Cuando el avión aterrizó, sentí que los siete años que había pasado persiguiendo a Lu Yan finalmente quedaban al otro lado del océano. Él seguía convencido de que yo solo estaba enfadada y que terminaría regresando, sin comprender que esta vez me había marchado porque ya no lo necesitaba.
Gu Chenfeng tomó mi maleta y abrió la puerta del coche.
—Sube. Tu hermano me amenazó con matarme si no te llevaba sana y salva.
No pude evitar reír.
—¿Tan aterradora parezco?
—Tú no. Tu hermano sí.
Era extraño.
Hacía menos de veinticuatro horas sentía que mi mundo se había derrumbado.
Y ahora, bajo aquel cielo despejado, por primera vez podía respirar sin pensar en Lu Yan.
Los días siguientes fueron mucho más ocupados de lo que imaginaba.
Mi hermano me incorporó directamente a uno de sus proyectos.
Al principio pensé que lo hacía para distraerme.
Hasta que una noche dejó una montaña de documentos frente a mí.
—Mañana quiero tu análisis.
Lo miré incrédula.
—¿No dijiste que viniera a descansar?
—Descansar no significa convertirse en un parásito.
Le lancé un cojín.
Gu Chenfeng, sentado enfrente, soltó una carcajada.
—Bienvenida al mundo real, señorita Su.
Aquella noche trabajé hasta las tres de la madrugada.
Y curiosamente…
fui feliz.
Durante años había puesto toda mi energía en Lu Yan.
Sus gustos.
Sus emociones.
Sus necesidades.
Había olvidado que yo también tenía sueños.
Poco a poco, comencé a recuperarlos.
Tres meses después dirigí mi primer proyecto.
Seis meses después cerré personalmente un contrato que incluso mi hermano llevaba semanas intentando conseguir.
Cuando salimos de la reunión, Gu Chenfeng me tendió una taza de café.
—Ahora entiendo por qué tu hermano siempre decía que eras más inteligente que él.
—¿Él dijo eso?
—No.
Sonrió.
—Pero quería ver tu reacción.
Le di un golpe en el brazo.
Y ambos reímos.
No sabía que alguien había tomado una fotografía de aquel momento.
Ni que, dos días después, esa fotografía llegaría hasta Haicheng.
Lu Yan miró la pantalla durante mucho tiempo.
En la imagen yo llevaba un traje blanco y sostenía una carpeta contra el pecho.
Gu Chenfeng estaba inclinado hacia mí.
Los dos sonreíamos.
—¿Quién es?
Su voz era peligrosamente tranquila.
Jiang Yuan suspiró.
—Gu Chenfeng. Amigo del hermano de Su Ran.
Lu Yan apretó el teléfono.
—¿Por qué está con ella?
Jiang Yuan lo miró como si acabara de escuchar la pregunta más absurda del mundo.
—Lu Yan.
—¿Qué?
—Tú ya estás comprometido.
Aquellas palabras lo dejaron inmóvil.
Sí.
Estaba comprometido.
Con Yao Luoluo.
Había sido él mismo quien me había apartado deliberadamente el día de su compromiso. Incluso había hecho que permaneciera en la comisaría para impedir que apareciera.
Entonces…
¿qué derecho tenía a preguntar quién estaba a mi lado?
Ninguno.
Pero aquella noche no pudo dormir.
Un año después regresé a Haicheng.
No por Lu Yan.
Mi empresa iba a colaborar con un importante grupo local y yo era responsable del proyecto.
Cuando atravesé las puertas del hotel donde se celebraría el banquete empresarial, escuché que alguien pronunciaba mi nombre.
—Su Ran.
Mis pasos se detuvieron.
Aquella voz…
La habría reconocido incluso después de diez años.
Me giré.
Lu Yan estaba detrás de mí.
Parecía más delgado.
Sus ojos permanecieron fijos en mi rostro como si temiera que desapareciera otra vez.
—Has vuelto.
—Por trabajo.
Solo dos palabras.
Su expresión se endureció.
Quizá esperaba que preguntara cómo estaba.
Quizá esperaba reproches.
Pero no hice ninguna de las dos cosas.
—Ranran…
—Señor Lu.
Lo interrumpí.
—Tenemos una reunión en cinco minutos.
Su rostro palideció ligeramente.
Antes yo siempre lo llamaba A Yan.
Nunca “señor Lu”.
—¿Tenemos que hablar así?
—¿Cómo quieres que hablemos?
No pudo responder.
En ese momento, Gu Chenfeng apareció detrás de mí.
—¿Todo bien?
—Sí.
Le entregué unos documentos.
Lu Yan observó aquel gesto.
