PARTE 2: LA MUJER QUE SUBESTIMÓ

Setenta y dos horas después, Ricardo dejó de reír.

A las ocho de la mañana del tercer día, entró en las oficinas de Montiel Desarrollo dispuesto a cerrar la financiación definitiva de Corredor Norte.

Camila Santillán estaba sentada a su lado.

Su padre había enviado representantes.

Beatriz incluso había encargado champán.

Entonces sonó el teléfono del director financiero.

Su rostro cambió.

—Ricardo… el banco suspendió temporalmente nuestras líneas de crédito.

—¿Qué?

—También congelaron el desembolso de Corredor Norte. Solicitaron una revisión extraordinaria de garantías, avalúos y operaciones relacionadas.

Ricardo se levantó.

—¿Quién ordenó eso?

Antes de recibir respuesta, llegó otro correo.

Después otro.

Dos inversionistas exigían aclaraciones.

Una aseguradora suspendía la emisión de nuevas garantías.

Y uno de los terrenos presentados como respaldo del proyecto aparecía vinculado a una operación que no coincidía con el valor declarado.

Camila dejó lentamente su teléfono sobre la mesa.

—Ricardo, ¿qué está pasando?

—Nada. Algún competidor está intentando presionarnos.

Pero entonces entró Javier Soto.

El mismo abogado que había supervisado mi divorcio.

Estaba pálido.

—Tenemos un problema mayor.

Colocó varios documentos sobre la mesa.

La revisión había encontrado pagos a consultoras sin actividad comprobable, movimientos entre empresas relacionadas y comunicaciones vinculadas a permisos de Corredor Norte.

El apellido Santillán aparecía cerca de algunas operaciones.

Camila se puso de pie.

—¿Metiste a mi familia en esto?

—¡No hice nada!

Su teléfono sonó.

Era el banco.

Ricardo contestó furioso.

—Quiero saber quién solicitó esta revisión.

Hubo una pausa.

Y entonces escuchó el nombre.

Elena Arriaga Torres.

No dijo nada.

—¿Quién? —preguntó Beatriz.

Ricardo seguía sosteniendo el teléfono.

—Elena.

Su madre soltó una risa nerviosa.

—¿Nuestra Elena?

Javier negó lentamente.

—No exactamente.

Sacó su computadora.

En la pantalla apareció el perfil corporativo de Arriaga Capital.

Mi fotografía estaba allí.

Mi nombre completo también.

Elena Arriaga Torres.

Miembro del consejo.

Especialista en cumplimiento corporativo y supervisión de inversiones.

Y debajo aparecía el detalle que terminó de destruir la expresión de Ricardo:

Arriaga Capital participaba en el fondo que había respaldado parte de la expansión de Montiel Desarrollo.

Durante tres años, Ricardo había presumido delante de mí de negocios financiados indirectamente con capital cuya estructura yo conocía mejor que él.

—Esto es una venganza —murmuró.

Javier lo corrigió.

—No. Y precisamente por eso estamos en problemas.

Me había limitado a ordenar una revisión.

No había inventado documentos.

No había bloqueado cuentas personalmente.

No había acusado a nadie públicamente.

Solo había abierto una puerta.

Lo que apareció detrás pertenecía a Ricardo.

Esa tarde nos encontramos nuevamente.

Esta vez no fue en su mansión.

Fue en una sala de juntas de Arriaga Capital.

Ricardo entró solo.

Yo estaba junto a la ventana, con la pulsera de mi madre en la muñeca.

—Detén esto —dijo.

Me volví.

—¿Detener qué?

—La auditoría.

—Si tus operaciones son legales, no tienes nada que temer.

Apretó la mandíbula.

—Quieres destruirme porque me divorcié de ti.

—No, Ricardo.

Dejé una carpeta frente a él.

—Tú pediste el divorcio.

—Tú me echaste.

—Tú elegiste tus operaciones.

—Yo solamente dejé de protegerte de las consecuencias.

Por primera vez pareció comprender algo.

Durante nuestro matrimonio yo había detectado errores, advertido riesgos y corregido discretamente documentos porque creía que estaba protegiendo nuestro futuro.

Él había interpretado mi ayuda como obediencia.

—Podemos arreglarlo —dijo—. Camila no significa nada.

Casi sonreí.

Tres días antes iba a convertirse en la mujer que estaba “a su altura”.

Ahora ya no significaba nada.

—No vine a recuperar mi matrimonio.

Empujé la carpeta hacia él.

Era una copia del convenio de divorcio.

—Vine a darte las gracias.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque aquella noche me obligaste a recordar quién era antes de convertirme en tu esposa.

Me dirigí hacia la puerta.

Ricardo habló detrás de mí.

—Elena.

Me detuve.

—Dijiste que nunca durarías sin mí —continuó, como si de pronto recordara sus propias palabras.

Lo miré una última vez.

—No.

—Tú dijiste que yo no duraría una semana sin tu dinero.

Abrí la puerta.

—Todavía no ha pasado una semana, Ricardo.

—Y el que está intentando sobrevivir eres tú.

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