Mientras Fang Yuanzhou y su familia celebraban convencidos de que habían conseguido engañarme, los 300.000 yuanes seguían intactos y yo ya había ordenado bloquear las cuentas y tarjetas bajo mi control.
Conduje directamente hasta la empresa.
Durante todo el trayecto, Fang Yuanzhou me llamó siete veces.
No contesté ninguna.
Cuando entré en mi despacho, cerré la puerta y llamé al director financiero.
—Quiero revisar todos los movimientos de la empresa de los últimos tres años.
Me miró sorprendido.
—¿Todos?
—Todos. Especialmente las transferencias autorizadas por Fang Yuanzhou.
Su expresión cambió ligeramente.
Aquello bastó para despertar mis sospechas.
—¿Hay algo que debería saber?
Vaciló.
—Señora Shen… el señor Fang me dijo que algunas operaciones eran decisiones familiares y que usted estaba informada.
Sentí que se me helaba la sangre.
—Enséñamelas.
Media hora después, tenía frente a mí una pila de documentos.
Ciento veinte mil.
Ochenta mil.
Doscientos mil.
Pequeñas cantidades transferidas durante años a empresas que apenas tenían actividad comercial.
Pero todas estaban relacionadas con una misma persona.
Fang Yuanyong.
Mi cuñado.
Solté una risa amarga.
Así que los 300.000 yuanes no eran el comienzo.
Eran simplemente la siguiente mordida.
Saqué el teléfono.
Esta vez fui yo quien llamó a Fang Yuanzhou.
Contestó inmediatamente.
—¡Qingdan! ¿Qué pasa contigo? ¿Por qué no respondes? Papá está esperando el dinero.
Su actuación era impecable.
Si no hubiera escuchado aquella conversación en el hospital, quizá todavía habría creído en él. Fang Yuanzhou incluso había planeado utilizar mi casa, adquirida antes del matrimonio, después de conseguir aquellos 300.000 yuanes.
—Lo siento —respondí suavemente—. El banco ha bloqueado temporalmente la transferencia.
Hubo un silencio.
—¿Por qué?
—Dicen que es una cantidad elevada y necesitan verificarla.
—Entonces ve personalmente al banco.
Sonreí.
—Claro.
Su tono volvió a relajarse.
—Eso es. Hazlo rápido. Papá todavía está muy débil.
Miré por la ventana.
—Yuanzhou.
—¿Sí?
—Espero que tu padre se recupere pronto.
Colgué.
Por primera vez aquel día, sonreí de verdad.
A las tres de la tarde recibí otra llamada.
Esta vez Fang Yuanzhou ya no fingía tranquilidad.
—¡Qingdan! ¿Has congelado la cuenta?
—Sí.
—¿Por qué?
—El banco detectó movimientos sospechosos.
—¡Desbloquéala inmediatamente!
Me recliné en la silla.
—¿No estaba papá en la UCI?
Silencio.
—Sí…
—Qué extraño.
Dejé pasar dos segundos.
—Porque esta mañana lo vi comiendo una manzana.
Al otro lado no se escuchó absolutamente nada.
Entonces pronuncié lentamente:
—También escuché lo de mi casa.
—Qingdan, escúchame…
—Y escuché cuando tu padre dijo que era más tonta que una burra.
La respiración de Fang Yuanzhou se volvió pesada.
—¿Fuiste al hospital?
—Sí.
Su voz cambió.
Desapareció el marido preocupado.
—Ya que lo sabes, no tiene sentido seguir fingiendo.
Cerré los ojos.
Cinco años.
Y ni siquiera necesitó cinco minutos para mostrarme su verdadero rostro.
—La casa es tuya —dijo—, pero llevamos cinco años casados. No puedes dejarme sin nada.
Me eché a reír.
—¿Dejarte sin nada?
Miré los documentos frente a mí.
—Yuanzhou, deberías preocuparte por lo que tú me has dejado a mí.
—¿Qué quieres decir?
—Mañana lo descubrirás.
Colgué.
