PARTE 2: YA ESTABA CASADO

Gabriel no tocó el informe.

Solo lo miró.

—¿Quién te dio esto?

Aquella fue su primera pregunta.

No “¿qué significa?”.

No “déjame explicarte”.

Quién me lo había dado.

Y entonces supe que la doctora tenía razón.

—¿Es verdad?

Gabriel levantó lentamente los ojos.

—Valeria, podemos hablarlo.

—¿Es verdad?

El informe contenía un dato que había aparecido al revisar sus antecedentes declarados durante el examen.

Gabriel Montes figuraba como casado.

Y no conmigo.

Había una esposa.

Un matrimonio que nunca había terminado legalmente.

Sentí que me faltaba el aire.

—Me dijiste que nunca te habías casado.

—Estábamos separados.

—Eso no responde.

—Fue hace años.

—¿Sigues casado con ella?

Silencio.

Retrocedí.

—Dios mío.

Gabriel se levantó.

—Escúchame. Iba a solucionarlo antes de nuestra boda.

—¡Faltan treinta días!

—Ya estaba ocupándome.

—Entonces ¿por qué mentiste?

Su expresión cambió.

La ternura desapareció.

—Porque sabía que reaccionarías así.

Ahí estaba.

De repente, su mentira era culpa mía.

Pero recordé la segunda advertencia de la doctora:

No firmes nada relacionado con propiedades, dinero, cuentas bancarias o bienes.

—¿Por qué insistías tanto en que pusiéramos mi apartamento en aquella sociedad después de casarnos?

Gabriel quedó inmóvil.

—Eso no tiene nada que ver.

—¿Y mis acciones de la empresa de mi padre?

—Valeria…

—¿También ibas a “ocuparte” de ellas?

Entonces sonó mi teléfono.

Era la doctora Vargas.

Contesté.

—Valeria, hay algo más que debes saber.

Miré a Gabriel.

Él dio un paso hacia mí.

—Cuelga.

Me alejé.

—Doctora, dígame.

La voz de Elena llegó firme.

—La esposa de Gabriel estuvo aquí esta mañana.

El mundo pareció detenerse.

—¿Aquí?

—Sí. Y quiere hablar contigo.

Gabriel intentó quitarme el teléfono.

Retrocedí inmediatamente.

—No me toques.

Él se detuvo.

Ya no parecía el hombre que me esperaba bajo la lluvia con un paraguas.

Parecía alguien acorralado.

Una hora después estaba nuevamente en el hospital.

La mujer que me esperaba tendría unos treinta y tantos años.

Se llamaba Irene.

Puso una carpeta sobre la mesa.

—Supongo que te dijo que estamos separados.

Asentí.

Ella soltó una risa amarga.

—Llevamos meses intentando divorciarnos. Pero hay una razón por la que no ha querido terminarlo.

Sacó varios documentos.

Deudas.

Préstamos.

Demandas.

Movimientos financieros.

—Gabriel necesita dinero.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuánto?

—Mucho más del que aparenta.

Entonces comprendí las preguntas que había hecho durante meses.

El valor de mi apartamento.

Las acciones heredadas.

Mis ahorros.

Los documentos que quería que firmáramos “para organizar nuestro futuro”.

No había elegido únicamente una esposa.

Había encontrado una salida financiera.

Esa noche cambié las cerraduras.

Cancelé la boda.

Avisé al banco y entregué a mi abogado cada documento que Gabriel me había pedido firmar.

También guardé todos nuestros mensajes.

Cuando finalmente volvió a llamarme, ya no utilizó aquella voz dulce.

—Estás destruyendo nuestra vida por una mujer que ni siquiera conoces.

—No.

Miré mi vestido de novia todavía colgado en el armario.

—Estoy salvando la mía.

—Te vas a arrepentir.

—Quizá.

Hice una pausa.

—Pero no será después de casarme contigo.

Colgué.

Una semana después devolví el vestido.

Perdí depósitos.

Tuve que explicar a familiares por qué no habría boda.

Algunos dijeron que debería haberle dado otra oportunidad.

No lo hice.

Porque entendí algo que ninguna fotografía de boda habría podido enseñarme:

El hombre perfecto que yo amaba nunca había existido.

Era un personaje cuidadosamente construido para conseguir mi confianza.

Meses después volví al hospital para una revisión rutinaria.

La doctora Vargas me reconoció.

—¿Cómo estás?

Sonreí.

—Soltera.

Ella también sonrió.

—¿Y estás bien?

Pensé en aquella boda que nunca ocurrió.

En el dinero perdido.

En las invitaciones trituradas.

Y en la vida que todavía seguía siendo completamente mía.

—Mucho mejor que casada con el hombre equivocado.

Antes de marcharme, le hice la pregunta que llevaba meses guardando.

—¿Por qué me ayudó?

La doctora permaneció callada unos segundos.

—Porque demasiadas personas ven una señal de alarma y prefieren no involucrarse.

Me abrió la puerta.

—Yo decidí involucrarme.

Salí del hospital bajo la misma luz de la mañana en la que meses atrás había entrado creyendo que mi futuro ya estaba decidido.

No lo estaba.

Mi boda terminó treinta días antes de empezar.

Y fue la mejor promesa que rompí en toda mi vida.

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