PARTE 2: EL CONTRATO NO ERA DE DIVORCIO

La palabra desapareció antes de que pudiera terminar de leerla.

“Operación”.

Me quedé mirando el espacio vacío sobre el escritorio.

Durante varios segundos no pude moverme.

Chloe chasqueó los dedos frente a mí.

—Serena.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Llevas un minuto mirando la pared.

—Estoy pensando.

—Eso parece peligroso.

No respondí.

Tomé el teléfono.

Había tres mensajes de Nathan.

“¿Terminaste la consulta?”

“¿Qué dijo el cardiólogo?”

Y el último:

“Voy por ti.”

Lo miré fijamente.

Por primera vez desde que habían aparecido aquellos comentarios, algo no encajaba.

Si Nathan estaba esperando a Evelyn para divorciarse de mí…

¿por qué estaba preparando una transferencia de acciones?

¿Y qué operación?

No tuve tiempo de decidir nada.

Veinte minutos después, la puerta del estudio se abrió.

Nathan entró.

No llevaba chaqueta.

La corbata estaba floja y su cabello, normalmente perfecto, tenía el aspecto de haber sido peinado varias veces con los dedos.

Nunca lo había visto llegar así a ninguna parte.

Caminó directamente hacia mí.

—Dame el informe.

—Hola a ti también.

Extendió la mano.

—Serena.

—No tengo resultados todavía.

Su mandíbula se relajó apenas.

—¿Qué síntomas tienes?

—Palpitaciones.

—¿Desde cuándo?

—Meses.

Se quedó inmóvil.

—¿Meses?

—Sí.

—¿Y no me lo dijiste?

Aquello me hizo reír.

Nathan frunció el ceño.

—¿Qué tiene de gracioso?

—Nada.

Me levanté.

—Solo estaba pensando que es curioso que ahora te moleste que yo oculte algo.

Su expresión cambió.

—¿Qué quieres decir?

Lo miré directamente.

—¿Qué contrato está preparando tu abogado?

Silencio.

La reacción fue tan clara que mi corazón se hundió.

—Entonces existe.

Nathan miró a Chloe.

Ella levantó ambas manos.

—Yo desaparezco.

Recogió su bolso y salió.

Cuando la puerta se cerró, Nathan habló.

—¿Quién te dijo lo del contrato?

—¿Es para divorciarte?

—No.

Respondió tan rápido que casi me sorprendió.

—Entonces ¿para qué?

Él no contestó.

—Nathan.

—No importa.

—Perfecto.

Tomé mi bolso.

—Entonces tampoco importa dónde voy esta noche.

Caminé hacia la puerta.

Nathan me sujetó suavemente de la muñeca.

—No te vayas.

Me detuve.

Aquellas tres palabras hicieron más por detenerme que tres años de silencio.

—Dime la verdad.

Su mano cayó.

Por primera vez vi algo parecido al miedo en sus ojos.

—Tengo que operarme.

El aire desapareció de la habitación.

—¿Qué?

—Encontraron una anomalía durante un chequeo rutinario.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro meses.

—¿Cuatro meses?

Mi voz se elevó.

Nathan continuó con una calma que solo consiguió enfurecerme más.

—El procedimiento está programado para dentro de tres semanas.

—¿Y pensabas decírmelo cuándo?

Silencio.

—Nathan.

—Después.

Me quedé mirándolo.

—¿Después de la operación?

Asintió.

—¿Y si algo salía mal?

No respondió.

Ahí lo entendí.

El contrato.

Las acciones.

Los abogados.

Todo.

—¿Por eso quieres transferirme parte de la empresa?

—Sí.

—¿Cuánto?

—La mitad de mis acciones personales.

Casi me faltó el aire.

—¿Estás loco?

—No.

—¿Y eso es todo? ¿Me dejas medio imperio y después desapareces sin explicaciones?

—No planeo desaparecer.

—Entonces ¿por qué actúas como si estuvieras preparando mi vida para cuando tú no estés?

Nathan bajó la mirada.

Nunca hacía eso.

—Porque quiero asegurarme.

Sentí que la rabia y el miedo se mezclaban dentro de mí.

—No necesito tus acciones.

—Serena.

—Necesito que mi esposo me diga que tiene miedo.

Él levantó lentamente los ojos.

Silencio.

—¿Tienes miedo?

Su garganta se movió.

—Sí.

Fue la primera vez en tres años que Nathan Chen dijo esa palabra delante de mí.

No “estoy preocupado”.

No “hay riesgos”.

Miedo.

Me senté.

Él también.

Durante un momento no hablamos.

Después hice la pregunta que llevaba años evitando.

—¿Y Evelyn?

Nathan frunció el ceño.

—¿Qué pasa con Evelyn?

—¿La amas?

Pareció sinceramente confundido.

—¿Qué?

—Tu primer amor.

