PARTE 2: EL APELLIDO QUE OCULTÉ

A la mañana siguiente, Adrian me llamó a su oficina antes de las ocho.

Entré con mi café.

Él estaba frente a la ventana.

—Cierra la puerta, Emma.

Lo hice.

—¿Conoces personalmente a Nathaniel Reed?

Casi suspiré.

—Sí.

Adrian giró lentamente.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace bastante.

—Anoche subiste a su coche escondiéndote.

—No me estaba escondiendo.

—Miraste hacia ambos lados antes de entrar.

Eso era difícil de discutir.

Adrian apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—No me interesa tu vida privada. Pero Reed Capital puede decidir el futuro de esta empresa. Si existe entre ustedes alguna relación que pueda afectar la negociación, necesito saberlo.

—No existe la relación que estás imaginando.

—¿Entonces por qué te puso su chaqueta?

—Porque es insoportablemente protector.

Adrian frunció el ceño.

—¿Protector?

Mi teléfono vibró.

Nathaniel.

“Papá quiere que vengas a cenar. Y mamá dice que dejes de ignorar el grupo familiar.”

Bloqueé la pantalla demasiado tarde.

Adrian había visto el nombre.

—¿Nathaniel Reed te escribe por la mañana?

—Adrian…

—¿Está casado?

Lo miré horrorizada.

—¡Es mi hermano!

Silencio.

Adrian parpadeó.

—¿Qué?

—Nathaniel Reed es mi hermano mayor.

Su rostro pasó de la sospecha a la incredulidad.

—Tu apellido es Reed.

—Sí.

—Emma Reed.

—Exactamente.

Se dejó caer lentamente en la silla.

—¿Tu padre es Jonathan Reed?

Asentí.

Adrian se quedó mirándome como si acabara de descubrir que su secretaria tenía una segunda cabeza.

—Llevas dos años trabajando para mí.

—Sí.

—Me has traído café.

—Forma parte de mi trabajo.

—Una vez te pedí que pelearas con una aerolínea durante tres horas por un reembolso de cuatrocientos dólares.

—Y lo conseguí.

—Tu familia podría comprar la aerolínea.

No pude evitar reírme.

Adrian se pasó una mano por el rostro.

—Dios mío.

Entonces cambió su expresión.

—¿Nathaniel aceptó escuchar nuestro proyecto por ti?

—Al principio probablemente sí.

Eso pareció golpearlo.

Me acerqué al escritorio.

—Pero continuó escuchándote por el proyecto.

—No necesito caridad.

—Entonces demuéstrale que no lo es.

Dejé la propuesta frente a él.

—Nathaniel no invierte cientos de millones porque su hermana se lo pida. Si el proyecto es malo, te rechazará delante de mí con una sonrisa.

Adrian miró los documentos.

Antes de responder, llamaron a la puerta.

Su asistente financiero entró casi corriendo.

—Señor Walker, Reed Capital acaba de enviar una invitación formal.

Adrian levantó la cabeza.

—¿Para qué?

—Due diligence.

El hombre parecía incapaz de respirar.

—Están considerando financiar el proyecto completo.

Adrian me miró.

—¿Tú sabías esto?

—No.

Y era verdad.


Tres días después nos presentamos en Reed Capital.

Esta vez Nathaniel no fingió.

Cuando entré, abrió los brazos.

—Hermanita.

—No empieces.

Me abrazó delante de Adrian.

Luego me susurró:

—Tu jefe parece querer asesinarme.

—Porque creyó que eras mi amante.

Nathaniel se separó lentamente.

Después comenzó a reír.

Adrian apretó la mandíbula.

—¿Podemos hablar de negocios?

—Por supuesto, Walker.

La reunión duró casi cuatro horas.

Nathaniel cuestionó cifras, previsiones, riesgos y garantías.

No regaló absolutamente nada.

Al terminar cerró la carpeta.

—Reed Capital participará.

Adrian permaneció inmóvil.

Nathaniel añadió:

—Pero quiero dejar algo claro. Emma consiguió que leyera la propuesta.

Me miró.

—Usted consiguió que quisiera invertir.

Por primera vez desde que había descubierto quién era yo, Adrian pareció respirar.

Extendió la mano.

—Entonces tenemos un acuerdo.

—Tenemos un principio de acuerdo —corrigió Nathaniel.

Después sonrió.

—Todavía tengo que investigar al hombre que hace trabajar a mi hermana hasta medianoche.

—Nathaniel.

—¿Qué?

—Soy adulta.

—Eso dice mamá también. Ninguno de los dos me convence.

Adrian soltó una risa inesperada.


Aquella noche regresamos juntos a Sterling Horizon.

El edificio estaba casi vacío.

Cuando llegamos a mi escritorio, Adrian se detuvo.

—¿Por qué trabajas aquí?

—Porque necesitaba construir algo sin mi apellido.

—Podías trabajar en cualquier empresa del mundo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué la mía?

Lo miré.

Porque esa respuesta llevaba mucho tiempo guardada.

—Porque cuando todos decían que Sterling Horizon estaba acabada, tú seguías llegando primero y marchándote último.

Adrian guardó silencio.

—Quería aprender de alguien que todavía luchaba cuando ya no tenía ninguna ventaja.

Sus ojos permanecieron sobre mí.

—Y yo pensando que eras simplemente una secretaria demasiado atrevida.

—Soy una secretaria excelente.

—Eso también.

Sonrió.

Luego su expresión se volvió seria.

—Anoche, cuando te vi subir al coche de Nathaniel…

—¿Sí?

Desvió la mirada.

—Olvídalo.

Sonreí.

—¿Estabas celoso?

—Buenas noches, Emma.

—Adrian.

Comenzó a caminar.

—¡Estabas celoso!

Se detuvo frente al ascensor.

Las puertas se abrieron.

Antes de entrar, se volvió hacia mí.

—Muchísimo.

Las puertas se cerraron.

Me quedé inmóvil.

Dos segundos después llegó un mensaje suyo:

“Mañana, ocho en punto. No llegues tarde solo porque ahora sé que eres una Reed.”

Sonreí y respondí:

“Sí, jefe.”

La respuesta apareció inmediatamente:

“Y Emma…”

“¿Sí?”

“Si vuelves a subir escondida al coche de un hombre, agradecería saber primero si es otro de tus hermanos.”

Solté una carcajada.

Había pasado años ocultando mi apellido para descubrir quién me valoraría sin conocer mi fortuna.

Y resultó que el hombre que más necesitaba el dinero de mi familia…

era también el único que parecía mucho más interesado en saber quién ocupaba mi corazón.

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