PARTE 2: AHORA ELLA PODÍA QUEDÁRSELO

Ethan corrió detrás del automóvil hasta que desaparecimos del hotel.

No me volví.

Alexander Laurent tampoco preguntó nada durante varios minutos.

Finalmente dejó una carpeta sobre mis rodillas.

—Maison Laurent quiere ofrecerte la dirección creativa de nuestra nueva división internacional.

Abrí el documento.

El salario era excelente.

Pero lo que realmente me hizo sonreír fue una cláusula.

Propiedad intelectual independiente.

Por primera vez, cada diseño que creara seguiría siendo mío.

—Acepto.

Alexander levantó una ceja.

—¿Sin negociar?

—Ya pasé demasiados años permitiendo que otros decidieran cuánto valía mi trabajo.

Firmé.


Dos días después, mi teléfono tenía más de cien llamadas.

Mi madre.

Mi padre.

Mi hermano.

Y Ethan.

Stella solo había enviado un mensaje:

“Hermana, si quieres, puedo devolverte a Ethan.”

Lo eliminé.

No quería devoluciones.

Quería distancia.

Entonces mi hermano llamó desde otro número.

Contesté.

—Victoria, tienes que regresar.

—¿Por qué?

—Maison Laurent acaba de anunciar tu colección.

—Lo sé.

—Nuestros distribuidores están cancelando pedidos.

Su voz se endureció.

—La colección que vendiste era prácticamente idéntica a la línea que nuestra empresa pensaba lanzar.

Sonreí.

—No era prácticamente idéntica.

—Era la misma.

Silencio.

Porque ambos sabíamos quién la había creado.

—Pero esos diseños pertenecen a la familia.

—Revisa las patentes.

Colgué.


La verdadera explosión ocurrió una semana después.

Maison Laurent presentó mi colección en París.

Mi nombre apareció detrás de la pasarela:

VICTORIA HALE.

No “la hija de”.

No “la prometida de”.

Solo yo.

La colección recibió pedidos suficientes durante la primera noche para superar las ventas trimestrales de la empresa de mi familia.

Y entonces apareció Ethan.

Me esperaba fuera del backstage.

Parecía no haber dormido.

—Cancelé el compromiso con Stella.

Me detuve.

—¿Por qué me lo cuentas?

Su expresión se quebró.

—Porque nunca quise casarme con ella.

—Pero tampoco quisiste defenderme.

—Victoria…

—Cuando me enviaron al extranjero, guardaste silencio.

—Cuando Stella empezó a ocupar mi lugar, guardaste silencio.

—Y cuando pidió mi anillo, esperaste que yo luchara por ti.

Ethan apretó la mandíbula.

—Pensé que te importaba.

—Me importabas.

Lo miré con calma.

—Ese fue precisamente el problema.

Intentó tomar mi mano.

Retrocedí.

—No.

—¿Hay alguien más?

Miró hacia Alexander, que hablaba con compradores al otro lado del salón.

Casi me reí.

Seguía sin comprender.

—No te dejé por otro hombre, Ethan.

—Entonces vuelve.

—Te dejé por mí.

Aquello finalmente lo silenció.


Un mes después, Stella apareció en mi oficina.

Ya no llevaba mi vestido.

Tampoco mi anillo.

Lo dejó sobre la mesa.

—Ethan no me quiere.

—Eso tendrás que hablarlo con Ethan.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Todo cambió desde que te fuiste.

—No.

Cerré la carpeta que estaba revisando.

—Todo siguió exactamente como ustedes querían.

Stella frunció el ceño.

—Tú querías mi vestido.

—Te lo di.

—Querías mi compromiso.

—También te lo di.

—Querías mi lugar en la familia.

La miré.

—Y me aparté.

Su rostro perdió color.

—Entonces ¿por qué nadie está feliz?

Sonreí ligeramente.

—Porque quizá nunca quisieron mis cosas.

—Quizá solo querían verme luchar para conservarlas.

Stella comenzó a llorar.

Antes, aquellas lágrimas habrían conseguido que toda mi familia corriera a castigarme.

Esta vez llamé a mi asistente.

—Acompaña a la señorita hasta la salida.


Seis meses después, mi antigua empresa familiar perdió dos de sus mayores distribuidores internacionales.

No porque yo los atacara.

Simplemente ya no tenían mis diseños.

Mi padre terminó llamándome.

—Victoria, regresa. Te devolveremos tu puesto.

—No.

—Serás vicepresidenta.

—No.

—Entonces presidenta.

Miré desde mi oficina las luces de París.

—Papá, todavía no entiendes.

—¿Qué cosa?

—No quería un puesto más alto en vuestra mesa.

Hice una pausa.

—Quería dejar de necesitar una silla allí.

Colgué.

Sobre mi escritorio había una invitación.

Maison Laurent presentaría mi primera colección completamente independiente en Milán.

Debajo de mi nombre aparecía una sola palabra:

Fundadora.

Tomé la invitación y sonreí.

Un año antes, mi familia me había enviado lejos para enseñarme a ceder.

Y funcionó.

Cedí el vestido.

Cedí el anillo.

Cedí al prometido.

Incluso cedí mi lugar en aquella familia.

Pero al hacerlo descubrí algo que Stella jamás había sabido pedir.

Mi libertad.

Y esa, por primera vez, decidí no entregársela a nadie.

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