Su expresión fue tan desconcertada que sentí vergüenza incluso antes de escuchar la respuesta.

—Evelyn nunca fue mi primer amor.

—Salieron juntos.

—Durante tres meses cuando teníamos veinte años.

—Todo el mundo dice…

—Todo el mundo habla demasiado.

Me quedé inmóvil.

—Entonces ¿por qué regresó justo ahora?

Nathan suspiró.

—Porque es cardióloga intervencionista.

Mi cerebro tardó dos segundos en conectar todo.

La carpeta médica.

El hospital.

La conversación.

—¿Ella está involucrada en tu operación?

—Sí.

—¿Y la cena?

—Era una bienvenida del hospital. Había doce personas.

Recordé la fotografía.

Más de diez personas.

Evelyn ni siquiera estaba sentada junto a él.

Sentí una punzada de humillación.

Los comentarios flotantes habían contado una historia.

Y yo había llenado cada hueco con mis inseguridades.

Pero todavía había una cosa.

La más dolorosa.

—Entonces dime por qué nunca me buscas.

Nathan quedó completamente quieto.

—¿Qué?

—En la cama.

Su rostro cambió.

Por primera vez el hombre más controlado que conocía parecía querer escapar de una conversación.

—Serena…

—Tres años.

—Lo sé.

—Siempre empiezo yo.

—Sí.

—Nunca me rechazas, pero tampoco tomas la iniciativa.

Nathan se pasó una mano por el rostro.

—Pensé que eso era lo que querías.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Tu madre me habló antes de la boda.

Sentí un mal presentimiento.

—¿Qué dijo?

—Que habías tenido una mala experiencia con alguien antes de conocerme. Que odiabas sentirte presionada. Que si algún día querías intimidad, sería mejor dejar que tú marcaras el ritmo.

Mi boca se abrió.

—Eso ocurrió cuando tenía dieciocho años.

Nathan se quedó inmóvil.

—Ella no mencionó eso.

—Fue una relación de dos meses.

Su expresión comenzó a cambiar.

—Dijo que todavía te afectaba.

—Nathan, mi madre cree que todos los hombres son potencialmente insoportables.

—Lo sé ahora.

—¿Entonces llevas tres años esperando que yo empiece porque pensabas que estabas respetando mis límites?

Asintió.

Lo miré.

Él me miró.

Y de pronto me eché a reír.

No pude evitarlo.

Nathan frunció el ceño.

—No tiene gracia.

—Un poco sí.

—Serena.

—Tres años.

—Precisamente por eso no tiene gracia.

Me tapé la boca.

—Yo pensaba que no me deseabas.

Su expresión se volvió extraña.

—¿En serio?

—Sí.

Nathan se inclinó hacia mí.

—He pasado tres años duchándome con agua fría.

Dejé de reír.

Él parecía completamente serio.

Entonces los comentarios aparecieron otra vez.

“JAJAJA.”

“EL HÉROE FRÍO ERA UN IDIOTA RESPETUOSO.”

“LA LUZ DE LUNA BLANCA NI SIQUIERA QUIERE AL PROTAGONISTA.”

“¿QUIÉN ESCRIBIÓ ESTA TRAMA?”

Tuve que mirar hacia otro lado para no volver a reír.

Nathan me observó.

—Otra vez haces eso.

—¿Qué cosa?

—Miras al vacío.

—Nada.

Se inclinó más.

—Serena.

—¿Sí?

—¿Todavía piensas dejar de acercarte a mí?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—Depende.

—¿De qué?

Lo miré.

—De si sobrevivimos primero a tu operación.

Su expresión se suavizó.

—Voy a intentarlo.

Negué.

—No.

Tomé su mano.

—Vamos a intentarlo.


Evelyn vino a verme al día siguiente.

Sola.

Entró al estudio con café para ambas.

—Nathan me contó que finalmente confesó.

—¿Tú sabías que me lo ocultaba?

—Le dije unas cuarenta veces que era una estupidez.

Sonreí.

—¿Cuarenta?

—Estoy siendo generosa.

Se sentó frente a mí.

—Serena, el procedimiento tiene riesgos, pero también buenas posibilidades. Lo peor que podía hacer era tratarte como si no tuvieras derecho a estar asustada con él.

—Eso mismo le dije.

Evelyn sonrió.

—Bien. Entonces quizá logres que madure.

La miré unos segundos.

—¿Puedo hacerte una pregunta incómoda?

—Claro.

—¿Alguna vez quisiste volver con él?

Se echó a reír.

No una risita educada.

Una carcajada.

—¿Nathan?

—Sí.

—Dios, no.

Sentí que mis mejillas ardían.

—Perdón.

—No te disculpes. La familia Chen lleva años inventando una tragedia romántica que jamás existió.

—¿Entonces fueron novios?

—Tres meses.

—¿Y por qué terminaron?

Evelyn bebió café.

