No abrí.
—Claire —repitió Adrian desde el pasillo—. Sé que estás ahí.
Me quedé detrás de la puerta.
—Deberías estar con tu esposa.
Silencio.
Después escuché su respiración.
—Necesito hablar contigo.
—Tuviste cuatro años.
—Abre.
—No.
Era probablemente la primera vez que Adrian Cross escuchaba esa palabra de mí.
Siempre resolvía.
Siempre aparecía.
Siempre contestaba.
Incluso a las dos de la madrugada.
Pero Claire Bennett ya no trabajaba para él.
—¿Por qué renunciaste? —preguntó.
Casi me reí.
—¿Viniste después de tu boda para preguntarme eso?
—Renunciaste sin hablar conmigo. Cambiaste de apartamento. Bloqueaste mi número.
—Eso suele ocurrir cuando alguien quiere desaparecer de la vida de otra persona.
Del otro lado no se escuchó nada.
Luego su voz bajó.
—Le diste “me gusta”.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—A la publicación de mi matrimonio.
Por fin comprendí.
—Sí. Felicidades.
—No vuelvas a decir eso.
Su tono me hizo retroceder.
—¿Por eso llamaste 328 veces?
—Esperaba que hicieras algo.
—¿Como qué?
—Que me llamaras.
Cerré los ojos.
—Te casaste, Adrian.
—Lo sé.
—Entonces explícame qué esperabas de mí.
Esta vez tardó demasiado en responder.
—Que me detuvieras.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Pero no de dolor.
De incredulidad.
Abrí la puerta.
Adrian seguía vestido con el traje de la boda.
La corbata estaba torcida.
Tenía los ojos rojos y el cabello desordenado.
No parecía un novio feliz.
Parecía un hombre que llevaba toda la noche descubriendo las consecuencias de sus propias decisiones.
—¿Querías que yo detuviera tu boda?
Adrian me miró.
—Cuando anunciaste tu renuncia pensé que estabas enfadada.
—No estaba enfadada.
—Pensé que volverías.
—No.
Su mandíbula se tensó.
—Cuando viste el acta…
—Te felicité.
Aquello pareció dolerle más que cualquier insulto.
—Exactamente.
Lo miré sin entender.
Adrian dio un paso hacia mí.
—Durante cuatro años estuviste ahí cada vez que te necesité.
—Porque era mi trabajo.
—No era solo trabajo.
—Para mí tampoco.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
Adrian quedó inmóvil.
Pero ya no importaba esconderlo.
—Te amé —dije—. Y precisamente por eso renuncié.
Su expresión cambió.
—Claire…
—No.
Levanté una mano.
—No conviertas esto en algo hermoso ahora que ya es demasiado tarde.
Respiré profundamente.
—Esperé cuatro años una señal. Una sola. Pero elegiste casarte con Isabella.
—La boda fue parte del acuerdo Harrington.
Lo miré con frialdad.
—Eso no mejora nada.
—Mi padre condicionó la fusión. Isabella también aceptó por razones familiares. Pensé que…
Se detuvo.
—Pensaste que yo seguiría esperándote.
Adrian no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
—Querías casarte con otra mujer y conservarme a mí en tu oficina.
—No era así.
—Era exactamente así.
Su teléfono comenzó a sonar.
ISABELLA.
Adrian lo silenció.
—Contesta.
—Claire…
—Es tu esposa.
—Tengo que explicarte algo primero.
—No tienes que explicarme nada.
Entonces una voz femenina llegó desde el pasillo.
—En eso tiene razón.
Isabella estaba frente al ascensor.
Seguía usando parte del peinado de la boda, pero llevaba pantalones y un abrigo largo.
Adrian palideció.
—Isabella.
Ella levantó su teléfono.
—Compartimos ubicación desde ayer por seguridad. No fue difícil encontrarte.
Después me miró.
—Tú debes ser Claire.
Asentí.
Para mi sorpresa, no parecía enfadada conmigo.
Parecía furiosa con él.
—Anoche —dijo Isabella—, mi esposo pronunció tu nombre antes de que terminara nuestra recepción.
Adrian cerró los ojos.
—Isabella…
—Después vio que habías reaccionado a nuestra publicación.
Su sonrisa fue amarga.
—Y pasó el resto de nuestra noche de bodas llamándote.
Yo no sabía qué decir.
Isabella sacó un sobre del bolso y golpeó el pecho de Adrian con él.
—Nuestro acuerdo matrimonial tenía una cláusula muy clara.
Adrian miró el sobre.
—No hagas esto aquí.
—¿Por qué? ¿Te avergüenza?
Isabella se volvió hacia mí.
—El matrimonio debía mantenerse durante un año para consolidar determinados acuerdos entre las familias. Pero existe una cláusula de salida inmediata si cualquiera demuestra que entró al matrimonio ocultando una relación emocional que pudiera comprometerlo.
Miró las 328 llamadas en la pantalla de su teléfono.
—Gracias, Adrian, por documentarlo tú mismo.
Él perdió el color.
—Isabella, podemos solucionarlo.
—Claro.
Ella sonrió.
—Con abogados.
Le entregó el sobre.
—Ya solicité la anulación conforme a nuestros acuerdos.
Luego se marchó.
Adrian permaneció frente a mi puerta sin moverse.
Horas antes había sido un hombre recién casado.
Ahora su matrimonio empresarial se derrumbaba.
Y aun así volvió a mirarme.
—Claire…
Negué con la cabeza.
—No.
—Ahora puedo arreglarlo.
Aquella frase me hizo sonreír con tristeza.
—Sigues sin entender.
—¿Qué?
—Yo no renuncié para obligarte a elegirme.
Lo miré por última vez.
—Renuncié porque finalmente me elegí a mí.
Cerré la puerta.
Adrian golpeó una vez.
Después otra.
No abrí.
Semanas más tarde acepté un puesto en una empresa más pequeña.
Menos prestigio.
Menos dinero.
Pero por primera vez en cuatro años, cuando terminaba mi horario, nadie esperaba que siguiera disponible.
Natalie me contó que Adrian había detenido temporalmente la fusión.
También me dijo que mi antiguo despacho permanecía vacío.
Él rechazaba a todos los candidatos.
No me importó.
Tres meses después recibí un sobre.
Dentro estaba la canción que Adrian escuchaba antes de cada negociación importante, escrita a mano en una pequeña tarjeta.
Debajo había una frase:
“Ahora entiendo cuánto de mi vida funcionaba porque tú estabas en ella.”
Leí la nota.
La guardé nuevamente.
Y no respondí.
Porque Adrian había necesitado perder una esposa, una alianza y a la mujer que siempre permanecía a su lado para comprender algo muy sencillo:

328 llamadas podían demostrar desesperación.
Pero ninguna podía devolver cuatro años en los que nunca se atrevió a hacer una sola llamada para decir:
“Claire, quédate.”