PARTE 2: ÉL LO SABÍA TODO

Natalia amplió la fotografía.

Cuentas.

La casa.

Seguros.

Beneficiarios.

Y al final de varias líneas, la misma frase:

«Transferir después de la separación».

Sintió frío.

El doctor Salgado regresó acompañado por una agente.

—Señora, ¿está preparada para hablar?

Natalia levantó el teléfono.

—Primero quiero que vea esto.

La agente observó ambos videos sin interrumpirla.

En el primero, Teresa empujaba a Natalia por las escaleras.

En el segundo, la empujaba contra la barra.

Pero Natalia no podía apartar los ojos de Gerardo.

Él estaba allí.

Había visto todo.

Y después había apagado la cámara.

—¿Puede enviarme los archivos originales? —preguntó la agente.

—Mi tío político los tiene.

Natalia llamó inmediatamente a Roberto.

—¿Por qué guardaste esto?

—Porque después de la muerte de mi hermano comenzaron a desaparecer documentos de la empresa familiar —respondió—. Instalé cámaras en algunas zonas comunes porque sospechaba que Teresa estaba buscando algo. Cuando revisé las grabaciones, te vi a ti.

Natalia cerró los ojos.

—¿Y la fotografía?

Roberto guardó silencio unos segundos.

—Encontré esa hoja entre unos documentos que Gerardo dejó en la oficina. Natalia, creo que debes revisar tus finanzas antes de volver a hablar con él.

Aquella noche Natalia no regresó a casa.

Desde el hospital contactó a una abogada y tomó medidas para proteger sus cuentas y documentos personales.

A la mañana siguiente, Gerardo consiguió comunicarse con ella.

—Natalia, por favor. Déjame explicarte.

—Te vi en el video.

Silencio.

—Mi madre estaba fuera de control.

—Y tú apagaste la cámara.

—Quería protegerla.

Natalia apretó el teléfono.

—¿De mí?

—De las consecuencias.

Aquella respuesta terminó con cualquier duda que todavía pudiera quedarle.

—¿Y la lista de mis bienes?

Gerardo dejó de respirar por un instante.

—¿Qué lista?

—La que dice qué querías transferir después de nuestra separación.

—No entiendes el contexto.

Natalia casi sonrió.

Siempre era lo mismo.

Te caíste.

Estás alterada.

No entiendes.

—Entonces explícaselo a mi abogada.

Y colgó.

Las semanas siguientes revelaron una verdad todavía más amarga: Gerardo llevaba meses preparándose para una posible separación mientras Natalia seguía creyendo que estaban intentando salvar su matrimonio.

Pero esta vez había documentos.

Había videos.

Había testigos.

Y Natalia dejó de aceptar conversaciones privadas destinadas a convencerla de olvidar lo ocurrido.

Meses después, regresó a aquella casa únicamente para recoger sus últimas pertenencias, acompañada y siguiendo las indicaciones legales correspondientes.

Gerardo estaba allí.

Parecía diez años mayor.

—Nunca quise que llegaras a Urgencias —dijo.

Natalia se detuvo.

—Ese fue siempre tu argumento equivocado.

—¿Qué quieres decir?

—Que te preocupaba lo que tu madre pretendía hacer.

Lo miró directamente.

—A mí me importa lo que tú decidiste hacer después de verlo.

Gerardo bajó la mirada.

No tenía respuesta.

Natalia recogió la última caja y caminó hacia la puerta.

Durante años había pensado que el peor momento de su matrimonio sería descubrir que su suegra la odiaba.

Se equivocaba.

Lo peor había sido descubrir que el hombre que prometió protegerla veía perfectamente lo que ocurría…

y había elegido proteger a la persona que le hacía daño.

Esta vez Natalia no necesitó que nadie le dijera qué debía recordar.

Tenía las grabaciones.

Tenía la verdad.

Y, finalmente, se tenía a sí misma.

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