—Porque él me acompañó a comprar zapatos y tomó notas sobre cuáles eran más cómodos para recomendarme otros después.

Parpadeé.

—¿Ese fue el problema?

—Serena, tenía veinte años. Yo quería drama.

Sonrió.

—Nathan parecía un esposo de cincuenta.

Eso sí sonaba como él.

—¿Y ahora?

—Ahora sigue pareciendo un esposo de cincuenta.

Ambas nos reímos.

Después Evelyn se puso seria.

—Pero nunca te ha sido indiferente.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque durante tres años he escuchado “Serena esto, Serena aquello”.

—Nathan casi no habla.

—Exactamente. Imagínate mi sufrimiento.


El contrato llegó una semana después.

Nathan puso los documentos frente a mí.

—Firma.

—No.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque no quiero la mitad de tus acciones como compensación por tu miedo.

—No es compensación.

—Entonces haz un plan razonable.

Cerré la carpeta.

—Un testamento. Un fideicomiso. Lo que aconsejen los profesionales.

—Serena…

—Pero no me entregues medio imperio como si eso sustituyera hablar conmigo.

Nathan guardó silencio.

—¿Qué quieres entonces?

—Información.

—¿Información?

—Cada consulta.

Cada resultado.

Cada decisión.

Me incliné hacia él.

—Y si tienes miedo, me lo dices.

—No soy bueno hablando.

—Aprende.

—Eso puede tardar.

—Tengo paciencia.

Entonces añadí:

—Hasta cierto punto.

Nathan sonrió.

—Eso sí lo sé.


Volví a trabajar en mi marca.

No porque estuviera dejando mi matrimonio.

Porque finalmente entendí que amar a Nathan no significaba abandonar todo lo que había sido antes de él.

Dos semanas después presentamos mi primera colección nueva en años.

Nathan apareció en primera fila.

No debía estar allí.

Su operación era al día siguiente.

Me acerqué furiosa.

—Deberías descansar.

—Estoy sentado.

—En casa.

—Aquí también hay sillas.

—Nathan.

Me entregó una pequeña caja.

Dentro estaba uno de los primeros bocetos que yo había hecho antes de casarnos.

Enmarcado.

—¿Dónde encontraste esto?

—Lo guardé.

—¿Por qué?

Su respuesta fue sencilla.

—Me gustaba.

—Eso tiene diez años.

—Lo sé.

Recordé entonces algo que Evelyn había dicho.

Nathan guardaba fotografías de mis colecciones.

Había seguido mi carrera incluso cuando yo misma había dejado de hacerlo.

A veces su amor era tan silencioso que parecía inexistente.

Ese había sido nuestro problema.

No que no estuviera allí.

Sino que había pasado demasiado tiempo escondido detrás de actos que ninguno de los dos traducía.


La operación salió bien.

La recuperación fue lenta.

Una noche, semanas después, yo estaba leyendo en la cama cuando Nathan me quitó el libro de las manos.

—¿Qué haces?

—Probando algo.

—¿Qué?

Se inclinó hacia mí.

—Iniciativa.

Levanté una ceja.

—¿Después de tres años?

—Estoy aprendiendo.

Los comentarios aparecieron de inmediato.

“EVENTO HISTÓRICO.”

“ALGUIEN GUARDE LA FECHA.”

Me eché a reír.

Nathan suspiró.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Nada.

Lo abracé.

—Continúa.

Y por primera vez en tres años, él fue quien cerró la distancia.


Meses después, los comentarios volvieron una última vez.

“Esta no era la historia original.”

“Se suponía que ella terminaba sola.”

“¿Por qué el protagonista no se fue con Evelyn?”

Miré alrededor.

Nathan dormía en el sofá con una manta sobre las piernas.

En la mesa había informes médicos favorables.

Al lado, bocetos de mi nueva colección.

Mi empresa crecía otra vez.

Mi matrimonio también.

La siguiente línea apareció:

“¿Quién cambió el final?”

Sonreí.

Quizá nadie.

Quizá nunca hubo un final escrito.

Solo personas demasiado orgullosas, demasiado asustadas y demasiado acostumbradas a interpretar silencios.

Me acerqué al sofá.

Nathan abrió un ojo.

—¿Por qué me miras?

—Porque eres bastante guapo.

—Lo sé.

Solté una carcajada.

—¿Y modesto?

—También.

Me tomó de la mano y tiró suavemente de mí hasta sentarme junto a él.

Los comentarios comenzaron a desaparecer.

Uno.

Dos.

Todos.

Entonces entendí algo.

Durante tres años creí que Nathan no se acercaba porque estaba esperando a otra mujer.

En realidad, ambos habíamos estado esperando lo mismo:

que el otro adivinara lo que nunca nos atrevíamos a decir.

Y cuando finalmente dejamos de adivinar…

la historia cambió sola.

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