—¿Sigues con él?
Fruncí el ceño.
—¿Perdón?
—Gu Chenfeng.
Su mandíbula estaba tensa.
—¿Están juntos?
De repente comprendí.
Y me eché a reír.
—Lu Yan, después de tanto tiempo, sigues pensando que todo gira alrededor de ti.
Su expresión cambió.
—Solo quiero saberlo.
—Entonces aprende algo que yo tardé siete años en aprender.
Lo miré directamente.
—No siempre tenemos derecho a obtener las respuestas que queremos.
Pasé junto a él.
Pero me sujetó de la muñeca.
—Su Ran.
Me liberé inmediatamente.
Sus dedos quedaron suspendidos en el aire.
—No vuelvas a tocarme.
Aquella frase pareció golpearlo con más fuerza que cualquier bofetada.
—Yo…
—¿Dónde está tu prometida?
Silencio.
—Rompimos el compromiso.
Me sorprendió.
Pero únicamente durante un segundo.
—Entiendo.
Y continué caminando.
—¿Eso es todo?
Su voz tembló detrás de mí.
Me detuve.
—¿Qué esperabas?
—Rompí con ella.
—Eso es asunto tuyo.
Lu Yan se quedó completamente quieto.
—¿No te importa?
Esta vez me giré.
—No.
Una sola palabra.
Pero vi cómo algo se rompía en sus ojos.
Después descubrí que Yao Luoluo y él habían terminado poco después de mi partida.
Lu Yan también había averiguado algunas de las cosas que ella había hecho a mis espaldas.
Pero nada de aquello importaba ya.
Porque yo no había regresado para ajustar cuentas.
Había regresado por mi carrera.
Dos semanas después, nuestro proyecto consiguió la aprobación definitiva.
Aquella noche hubo una celebración.
Cuando salí del hotel, Lu Yan estaba esperándome.
Nevaba.
Exactamente como aquel invierno en que yo había deseado escapar a un lugar sin nieve y sin él.
Lu Yan sostenía un paraguas.
—Ranran.
Suspiré.
—¿Qué quieres?
—Una oportunidad.
Su voz era ronca.
—Solo una.
Lo observé bajo la nieve.
Durante años había soñado con escuchar esas palabras.
Si me las hubiera dicho entonces, probablemente habría corrido hacia él sin importar cuánto me hubiera herido.
Pero ahora…
no sentía nada.
—Lu Yan.
—Sí.
—¿Recuerdas aquella noche de tu compromiso?
Su rostro se tensó.
—Sí.
—Me quedé fuera de tu puerta.
Sus ojos se abrieron.
—¿Escuchaste…?
—Todo.
El paraguas tembló ligeramente entre sus dedos.
—Su Ran, yo…
—Escuché cuando dijiste que sería perfecto si me marchaba.
Bajó la cabeza.
—Estaba equivocado.
—Lo sé.
Levantó los ojos, sorprendido.
Sonreí.
—Y yo también.
—¿Tú?
—Sí.
Di un paso hacia atrás.
—Mi error fue creer que amar a alguien significaba aceptar que me hiciera daño una y otra vez.
La nieve cayó silenciosamente entre nosotros.
—Pero ya aprendí.
Lu Yan tenía los ojos rojos.

—¿De verdad no podemos volver atrás?
Negué suavemente.
—No quiero volver atrás.
Y esta vez no había tristeza en mi voz.
Solo certeza.
Me di la vuelta.
Gu Chenfeng me esperaba junto al coche.
Antes de subir, escuché a Lu Yan llamarme por última vez.
—¡Su Ran!
Volví la cabeza.
Seguía bajo la nieve.
Solo.
—¿Alguna vez me amaste de verdad?
Lo miré durante unos segundos.
—Durante siete años.
Su respiración se detuvo.
—Entonces…
—Precisamente por eso pude esperar tanto.
Abrí la puerta del coche.
—Y precisamente por eso, cuando finalmente me fui, no quedaba nada que recuperar.
Subí.
El coche arrancó lentamente.
Por el espejo retrovisor vi cómo su figura se hacía cada vez más pequeña.
Esta vez Lu Yan no corrió detrás de mí.
Tal vez finalmente lo había entendido.
Yo no había desaparecido para castigarlo.
No estaba jugando a hacerme la difícil.
Tampoco esperaba que viniera a buscarme.
Simplemente había dejado de convertirlo en el centro de mi vida.
Años atrás, habría dado cualquier cosa para que Lu Yan me eligiera.
Ahora comprendía que nunca había necesitado ser elegida por él.
Porque desde el momento en que subí sola a aquel avión…
por fin había aprendido a elegirme a mí misma.