Ethan me miró como si acabara de hablar en otro idioma.
—¿Santa Fe?
—Sí.
—¿Durante un año?
—Sí.
Dejó la corbata sobre la cama.
—¿Cancelaste nuestra cita por un nombre en el teléfono?
Cerré la maleta.
—No.
—Entonces ¿por qué?
Lo miré.
—Porque ese nombre solo consiguió resumir cinco años.
Su expresión cambió.
—Estás exagerando.
—Cuando tuve miedo, te molesté. Cuando necesitaba que me escucharas, te molesté. Cuando preguntaba por Claire, te molesté. Cuando quería pasar tiempo contigo, te molesté.
Señalé su teléfono.
—Al final solo fuiste lo bastante sincero para ponerle nombre.
Ethan permaneció callado.
Entonces apareció Claire en la puerta.
Caminaba perfectamente.
Sin cojear.
Nuestros ojos bajaron al mismo tiempo hacia su tobillo.
Claire se detuvo.
—Hoy está mucho mejor.
Casi me reí.
Ethan, en cambio, parecía no haberlo notado.
—Nora, dile al profesor que has cambiado de opinión.
—No.
—Nos casaremos la semana próxima.
—Tampoco.
Su rostro se endureció.
—¿Vas a tirar cinco años por la borda?
—No los estoy tirando. Estoy dejando de regalar más.
Durante los siguientes tres días Ethan actuó como si mi decisión fuera una rabieta.
No me ayudó a empacar.
No preguntó dónde viviría.
Ni siquiera creyó que realmente me marcharía.
Hasta que llegó el taxi.
Bajé mi última maleta.
Ethan salió detrás de mí.
—¿De verdad vas a hacerlo?
—Ya lo estoy haciendo.
—Nora, si cruzas esa puerta, no voy a perseguirte.
Cinco años atrás aquella frase me habría destrozado.
Esta vez sonreí.
—Ese es precisamente el problema, Ethan.
Subí al taxi.
—Nunca lo hiciste.
Santa Fe fue difícil al principio.
Pero era mío.
Mis mañanas empezaron a oler a madera antigua, papel, pigmentos y café.
Trabajaba con artesanos, historiadores y restauradores que valoraban mis conocimientos.
Por primera vez en años, cuando daba una opinión nadie suspiraba antes de escucharme.
Dos meses después me ofrecieron dirigir una parte del proyecto.
Aquella noche recibí un mensaje de Ethan.
“¿Cuándo vuelves?”
No contesté.
Después llegó otro.
“Claire se mudó.”
Luego:
“Creo que cometí un error.”
Me quedé mirando la pantalla.
Qué curioso.
Cuando yo sufría, era demasiado sensible.
Cuando él sufría, de repente aquello era importante.
Lo bloqueé.
Seis meses después, durante una exposición del proyecto, escuché una voz conocida detrás de mí.
—Nora.
Me giré.
Ethan estaba allí.
Parecía cansado.
—Necesito cinco minutos.
—Tienes dos.
Tragó saliva.
—Claire y yo nunca tuvimos nada.
—Ya no importa.
—Para mí sí.
—Ese es tu problema.
Bajó la mirada.
—Después de que te marcharas encontré una caja.
Sabía cuál.
Dentro había entradas de conciertos a los que él nunca pudo acompañarme.
Reservas canceladas.
Pequeños regalos de aniversario que jamás llegué a darle porque siempre estaba trabajando.
Cinco años de intentos.
—No sabía que habías guardado todo eso —dijo.
—No sabías muchas cosas sobre mí.
Sus ojos se humedecieron.
—Puedo cambiar.
—Espero que lo hagas.
Levantó la cabeza, esperanzado.
Entonces terminé:
—Pero no para recuperarme.
El silencio entre nosotros fue extrañamente tranquilo.
—¿No queda ninguna posibilidad?
Pensé en la mujer que había sido.
La que esperaba llamadas.
La que ataba corbatas.
La que confundía paciencia con amor.
—No.
Ethan asintió lentamente.
Y se marchó.
Un año después me ofrecieron un puesto permanente.
Acepté.
El día que firmé el contrato encontré por casualidad una captura antigua en mi teléfono.

Molestia.
La observé unos segundos.
Después la borré.
No sentí rabia.
Ni tristeza.
Solo alivio.
Porque Ethan había tenido razón en una cosa.
Yo sí era una molestia.
Molestaba cuando pedía respeto.
Molestaba cuando quería reciprocidad.
Molestaba cuando me negaba a desaparecer para que otra persona pudiera ocupar siempre el primer lugar.
Así que hice lo único que él nunca imaginó que tendría valor para hacer.
Dejé de molestarlo.
Para siempre.