Mariana volvió a mirar la fecha.
—¿Era de su esposa?
Sebastián asintió.
—Elena.
Su voz apenas pudo pronunciar el nombre.
—Hace tres años discutimos la mañana de ese viaje.
Elena había comprado aquel boleto sin decirle nada.
Cuando Sebastián descubrió que pensaba marcharse a Ciudad de México, creyó que quería abandonarlo.
—Le dije cosas horribles.
—¿Ella subió al tren?
Sebastián negó lentamente.
—Eso es lo que nunca supe.
Aquella tarde, Elena le envió un único mensaje:
“Cuando pueda explicártelo, volveré en el tren de las 4:32.”
Nunca volvió.
Dos días después, encontraron su automóvil abandonado cerca de una carretera.
Una semana más tarde, la policía confirmó su muerte tras un accidente ocurrido lejos de la estación.
Pero había algo que Sebastián jamás consiguió comprender.
—Si Elena murió lejos de aquí, ¿por qué me dijo que regresaría en este tren?
Mariana observó el boleto.
—¿Y por eso viene todos los viernes?
—Porque soy un idiota.
Sonrió sin alegría.
—Sé que está muerta. Estuve en su funeral. Vi cerrar su ataúd.
Miró las vías.
—Pero una parte de mí sigue esperando que las puertas se abran y ella aparezca para terminar aquella conversación.
Mariana no supo qué responder.
Entonces una voz masculina habló detrás de ellos.
—No estaba esperándolo a usted.
Sebastián se giró.
Un hombre de unos sesenta años permanecía bajo la lluvia.
Llevaba una chamarra gastada y sostenía una pequeña caja metálica contra el pecho.
Miraba fijamente el boleto.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Arturo Salcedo.
El desconocido tragó saliva.
—Yo conocí a Elena Herrera.
Sebastián se puso de pie.
—¿De dónde?
Arturo extendió la caja.
—Ella me pidió que le entregara esto si algún día lo encontraba aquí.
El rostro de Sebastián cambió.
—Mi esposa murió hace tres años.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué esperó?
Arturo bajó los ojos.
—Porque también le prometí guardar un secreto.
Sebastián tomó la caja.
Dentro había una llave.
Una fotografía.
Y una carta cerrada.
En la fotografía aparecía Elena frente a una pequeña casa.
Pero no estaba sola.
A su lado había una niña de aproximadamente nueve años.
En el reverso, Elena había escrito:
“Lucía. 18 de octubre.”
Sebastián levantó la mirada.
—¿Quién es esta niña?
Arturo tardó demasiado en responder.
—La razón por la que su esposa compró aquel boleto.
Sebastián rompió el sobre.
La carta estaba escrita a mano.
Reconoció inmediatamente la letra de Elena.
“Sebastián:
Si estás leyendo esto, significa que no pude regresar para explicártelo yo misma.
Antes de conocerte tuve una hija.”
Sebastián dejó de respirar.
Mariana retrocedió discretamente.
La carta continuaba.
Elena había quedado embarazada siendo muy joven.
Su familia la presionó para entregar a la niña al cuidado de unos parientes mientras ella reconstruía su vida.
Durante años le hicieron creer que acercarse nuevamente solo destruiría la estabilidad de la pequeña.
Pero Elena jamás dejó de buscarla.
Finalmente, tres años atrás, había conseguido localizarla.
Por eso viajaba.
No para abandonar a Sebastián.
Sino para recuperar a su hija y contarle toda la verdad.
Sebastián levantó los ojos, llenos de lágrimas.
—¿Dónde está Lucía?
Arturo señaló la llave.
—La casa de la fotografía pertenecía a mi hermana.
—¿Pertenecía?
—Murió hace ocho meses.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Y la niña?
Arturo miró hacia el extremo del andén.
Sebastián siguió su mirada.
Una joven estaba allí.
Ya no tenía nueve años.
Tendría doce.
Llevaba una mochila azul y sostenía entre las manos una fotografía.
La misma fotografía.
Sebastián no pudo moverse.
Arturo habló:
—Elena murió intentando regresar después de verla.
—Y Lucía pasó tres años creyendo que su madre había decidido abandonarla otra vez.
La niña comenzó a caminar lentamente hacia ellos.
Cuando estuvo cerca, miró el viejo boleto que Sebastián todavía sostenía.
—¿Usted es Sebastián?
Él asintió.
Lucía tragó saliva.
—Mi mamá hablaba mucho de usted.
Sebastián cerró los ojos.
Tres años había esperado que Elena bajara de aquel tren.
Tres años había pensado que aquella promesa había muerto con ella.
Pero finalmente comprendió que Elena sí había intentado regresar.
Solo que no pensaba hacerlo sola.
Sebastián miró a Lucía.
—¿Quieres sentarte conmigo?
La niña observó la vieja banca.
Después asintió.
A las 4:32 llegó nuevamente el tren.
Las puertas se abrieron.
Sebastián no se levantó.
Por primera vez en tres años, no revisó los rostros de los pasajeros.
Se quedó sentado junto a la hija que Elena nunca alcanzó a presentarle.
Y cuando el tren volvió a marcharse, Sebastián sacó del bolsillo el boleto que había comprado aquella tarde.
Lo rompió por la mitad.
El viernes siguiente, a las 4:07, Mariana miró automáticamente hacia la entrada.

Sebastián no apareció.
Por primera vez en once meses, la banca del andén 12 quedó vacía.
Porque algunas personas no esperan realmente que alguien regrese.
Esperan descubrir por qué se fue.
Y Sebastián finalmente tenía su respuesta.