A la mañana siguiente, cuando Fang Yuanzhou llegó a la empresa, encontró a dos abogados esperándolo.
Yo estaba sentada en la cabecera de la mesa.
Sobre ella había tres carpetas.
Su rostro se endureció.
—¿Qué significa esto?
Empujé la primera hacia él.
—Solicitud de divorcio.
La segunda.
—Auditoría financiera.
Y finalmente la tercera.
—Pruebas de transferencias irregulares.
Su rostro perdió el color.
—Shen Qingdan…
—Todavía no he terminado.
Lo miré directamente.
—Desde este momento quedas apartado de cualquier función administrativa hasta que termine la revisión.
Golpeó la mesa.
—¡Esta empresa también es mía!
—Yo soy la representante legal y accionista mayoritaria.
Aquello era precisamente lo que él había utilizado durante años como protección para sí mismo.
Ahora se había convertido en mi escudo.
—Tú…
—¿Qué ocurre?
Incliné ligeramente la cabeza.
—¿La burra aprendió a defenderse?
Su expresión se deformó.
En ese instante, la puerta se abrió violentamente.
Fang Dehou entró acompañado de su esposa y Fang Yuanyong.
El hombre que supuestamente había sufrido una hemorragia cerebral caminaba con tanta energía que casi parecía dispuesto a correr.
—¡Shen Qingdan!
Señaló mi rostro.
—¡¿Cómo te atreves a tratar así a mi hijo?!
Lo observé tranquilamente.
—Señor Fang, qué recuperación tan milagrosa.
Su cara se puso roja.
—Tú…
—Anoche estaba en la UCI y hoy puede venir hasta mi empresa a gritar.
Los abogados intercambiaron miradas.
Fang Dehou comprendió demasiado tarde su error.
Fang Yuanyong intentó intervenir.
—Cuñada, todo esto es un malentendido.
—No vuelvas a llamarme cuñada.
Su sonrisa desapareció.
Me puse de pie.
—Durante cinco años creyeron que podían utilizarme porque confiaba en ustedes.
Miré a Fang Yuanzhou.
—Confundieron mi confianza con estupidez.
Luego miré a su padre.
—Mi paciencia con debilidad.
Y finalmente señalé las carpetas.
—Ahora tendrán tiempo de descubrir la diferencia.
Dos meses después, el divorcio estaba en marcha.
La auditoría encontró más movimientos sospechosos de los que yo imaginaba.
Mi casa permaneció intacta.
Mis cuentas también.
Y los 300.000 yuanes que pretendían arrebatarme jamás salieron de mi control.
Fang Yuanzhou intentó disculparse.
Después intentó amenazarme.
Finalmente intentó pedirme otra oportunidad.
No obtuvo ninguna.
El día que salió definitivamente de nuestra antigua casa, dejó una maleta junto a la puerta y me miró con los ojos enrojecidos.
—Qingdan, ¿de verdad vas a borrar cinco años por un error?

Lo miré durante unos segundos.
—No fueron cinco años destruidos por un error.
Abrí la puerta.
—Fueron cinco años construidos sobre una mentira.
No respondió.
—Y hay algo que tu padre tenía razón en decir.
Frunció el ceño.
Sonreí.
—Durante mucho tiempo fui demasiado ingenua.
Hice una pausa.
—Pero incluso la persona más paciente aprende cuando la golpean demasiadas veces.
Fang Yuanzhou bajó la mirada.
—Adiós.
Cerré la puerta.
Esta vez no lloré.
Porque finalmente había comprendido algo.
Ellos habían preparado una farsa para quedarse con mi dinero, mi empresa y mi casa.
Lo único que nunca imaginaron era que yo aparecería detrás de aquella puerta del hospital y escucharía la verdad.
Me llamaron burra.
Me creyeron obediente.
Pensaron que podrían quitarme todo poco a poco.
Al final, bastó una sola mañana para que comprendieran su error:
La presa que habían escogido durante cinco años…
acababa de convertirse en la persona que tenía todas las pruebas en sus manos.