PARTE 2: La Cinta

Roberto se quedó inmóvil.

La cinta seguía entre sus manos.

El corazón le golpeaba tan fuerte que apenas escuchaba su propia respiración.

La voz volvió a sonar desde el pasillo.

—Déjala donde estaba.

Roberto reconoció aquella forma de hablar incluso antes de girarse.

Era Héctor Salinas.

El antiguo vecino.

El hombre que, diez años atrás, había acompañado a la policía a revisar la casa cuando Marina desapareció.

El mismo que siempre decía:

—Hay que aceptar la voluntad de Dios.

Héctor avanzó despacio hasta la puerta del cuarto.

Traía el cabello completamente canoso y un sobre de papel bajo el brazo.

Al ver la tabla levantada, cerró los ojos un instante.

—No pensé que la encontrarías.

Roberto apretó la cinta.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

Héctor bajó la mirada.

—Porque yo ayudé a esconderla.

Las palabras cayeron como un trueno.

—¿Qué dices?

—Escúchame antes de hacer cualquier cosa.

Roberto dio un paso al frente.

—¡Diez años!

Su voz se quebró.

—¡Diez años buscando a mi hija!

Héctor levantó lentamente las manos.

—Y yo cargando esta culpa todos los días.

El silencio llenó la habitación.

Desde la sala se escuchó la voz apagada de Clara preguntando quién había llegado.

Roberto no respondió.

No podía.

Toda su atención estaba puesta en aquel hombre.

Héctor respiró profundamente.

—La semana después de que Marina desapareció, encontré esta cinta debajo de la cama mientras ayudaba a mover unos muebles.

Pensé que la policía regresaría por más pruebas.

Pero cerraron el cuarto.

Nadie volvió.

—¿Y por qué no me la diste?

La respuesta tardó en salir.

—Porque alguien me convenció de que no debía hacerlo.

Roberto sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Héctor no respondió enseguida.

Abrió el sobre que llevaba consigo.

Dentro había una vieja fotografía.

Mostraba la calle donde vivían.

Se veía a varios vecinos reunidos.

Y, al fondo, estacionada junto a la banqueta, una camioneta blanca.

La misma de la que tanto se habló durante la investigación.

Pero había un detalle que nadie había visto entonces.

En el reflejo de una ventana aparecía claramente una persona observando desde el interior de la casa de enfrente.

Roberto tomó la fotografía.

—¿Quién es?

Héctor señaló el reflejo.

—El hombre que convenció a todos de que no habíamos visto nada.

Antes de que Roberto pudiera preguntar un nombre, Clara apareció lentamente en la puerta del cuarto.

Llevaba en las manos un viejo suéter de Marina.

Miró la cinta.

Después la fotografía.

Y finalmente a Héctor.

Su voz, casi perdida durante años de silencio, salió apenas como un susurro.

—¿Todavía… sigue vivo?

Héctor asintió muy despacio.

Roberto sintió que el tiempo volvía a detenerse.

Bajó la vista hacia el casete.

En la etiqueta escrita con letra infantil seguían leyéndose las palabras:

“Para papá, si no vuelvo.”

Con manos temblorosas buscó en el clóset la antigua grabadora que Marina usaba para grabar canciones.

Todavía estaba allí.

Cubierta de polvo.

La conectó.

Introdujo la cinta.

Durante unos segundos solo se escuchó el ruido del mecanismo.

Luego…

La voz de Marina llenó el cuarto.

—Hola, papá.

Roberto cerró los ojos al instante.

Clara llevó ambas manos a la boca.

—Si estás escuchando esto…

…es porque encontraste mi escondite.

La cinta hizo una pequeña pausa.

Después la niña continuó:

—No sé si hice bien, pero quería acordarme de una cosa importante.

Hoy vi una camioneta blanca parada otra vez en la esquina.

Y escuché a un señor decirle a otro que no le contara a nadie lo que había pasado.

No entendí por qué hablaban tan bajito.

Pero me dio miedo.

Entonces decidí grabarlo para que tú lo escucharas si algún día hacía falta.

El casete volvió a llenarse de un ruido de pasos.

Después comenzaron a escucharse voces lejanas.

Adultos conversando.

Una de ellas resultaba inquietantemente familiar.

Roberto levantó lentamente la mirada hacia Héctor.

Él estaba completamente pálido.

Porque ambos reconocieron esa voz al mismo tiempo.

Y comprendieron que el caso nunca estuvo tan cerrado como todos les hicieron creer.

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