Cuando Clara despertó, habían pasado nueve horas.
Lo primero que vio fue a Adrian dormido en una silla junto a su cama.
Tenía la camisa arrugada, los ojos hinchados y el teléfono todavía apretado entre los dedos.
Clara lo observó unos segundos.
Antes, aquella imagen habría bastado para ablandarla.
Ahora solo pensó:
Llegaste tarde otra vez.
Adrian despertó de golpe.
—Clara.
Se acercó inmediatamente.
—Dios… pensé que iba a perderte.
Ella apartó suavemente la mano cuando intentó tocarla.
—¿Maya está bien?
La pregunta lo desconcertó.
—¿Qué?
—Su mano. Dijiste que se había quemado.
Adrian bajó los ojos.
—Era una quemadura leve.
Clara sonrió.
Una quemadura leve.
Por eso había dejado sola a su esposa hospitalizada.
—Me alegro.
—Clara, yo no sabía que tú…
Se detuvo.
Ella lo miró.
—¿Que yo qué?
Adrian sacó un informe médico.
Tenía las manos temblando.
—El médico me contó lo del embarazo.
Silencio.
—Nuestro bebé…
Su voz se quebró.
—¿Por qué no me dijiste que estabas embarazada?
Clara tardó varios segundos en responder.
—Iba a decírtelo en la montaña.
Adrian cerró los ojos.
Y entonces recordó.
El pequeño regalo que Clara protegía dentro de su bolso.
Su sonrisa nerviosa durante la cena.
La forma en que había insistido en que esperara antes de marcharse.
Pero Maya llamó.
Y él se fue.
—Clara…
—No importa.
—¡Claro que importa!
Por primera vez, Adrian levantó la voz.
—¡Era mi hijo!
Clara lo miró sin expresión.
—Exactamente.
Aquellas dos palabras lo dejaron inmóvil.
—También era tu hijo.
—Y aun así, cuando tu teléfono sonó, elegiste irte sin saber qué intentaba decirte tu esposa.
Adrian palideció.
—No sabía…
—Ese siempre ha sido tu argumento.
Clara giró el rostro hacia la ventana.
—Nunca sabías que me dolía.
—Nunca sabías que estaba cansada.
—Nunca sabías cuánto te esperaba.
—Nunca sabías cuándo Maya estaba destruyendo nuestro matrimonio.
Hizo una pausa.
—Y nunca supiste que ibas a ser padre.
Adrian cayó lentamente en la silla.
—Dame otra oportunidad.
Clara abrió el cajón de la mesita.
Sacó un sobre.
Lo colocó delante de él.
Adrian lo abrió.
Solicitud de divorcio.
Su rostro perdió todo color.
—No.
—Ya está presentada.
—No voy a firmar.
—Entonces lo resolverán los abogados.
Adrian rompió los documentos.
Clara ni siquiera parpadeó.
—Hay copias.
Él la miró desesperado.
—Cinco años, Clara. ¿Vas a tirar cinco años por una noche?
Ella finalmente lo miró directamente.
—No me divorcio por una noche.
—Me divorcio por cinco años.
Adrian dejó de hablar.
Tres días después, Clara salió del hospital.
Adrian había preparado la casa.
Flores.
Comida.
Una enfermera privada.
Incluso había quitado todas las fotografías relacionadas con Maya.
Pero Clara nunca regresó.
Su hermano Daniel la esperaba frente al hospital.
Adrian llegó cuando estaban guardando la última maleta.
—¿Dónde vas?
—A casa de mi hermano.
—Nuestra casa está preparada para ti.
Clara negó lentamente.
—Esa dejó de ser mi casa cuando entendí que siempre podía aparecer una llamada más importante que yo.
Entonces apareció Maya.
Corrió hacia Adrian.
—Profesor Cole…
Clara vio cómo Adrian retrocedía.
Por primera vez.
Maya se quedó desconcertada.
—Solo quería saber cómo estaba Clara.
—No vuelvas a llamarme —respondió Adrian.
Maya palideció.
—¿Por qué?
Adrian miró a Clara.
Como si esperara que aquella demostración significara algo.
Pero Clara únicamente abrió la puerta del automóvil.
—Clara, espera.
Adrian corrió hacia ella.
—La sacaré de mi vida.
Clara se detuvo.
—Ese era tu problema, Adrian.
Él guardó silencio.
—Siempre pensaste que yo necesitaba que eligieras entre Maya y yo.
Clara sonrió con tristeza.
—Ya no.
Subió al automóvil.
—Ahora soy yo quien no te elige a ti.
La puerta se cerró.
Durante los meses siguientes, Adrian hizo todo lo que Clara había esperado durante cinco años.
Dejó de responder las llamadas de Maya.
Llegaba temprano.
Mandaba flores.
Esperaba fuera de su trabajo.
Recordaba fechas.
Preguntaba si había comido.
Pero ya no servía.
Porque algunas personas empiezan a valorar algo únicamente después de perder el derecho a conservarlo.
Seis meses después, el divorcio quedó firmado.
Adrian permaneció frente al tribunal con los documentos en la mano.
—¿De verdad no queda nada?
Clara pensó en la mujer que había sido.
La que esperaba despierta.
La que rogaba.
La que creyó que amar suficiente podía conseguir que alguien finalmente la eligiera.
Después negó con la cabeza.
—Sí queda algo.
Adrian levantó los ojos con esperanza.
Clara tocó la pequeña cicatriz que todavía llevaba en la muñeca desde aquella noche en la montaña.
—La lección.
Y se marchó.
Adrian permaneció allí viendo cómo desaparecía entre la gente.
Había pasado cinco años pidiendo una esposa que no reclamara, no preguntara y no exigiera ser elegida.

Al final consiguió exactamente lo que quería.
Clara dejó de reclamar.
Dejó de preguntar.
Y, finalmente…
dejó de quererlo.