llevó instintivamente una mano al vientre.
—También estoy embarazada.
Mi abuelo asintió lentamente.
—Comprendo.
Dominic pareció recuperar algo de valor.
—Audrey firmó voluntariamente.
Le entregó los documentos al abogado de Arthur.
—Todo está resuelto.
El abogado hojeó las primeras páginas.
Después me miró.
—¿Firmaste esto hoy?
—Sí.
—¿Después de que él admitiera haber vaciado las cuentas?
—Sí.
Dominic sonrió.
—Exactamente.
Mi abuelo lo observó con una expresión que casi parecía lástima.
—Muchacho, todavía no entiendes qué acaba de firmar mi nieta.
El apartamento nunca había sido mío.
Los automóviles tampoco.
Yo había dejado que Dominic se quedara con todo aquello porque no me interesaba.
Pero su empresa era diferente.
Dominic Medical Supply había crecido espectacularmente durante los últimos tres años.
Él presumía constantemente de haber construido su imperio desde cero.
No era exactamente cierto.
Cuando comenzó, ningún banco quería financiarlo.
Yo conseguí el capital inicial mediante una sociedad de inversión vinculada al fideicomiso familiar.
Dominic nunca se molestó en estudiar quién estaba realmente detrás de aquella sociedad.
Después conseguí sus primeros contratos.
Uno de ellos representaba casi una tercera parte de sus ingresos.
¿El cliente?
Aurelia Health Group.
Dominic miró a mi abuelo.
Después a mí.
—No.
Saqué mi teléfono.
—Sí.
Yo no necesitaba quedarme con su empresa.
Solo necesitaba dejar de sostenerla.
—Esta mañana —expliqué— pediste el divorcio y declaraste que querías conservar la propiedad absoluta de Dominic Medical Supply.
Señalé su carpeta.
—Te la quedas.
Por primera vez, Natalie dejó de sonreír.
—¿Qué significa eso?
El abogado respondió:
—Que también conserva sus obligaciones.
Dominic palideció.
Entonces llegó el segundo golpe.
Las cuentas conjuntas.
Dominic había retirado el dinero creyendo que me estaba dejando sin recursos.
El problema era que existían registros.
Hora.
Cantidad.
Destino.
Todo.
Mi abogado ya se ocuparía de determinar qué podía reclamarse legalmente.
Yo no necesitaba amenazarlo.
Los números no sienten miedo.
Simplemente permanecen allí.
Dominic comenzó a hablar demasiado rápido.
—Audrey, podemos solucionar esto.
—Hace cuarenta minutos me dijiste que buscara un refugio.
—Estaba enfadado.
—No.
Lo miré directamente.
—Estabas seguro.
Eso era lo que realmente había cambiado.
Dominic no se arrepentía porque me hubiera hecho daño.
Tenía miedo porque acababa de descubrir que había calculado mal mi valor.
La directora del hospital se acercó.
—Señora Sinclair, su habitación privada ya está preparada. También organizaremos todo lo necesario para que permanezca cerca de los bebés.
Dominic frunció el ceño.
—¿Sinclair?
Mi abuelo sonrió sin alegría.
—Audrey Sinclair Bennett.
Mi apellido completo.
El que dejé de utilizar socialmente cuando quise construir una vida fuera de la sombra familiar.
Dominic me miró como si acabara de conocerme.
Quizá era exactamente lo que estaba ocurriendo.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
La pregunta consiguió hacerme reír.
—¿Habría cambiado algo?
No respondió.
—Ese es precisamente el motivo.
Durante las semanas siguientes no ocurrió ninguna venganza cinematográfica.
Ocurrió algo peor para Dominic.
Consecuencias.
Los abogados revisaron las finanzas.
Los contratos empresariales fueron examinados conforme a sus condiciones.
Mis recursos permanecieron protegidos.
Y yo dejé de utilizar mi influencia para resolver los problemas de un hombre que acababa de decirme que mis hijos y yo estábamos solos.
Dominic descubrió que poseer el cien por cien de una empresa no sirve de mucho si nunca aprendiste qué relaciones la mantenían funcionando.
Intentó llamarme.
No respondí.
Envió flores.
Las devolví.
Después llegó un mensaje:
“Cometí el peor error de mi vida.”
Lo leí mientras sostenía por primera vez a Chloe contra mi pecho.
Pesaba poco más de un kilo.
Liam seguía en su incubadora.
Apagué la pantalla.
Dominic se equivocaba.
Su peor error no había sido elegir a Natalie.
Ni vaciar una cuenta.
Ni siquiera entregarme el divorcio junto a las incubadoras de nuestros hijos.
Su peor error había sido creer que mi dependencia de él era real.
Dos meses después, Liam y Chloe finalmente recibieron el alta.
Mi abuelo esperaba afuera.
No había fotógrafos.
Ni limusinas.
Solo aquel anciano con dos pequeños gorros tejidos entre las manos.
—Los compré yo —dijo orgulloso.
Miré las puntadas torcidas.
—Eso resulta evidente.
Se rio.
Yo también.
Por primera vez en meses, reír no dolió.
Antes de subir al automóvil recibí otro mensaje de Dominic.
“¿Puedo ver a los niños?”
Me quedé mirando aquellas palabras.
No quería utilizar a mis hijos para castigarlo.
Lo que hubiera ocurrido entre nosotros no borraba automáticamente sus responsabilidades como padre.
Así que reenvié el mensaje a mi abogada.

“Que todo se gestione correctamente y pensando primero en los bebés.”
Después guardé el teléfono.
Mi abuelo abrió la puerta.
—¿Lista para volver a casa?
Miré a mis dos hijos.
Recordé a Dominic diciendo:
“Tú y esos bebés están solos.”
Besé suavemente la frente de Liam.
—Nunca estuvimos solos.
Y aquella fue la última vez que permití que el hombre que me abandonó decidiera cuánto valíamos.