PARTE 2: LA FOTO QUE LO DESTRUYÓ

Adrian miró el documento en manos de su padre.

—¿Veinte por ciento?

Thomas sostuvo su mirada.

—Acciones que originalmente pensaba dejarte a ti.

El silencio se volvió incómodo.

Mia tocó el collar de diamantes, como si de pronto pesara demasiado.

Adrian se acercó a Clara.

—¿Tú sabías esto?

—Desde esta tarde.

—¿Y no pensabas decírmelo?

Clara sonrió.

—¿Como tú me dijiste para quién eran los ciento ochenta mil dólares del collar?

Mia palideció.

Varias cabezas se giraron hacia ella.

—Clara —murmuró Adrian—. No hagas una escena.

Aquella frase casi la hizo reír.

Sacó su teléfono.

—Curioso. Eso mismo pensé cuando tu secretaria me escribió esta noche.

Abrió el mensaje.

“Tu esposo está camino a la fiesta conmigo. Diviértete sola en casa.”

Luego mostró la fotografía.

Thomas la observó.

Su rostro se endureció.

—¿Ella te envió esto?

Mia reaccionó.

—¡Fue una broma!

—¿Y esto también?

Clara mostró el segundo mensaje.

“Un hombre exitoso necesita a una mujer que lo haga lucir bien…”

Mia miró desesperadamente a Adrian.

—Diles algo.

Adrian bajó la voz.

—Papá, esto es un asunto matrimonial.

—No —respondió Thomas—. Se convirtió en un asunto empresarial cuando compraste regalos personales con una tarjeta corporativa.

Adrian quedó inmóvil.

Clara también.

Eso era nuevo incluso para ella.

Thomas hizo una señal.

El director financiero se acercó con una carpeta.

—Hace tres semanas detectamos gastos sin justificación —explicó—. Hoteles, viajes, restaurantes, joyería…

Abrió el expediente.

—Y ciento ochenta mil dólares registrados como “relaciones con clientes”.

Todas las miradas cayeron sobre el collar de Mia.

Ella retrocedió.

—Adrian me dijo que era un regalo personal.

Thomas miró a su hijo.

—Entonces utilizaste dinero de la empresa para mantener a tu amante.

—No es mi amante.

Clara intervino tranquilamente.

—Perfecto.

Adrian la miró.

—¿Qué?

—Si no existe ninguna relación entre ustedes, Mia seguramente no tendrá problema en devolver el collar.

Mia lo sujetó instintivamente.

—¡Fue un regalo!

Clara arqueó una ceja.

—Hace diez segundos dijiste que eras únicamente su secretaria.

Alguien soltó una risa entre los invitados.

Mia se puso roja.

Adrian agarró a Clara del brazo.

—Ven conmigo.

Thomas golpeó el bastón contra el suelo.

—Suéltala.

Adrian obedeció.

Entonces Thomas pronunció la frase que terminó de derrumbarlo.

—La junta se reúne mañana a las nueve. Tu cargo será revisado.

—¿Por esto?

—No.

Thomas señaló la carpeta.

—Por utilizar recursos corporativos, ocultar gastos y creer que llevar mi apellido significa que nadie puede cuestionarte.

Adrian miró a Clara.

Finalmente apareció miedo en sus ojos.

—Clara, tenemos que hablar en casa.

Ella negó.

—Tú puedes ir a casa.

Sacó una llave del bolso y la dejó sobre una mesa.

—Yo no.

Su rostro cambió.

—¿Qué significa eso?

—Que mientras tú estabas comprando diamantes para Mia, mis abogados estaban preparando otra cosa.

Clara sacó un sobre.

Adrian no quiso tomarlo.

—¿Qué hiciste?

—Lo que debí hacer cuando empezaste a tratar diez años de matrimonio como una molestia.

Colocó el sobre frente a él.

Documentos de divorcio.

Mia abrió mucho los ojos.

Adrian soltó una risa nerviosa.

—Estás enfadada. Mañana hablaremos y retirarás esto.

Clara lo observó durante unos segundos.

—Ese siempre fue tu problema.

—¿Cuál?

—Creer que mi paciencia era dependencia.

Se giró hacia Thomas.

—¿Seguimos con la celebración?

El anciano sonrió.

—Por supuesto.

La música volvió a sonar lentamente.

Clara caminó hacia los miembros del consejo.

Detrás de ella, Adrian permaneció junto al escenario con los documentos en una mano.

Mia se acercó.

—Adrian…

Él la miró.

Luego miró el collar.

Por primera vez aquella noche, no había ternura en sus ojos.

—Quítatelo.

Mia quedó helada.

—¿Qué?

—El collar.

—Pero dijiste que era mío.

Adrian cerró los ojos.

—Mia, quítatelo.

Ella entendió entonces algo demasiado tarde.

Había creído que estaba reemplazando a Clara.

En realidad, solo había ayudado a revelar quién era Adrian.

A la mañana siguiente, la junta suspendió a Adrian mientras revisaba los gastos cuestionados.

Mia fue apartada de sus funciones durante la investigación interna.

Y Clara entró por primera vez a la sala del consejo no como “la esposa de Adrian Lancaster”.

Entró como accionista y nueva directora ejecutiva adjunta.

Antes de comenzar la reunión, su teléfono vibró.

Era Adrian.

“Podemos arreglar nuestro matrimonio.”

Clara leyó el mensaje.

Después abrió la fotografía que Mia le había enviado la noche anterior.

La misma foto destinada a humillarla.

La guardó junto con el resto de la documentación.

Y bloqueó el número de su esposo.

Porque Mia había tenido razón en una sola cosa:

Clara no debía pasar aquella noche esperando sola en casa.

Debía estar exactamente donde terminó.

En la mesa donde se decidía el futuro del imperio que ella también había ayudado a construir.

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