PARTE 2: EL NOMBRE EN SU MUÑECA

Clara no pudo dejar de mirar aquel tatuaje.

Asomaba apenas por debajo de la manga desechable de la bata.

Solo una palabra.

“Lucía”.

Cuando terminó su turno, se acercó despacio.

—Perdone…

Manuel levantó la vista sin dejar de mecer a la bebé.

—¿Sí, enfermera?

—¿Lucía era su hija?

El enorme motociclista permaneció inmóvil durante varios segundos.

Después bajó lentamente la mirada hacia la niña dormida.

—Sí.

Mi hija.

La voz apenas le salió.

Era la primera vez en doce horas que parecía quebrarse.

Clara tomó asiento frente a él.

—Si no quiere hablar…

Manuel negó con suavidad.

—Llevo veintiséis años sin poder dejar de hacerlo.

Miró otra vez el tatuaje.

—Lucía nació antes de tiempo.

Pesó poco más de kilo y medio.

Exactamente como esta pequeñita.

Clara sintió un nudo en la garganta.

Manuel continuó.

—Yo también era un hombre enorme.

Con barba.

Con tatuajes.

Con una motocicleta esperando afuera del hospital.

Sonrió con tristeza.

—Y las enfermeras me miraban igual que hoy lo hicieron ustedes.

Clara bajó la cabeza.

Él no dijo aquello con reproche.

Solo como un recuerdo.

—Cuando por fin me dejaron cargarla…

Pensé que todo iba a salir bien.

Hizo una pausa.

Su enorme mano seguía protegiendo la espalda diminuta de la bebé.

—Pero una madrugada recibió una infección muy agresiva.

Los médicos hicieron todo lo que pudieron.

Yo solo podía sostenerle la mano.

Los ojos de Manuel comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Murió antes de cumplir un mes.

El silencio inundó la sala.

Solo se escuchaba el leve pitido de los monitores.

—Después de eso…

No pude volver a entrar a un hospital durante muchos años.

Ni siquiera pasaba por la misma avenida.

Me daba miedo recordar.

Clara respiró despacio.

—¿Y qué cambió?

Manuel sonrió con melancolía.

—Hace un año vi una campaña buscando voluntarios para abrazar bebés que estaban solos.

Pensé que no tendría valor.

Pero vine.

La primera vez lloré más que los niños.

Después seguí viniendo.

Cada semana.

Cada vez que puedo.

Miró a la pequeña dormida.

—Porque ningún bebé debería pensar que llegó al mundo sin que alguien lo esperara.

En ese instante entró el doctor Ramírez.

Traía una carpeta en la mano.

—Señor Manuel…

Tenemos noticias.

Encontramos a un familiar de la mamá de la bebé.

Manuel levantó lentamente la cabeza.

—¿Va a venir por ella?

El médico dudó antes de responder.

—No lo sabemos.

Solo aceptó reunirse con trabajo social.

Todavía no ha decidido si podrá hacerse cargo.

Manuel volvió a mirar a la niña.

Ella seguía profundamente dormida.

Con una de sus diminutas manos aferrada al dedo índice del motociclista.

Tan fuerte…

Que ni él pudo soltarse.

El doctor sonrió.

—Parece que ya eligió quién la hace sentir segura.

Manuel bajó la mirada.

Una lágrima cayó sobre la manta.

—Ojalá esta vez la historia termine diferente.

A la mañana siguiente, mientras Clara revisaba el expediente de la pequeña, encontró una nueva anotación.

“Paciente tranquila durante doce horas continuas en contacto piel con piel con voluntario Manuel Calderón.”

Debajo, alguien había escrito otra frase con tinta azul.

“Solicitar que vuelva mañana.”

Clara sonrió.

Pero justo cuando iba a cerrar el expediente, sonó el teléfono de la estación de enfermería.

La trabajadora social contestó.

Escuchó apenas unos segundos.

Luego su expresión cambió por completo.

—¿Cómo dice?

Toda la sala quedó en silencio.

La mujer colgó lentamente.

Miró a Manuel.

—Acaban de localizar al padre biológico de la bebé…

Hizo una pausa.

—Y acaba de decir que no piensa reconocerla.

Manuel cerró los ojos.

Después miró nuevamente a la pequeña que dormía sobre su pecho.

Y, por primera vez en veintiséis años, una idea que había jurado no volver a tener comenzó a abrirse paso en su corazón.

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