PARTE 2: LA CUENTA FINAL

Tres semanas después, Ethan me escribió:

“Cena en casa de mis padres el viernes. Chloe también irá.”

Ni siquiera preguntó si yo estaba disponible.

Respondí:

“No puedo.”

Su respuesta llegó inmediatamente.

“¿Trabajo?”

“Algo así.”

No le expliqué que estaba empacando mi apartamento.

Tampoco le conté que había aceptado un puesto en Melbourne dentro de la empresa de mi familia.

Durante tres años, Ethan nunca había preguntado demasiado por mis padres.

Sabía que vivían en Australia.

Sabía que tenían “algunos negocios”.

Eso era suficiente para él.

En su cabeza, Chloe Bennett pertenecía a su mundo.

Yo no.

El viernes por la noche estaba cerrando mi última maleta cuando Ethan apareció.

—¿Te mudas?

—Sí.

—¿A dónde?

—Australia.

Se rio.

—¿Por cuánto tiempo?

—No lo sé. Quizá para siempre.

Su sonrisa desapareció.

—¿Y nuestra relación?

Lo miré sorprendida.

—¿Qué relación?

—Elena, no empieces.

—No estoy empezando nada. Estoy terminándolo.

Ethan me observó como si acabara de romper una regla que nunca me había explicado.

—¿Por Chloe?

—No.

Tomé mi bolso.

—Por ti.

—Chloe es prácticamente familia.

—Lo sé.

—Entonces estás siendo ridícula.

Asentí.

—Quizá.

Extendí mi teléfono.

—Pero revisé nuestras cuentas.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué cuentas?

—Las nuestras.

Había preparado una hoja.

Tres años de cenas.

Viajes.

Taxis.

Entradas.

Hoteles.

Regalos compartidos.

Cada transferencia.

Hasta los treinta dólares del aeropuerto.

Abajo aparecía una cifra.

Balance pendiente: $0.

Ethan levantó la mirada.

—¿Qué significa esto?

—Que no te debo nada.

Dejé las llaves del apartamento sobre la mesa.

—Y tú tampoco me debes nada.

Por primera vez pareció inquieto.

—Podemos hablar mañana.

—Mañana estaré en Melbourne.

Su rostro cambió.

—¿Ya compraste el vuelo?

Sonreí.

—Mi familia envió el avión.

Ethan soltó una carcajada.

Pensó que bromeaba.

Hasta que vio el automóvil esperándome abajo.

No era un taxi.

Dos hombres bajaron para recoger mis maletas.

Uno de ellos me saludó:

—Señorita Morales, su padre pidió confirmar que todo esté preparado para el vuelo.

Ethan dejó de sonreír.

—¿Quién es tu padre?

Me puse el abrigo.

—Una pregunta que pudiste hacer en cualquiera de nuestros tres años juntos.

Y me marché.

Dos meses después, Ethan obtuvo su respuesta.

Los Calloway viajaron a Melbourne para participar en una negociación internacional.

Chloe fue con ellos.

La empresa australiana que controlaba el proyecto había organizado una recepción privada.

Ethan estaba conversando con varios ejecutivos cuando vio mi fotografía en una enorme pantalla.

ELENA MORALES

Directora de Estrategia Internacional.

Hija de Alejandro Morales, presidente del Grupo Morales.

El mismo conglomerado con el que su familia llevaba meses intentando cerrar un acuerdo.

Chloe fue la primera en verme entrar.

—Ethan…

Él se giró.

Yo llevaba del brazo a mi padre.

Mi madre caminaba a nuestro lado.

Ethan palideció.

—Elena.

Mi padre lo miró.

—¿Se conocen?

Antes de que pudiera responder, dije:

—Salimos durante un tiempo.

Mi madre levantó una ceja.

—¿Este es el novio del que nunca quisiste hablarnos?

—Exnovio.

Ethan se acercó.

—Necesitamos hablar.

—Estamos hablando.

Bajó la voz.

—¿Por qué nunca me dijiste quién eras?

Lo miré durante varios segundos.

—Porque quería saber si podías quererme sin saberlo.

—¡Yo te quería!

—No.

Negué suavemente.

—Me auditabas.

Ethan quedó inmóvil.

—Durante tres años tuve que demostrar que no quería tu dinero. Chloe jamás tuvo que demostrar nada porque su apellido te parecía suficiente.

Chloe intervino:

—Elena, no necesitas convertir esto en una competencia.

La miré.

—Nunca competí contigo.

Sonreí.

—Ese fue el problema. Ethan ya había decidido quién valía más antes de empezar.

Mi padre anunció que debía entrar a la reunión.

Cuando pasé junto a Ethan, él me sujetó suavemente del brazo.

—Podemos empezar de nuevo.

Miré su mano.

La soltó.

—Esta vez no habrá 50/50 —dijo rápidamente—. Yo pagaré todo.

Aquello confirmó que todavía no entendía nada.

—Ethan, nunca me molestó pagar la mitad.

Su expresión se quebró.

—Me molestaba que me hicieras pagar para demostrar que merecía tu confianza mientras a otra persona le regalabas todo para demostrarle tu cariño.

No tuvo respuesta.

Seis meses después recibí una transferencia de Ethan.

Treinta dólares.

Concepto:

“Aeropuerto. Lo siento.”

La devolví.

Añadí una nota:

“Balance pendiente: $0.”

Después bloqueé el número.

Porque Ethan Calloway había pasado tres años preocupado por que yo pudiera quererlo por su fortuna.

Nunca comprendió que el verdadero riesgo era otro.

Que después de obligarme a pagar exactamente la mitad de todo…

un día yo descubriría que él no aportaba ni la mitad del amor.

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