PARTE 2: La Mujer Que Nunca Conocieron

Mariana permaneció inmóvil.

El teléfono seguía iluminando la habitación.

Una tras otra aparecían las respuestas en el grupo.

Emojis riéndose.

Mensajes burlones.

Nadie parecía darse cuenta de que ella seguía dentro del chat.

Respiró hondo.

No escribió una sola palabra.

Solo empezó a hacer capturas de pantalla.

Una.

Dos.

Diez.

Treinta.

Cada mensaje quedaba guardado.

Cada comentario.

Cada burla.

Cada amenaza.

Cuando terminó, envió toda la conversación a una persona.

Dra. Adriana Fuentes.

Segundos después recibió una respuesta.

“Recibido. No borres nada.”

Mariana dejó el teléfono sobre la cama.

Las lágrimas no salían.

Ya no quedaban.

Media hora después escuchó la puerta principal.

Sebastián regresaba.

Venía hablando por teléfono.

—No te preocupes, Renata.

Mañana todo estará solucionado.

Entró al dormitorio sin notar que Mariana seguía despierta.

Abrió el armario.

Sacó una maleta.

Empezó a meter ropa de ella.

Como si estuviera guardando objetos viejos.

—¿Qué haces?

Preguntó Mariana con una calma que lo desconcertó.

Él ni siquiera dejó de doblar las prendas.

—Te vas.

—¿A dónde?

—Con tu madre.

Necesitas descansar.

Su tono era tan frío que parecía estar hablando con una desconocida.

Mariana lo observó unos segundos.

Después preguntó:

—¿Quién compró este departamento?

Sebastián soltó una risa.

—¿Ahora vienes con eso?

Ella insistió.

—Respóndeme.

Él cerró la maleta de un golpe.

—Los dos.

Mariana negó lentamente.

—No.

Abrió el cajón de su buró.

Sacó una carpeta azul.

La dejó sobre la cama.

—Léelo.

Sebastián frunció el ceño.

Abrió la primera hoja.

Su expresión cambió de inmediato.

Era la escritura del departamento.

Única propietaria:

Mariana Salcedo Ortega.

Él levantó la vista.

—¿Qué significa esto?

—Que esta nunca fue tu casa.

El silencio llenó la habitación.

Mariana abrió otra carpeta.

Después otra.

Una tras otra.

Escrituras.

Estados financieros.

Actas notariales.

Participaciones empresariales.

Sebastián comenzó a sudar.

—¿Qué es todo esto?

Mariana lo miró por primera vez sin miedo.

—Mientras tú estudiabas la especialidad…

Mi padre financió el hospital donde empezaste.

Mientras tú hacías congresos…

Mi familia compró acciones del grupo médico.

Mientras presumías el crecimiento del Hospital San Jerónimo…

Nosotros invertíamos para evitar que quebrara.

Él permanecía inmóvil.

Incapaz de procesarlo.

—Eso…

Eso no puede ser.

Ella tomó el último documento.

Se lo entregó.

Era el organigrama del grupo hospitalario.

En la parte superior aparecía un nombre.

Fundación Salcedo.

Debajo…

Consejo Directivo.

Y al final de la página…

Presidenta: Mariana Salcedo Ortega.

Sebastián sintió que el aire le faltaba.

—Tú…

Ella asintió.

—Sí.

Nunca necesité que supieras quién era.

Quería que me quisieras sin importar mi apellido.

Hubo un largo silencio.

Después Mariana señaló la puerta.

—Ahora entiendo que el error fue mío.

Él intentó acercarse.

—Mariana…

Déjame explicarte.

Ella levantó la mano.

—No.

Ya hablaste demasiado.

Tomó nuevamente el teléfono.

Abrió el grupo de WhatsApp.

Lo puso frente a él.

—Esto…

No fue una broma.

Luego mostró la historia de Instagram.

Después las llamadas ignoradas desde urgencias.

Finalmente levantó la mirada.

—Y mientras yo estaba perdiendo a nuestro hijo…

Tú estabas brindando.

Sebastián bajó la cabeza.

Por primera vez no encontró ninguna excusa.

Entonces sonó el timbre.

Tres golpes secos.

Mariana caminó lentamente hasta la puerta.

Al abrir encontró a tres personas.

La primera era Adriana Fuentes.

La segunda, un notario.

Y la tercera, el presidente del consejo del Hospital San Jerónimo.

El hombre miró directamente a Sebastián.

Su voz fue completamente serena.

—Doctor Arriaga.

Necesitamos hablar con usted sobre varias denuncias que hemos recibido esta noche.

Y también…

Miró a Mariana con respeto.

—Sobre una decisión urgente que la presidenta del grupo desea comunicar al consejo.

Sebastián sintió que las piernas le fallaban.

Porque acababa de descubrir que la mujer a la que había tratado como si dependiera de él…

Era, en realidad, la persona que podía decidir el futuro de toda su carrera.

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