Liam creyó que volvería.
El primer día no llamó.
El segundo tampoco.
Al tercero envió a su asistente.
—El señor Foster quiere saber dónde está.
—Dile que estoy bien.
—También pregunta cuándo regresará.
Lo miré.
—Nunca.
Una semana después conseguí una habitación pequeña encima de una cafetería. Trabajaba por las mañanas allí y por las tardes hacía ilustraciones para una editorial.
No era una vida elegante.
Pero cada llave que llevaba en el bolsillo abría una puerta que nadie podía cerrarme por capricho.
Mientras tanto, Liam empezó a descubrir lo que significaba realmente mi ausencia.
Primero fue insignificante.
Llegó a la villa y no encontró café preparado.
Preguntó por una camisa.
El empleado respondió:
—La señorita Emma era quien organizaba su ropa.
Buscó unos documentos.
—La señorita Emma los clasificaba.
Su médico llamó para recordarle una revisión que llevaba años sin olvidar.
Solo que quien nunca la olvidaba era yo.
Entonces Liam comenzó a enfadarse.
—¿Dónde demonios está Emma?
Nadie sabía responder.
Porque durante cuatro años Liam había controlado dónde vivía, qué automóvil utilizaba y qué personas podían acercarse a mí.
Pero jamás se había molestado en descubrir qué haría yo si algún día dejaba de esperarlo.
Ava se mudó a la villa dos semanas después.
Eso debería haberlo hecho feliz.
Era la mujer que había querido durante años.
Sin embargo, algo empezó a irritarlo.
Ava ocupó mi vestidor.
Cambió las cortinas.
Retiró mis libros.
Y una tarde encontró el vestido azul que yo había dejado doblado sobre la silla.
—¿Puedo tirarlo?
Liam levantó la cabeza.
—No.
Ava sonrió.
—¿Por qué?
Él no supo responder.
Aquella noche abrió los cajones que yo había vaciado.
Las joyas seguían allí.
Todas.
Incluso el collar que me había regalado durante nuestro primer aniversario.
Entonces encontró una caja pequeña.
Dentro había sobres con dinero.
Recibos.
Mis primeros salarios.
Pagos por ilustraciones.
Ahorros acumulados lentamente.
Y una libreta.
En la primera página había escrito:
“Dinero para empezar de nuevo.”
Liam pasó las hojas.
Dos años.
Yo llevaba dos años ahorrando para marcharme.
No había sido un impulso.
No era un juego para conseguir que me persiguiera.
Yo llevaba mucho tiempo preparándome para vivir sin él.
A la mañana siguiente apareció en la cafetería.
Lo reconocí inmediatamente por el silencio que provocó al entrar.
Traje oscuro.
Reloj caro.
Dos hombres esperando afuera.
Y aquella mirada que antes conseguía ponerme nerviosa.
Dejé una taza sobre la mesa.
—¿Qué deseas?
Liam miró mi delantal.
—¿Trabajas aquí?
—Sí.
—Te pagaré diez veces más.
—No necesito que me pagues.
Su mandíbula se tensó.
—Emma, ya terminó la broma.
—Para mí terminó el día que me fui.
—¿Quieres dinero?
—No.
—¿Una casa?
—No.
—¿Entonces qué quieres?
Lo miré.
—Que dejes de pensar que todo tiene un precio.
Liam permaneció inmóvil.
—Ava y yo no estamos juntos.
Casi sonreí.
—Eso tampoco me interesa.
Aquella respuesta sí le dolió.
—Mentira.
—¿Por qué?
—Porque me amabas.
Asentí.
—Muchísimo.
Por primera vez pareció recuperar esperanza.
Entonces terminé:
—Pero me enseñaste a dejar de hacerlo.
Su expresión se vació.
—Emma…
—Durante cuatro años esperé que algún día me presentaras como alguien importante para ti.
Me quité el delantal.
—Y cuando finalmente llegó la mujer que realmente querías, me presentaste como entretenimiento.
Liam bajó la voz.
—Lo dije para tranquilizar a Ava.
—Lo sé.
—Entonces entiendes que…
—Precisamente por eso me fui.
Lo miré fijamente.
—Para proteger sus sentimientos necesitabas destruir los míos delante de todos.
No tuvo respuesta.
Entonces sacó algo del bolsillo.
Una llave.
La de la villa.
La colocó sobre la mesa.
—Vuelve.
Negué.
—Puedo poner la casa a tu nombre.
—No quiero tu casa.
—Puedo darte acciones.
—Tampoco.
Su voz se quebró por primera vez.
—¿Qué demonios tengo que darte?
La respuesta era sencilla.
—Nada.
Tomé la llave y la empujé hacia él.
—Ese es el problema, Liam. Durante años creíste que yo permanecía contigo por todo lo que podías darme.
Hice una pausa.
—Nunca entendiste que me habría quedado por una sola cosa que nunca me diste.
—¿Cuál?
—Un lugar en tu vida que no tuviera que esconderse.
Liam no volvió a hablar.
Meses después, mi primera colección ilustrada fue publicada.
El día de la presentación, la cafetería estaba llena.
Cuando terminé de firmar el último ejemplar, vi una figura conocida al otro lado de la calle.
Liam.
No entró.
No intentó acercarse.
Simplemente me observó durante unos segundos y después se marchó.
Quizá finalmente había entendido.
Yo había entrado en su vida sin nada.

También había salido sin nada.
Pero existía una diferencia enorme entre aquellas dos mujeres.
La primera Emma esperaba que Liam Foster la eligiera.
La segunda ya se había elegido a sí misma.