Daniel retrocedió inmediatamente.
—¿Embarazada?
Sophie apretó la toalla contra su cuerpo.
—Sí.
—¿Mía?
Ella cerró los ojos.
—Sí.
Daniel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Dónde está el bebé?
La expresión de Sophie terminó de asustarlo.
—No hay bebé.
Daniel guardó silencio.
Sophie respiró con dificultad antes de continuar.
—Lo perdí.
Él bajó lentamente los brazos.
Toda la rabia que había acumulado durante ocho meses se desmoronó de golpe.
—¿Cuándo?
—Dos días antes de terminar contigo.
Ahora todo encajaba.
Los dos días en que Sophie había desaparecido.
Su rostro pálido cuando regresó.
La forma en que evitaba mirarlo.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Porque escuché una conversación tuya.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué conversación?
—Con tu padre.
Sophie recordó perfectamente aquella tarde.
Había ido a buscar a Daniel para contarle del embarazo.
Llevaba la prueba dentro del bolso.
Pero antes de entrar en su oficina escuchó voces.
Su padre decía:
—Una familia ahora destruiría todo lo que has construido.
Y Daniel había respondido:
—No pienso tener hijos todavía.
Sophie sintió que aquellas palabras confirmaban todos sus temores.
Después perdió el embarazo.
Y cuando Daniel apareció preguntándole qué ocurría, ella ya no tuvo fuerzas para contarle nada.
—Pensé que sentirías alivio —susurró.
Daniel la miró como si acabara de golpearlo.
—¿Alivio?
—Dijiste que no querías hijos.
—Dije que no quería tenerlos “todavía”.
Su voz se quebró.
—Sophie, estaba discutiendo con mi padre porque quería que aceptara un puesto en Londres. Le dije que no podía planificar hijos mientras nuestra vida estuviera dividida entre dos países.
Ella levantó lentamente la mirada.
—¿Qué?
Daniel soltó una risa amarga.
—Rechacé Londres esa misma semana.
—Nunca me lo dijiste.
—Porque pensaba decírtelo cuando aceptaras mudarte conmigo.
El silencio entre ambos se volvió insoportable.
Ocho meses.
Habían perdido ocho meses por una conversación escuchada a medias y dos personas demasiado heridas para hablar.
Daniel abrió la puerta.
—Vístete.
Sophie palideció.
—Daniel…
—No te estoy echando. Pero esta conversación no va a continuar mientras estás temblando dentro de una toalla.
Diez minutos después, Sophie salió usando la ropa seca que había llevado.
Daniel estaba sentado en el sofá.
Había apartado el whisky.
Frente a él estaba una pequeña caja.
Sophie la reconoció inmediatamente.
—¿Todavía tienes eso?
Dentro estaba la llave que Daniel había mandado hacer para ella nueve meses atrás.
La llave de su apartamento.
La que nunca llegó a entregarle.
—Pensaba dártela aquella semana —dijo.
Sophie se sentó lentamente.
—Daniel…
—No voy a fingir que estos ocho meses no existieron.
La miró.
—Me hiciste creer que habías dejado de quererme.
—Lo sé.
—Y tú decidiste sola que yo no habría querido a nuestro hijo.
Las lágrimas aparecieron otra vez en los ojos de Sophie.
—Tenía miedo.
—Yo también habría tenido miedo.
Daniel tragó saliva.
—Pero habría querido estar contigo.
Sophie bajó la cabeza.
—Lo siento.
Por primera vez aquella noche, Daniel no respondió con sarcasmo.
Simplemente se sentó a su lado.
Sin tocarla.
—¿Por qué viniste realmente esta noche?
Sophie tardó demasiado en contestar.
—Mi edificio sí se quedó sin agua.
—Eso ya lo sé.
—Y Claire sí está fuera.
—Sophie.
Ella respiró hondo.
—Porque mañana me voy de la ciudad.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Adónde?
—Boston. Acepté un trabajo allí.
—¿Cuándo vuelves?
Sophie lo miró.
—No pensaba volver.
Aquello dolió más de lo esperado.
—Entonces viniste a despedirte.
—No sabía cómo hacerlo.
Daniel miró la llave sobre la mesa.
Después la empujó lentamente hacia ella.
—Llévatela.
—Daniel…
—No significa que volvamos.
Sophie tomó la llave.
—Entonces ¿qué significa?
Él sostuvo su mirada.
—Que esta vez no voy a permitir que desaparezcas dejando la mitad de la verdad detrás.
Sophie cerró los dedos alrededor de la llave.
A la mañana siguiente, la tormenta había terminado.
Ella no tomó el vuelo a Boston.
Tampoco regresó inmediatamente con Daniel.
Por primera vez hicieron algo que debieron hacer ocho meses antes.
Hablar.
Sin orgullo.
Sin suposiciones.
Sin convertir el miedo en decisiones tomadas por el otro.
Semanas después, Sophie aceptó el trabajo en Boston, pero Daniel no intentó detenerla.
En cambio, reorganizó su propia vida para que pudieran descubrir, sin promesas imposibles, si todavía existía algo que salvar.
Y existía.
Un año después, Sophie volvió a abrir aquella misma puerta durante otra noche de lluvia.
Esta vez utilizó su propia llave.
Daniel apareció desde la cocina.
—¿Otra vez sin agua?
Sophie sonrió.
—No.
Levantó la llave entre los dedos.
—Esta vez vine porque quería volver a casa.

Y Daniel comprendió finalmente que aquella primera noche Sophie nunca había necesitado realmente su ducha.
Había necesitado una última razón para tocar su puerta.
Por suerte para ambos…
él la había abierto.