Cuarenta minutos después, tres vehículos negros se detuvieron frente a la mansión.
Mi padre bajó del primero.
Arthur Vance no me preguntó qué había ocurrido. Miró mi vestido gastado, mis ojos hinchados y la casa que Julian presumía como símbolo de su éxito.
—¿Cuánto de lo que tiene ese hombre salió de ti?
Tragué saliva.
—Más de lo que debería.
Mi padre sacó su teléfono.
—Entonces recuperémoslo.
Lo que Julian nunca supo era que su empresa había sobrevivido los últimos tres años gracias a inversiones realizadas mediante sociedades vinculadas al Grupo Vance.
Yo había convencido a papá de apoyarlo en secreto.
Quería que Julian triunfara por sí mismo.
Ahora ya no tenía motivos para protegerlo.
—Retira nuestro respaldo —dije.
Mi padre me sostuvo la mirada.
—¿Estás segura?
Pensé en Chloe usando aquel collar.
En Julian diciéndome que yo lo avergonzaba.
—Completamente.
A las once de la noche comenzaron las llamadas.
En plena gala, Julian recibió la primera.
Un inversor cancelaba una línea de financiación.
Después llegó otra.
Y otra.
Dos socios suspendieron negociaciones.
El banco exigió revisar garantías.
Finalmente, el presidente del consejo recibió un mensaje que hizo detener la música.
Arthur Vance acababa de llegar.
Entré al salón del brazo de mi padre.
Seguía usando mi viejo vestido azul.
No necesitaba otro.
Esta vez nadie miraba las mangas gastadas.
Miraban al multimillonario que caminaba junto a mí.
Chloe palideció.
Julian parecía incapaz de respirar.
—Clarissa… ¿qué haces aquí?
Mi padre respondió por mí.
—Acompañando a mi hija.
El salón quedó en silencio.
—¿Hija? —susurró Chloe.
Arthur sonrió.
—Clarissa Vance. Mi única hija y heredera.
Julian dejó caer su copa.
Me acerqué.
—Tenías razón, Julian. Esta gala estaba llena de gente importante.
Miré a Chloe.
—Solo te equivocaste sobre quién era la persona más insignificante de nuestra casa.
Julian intentó tomarme del brazo.
—Clarissa, podemos hablar.
Retrocedí.
—Durante tres años pudiste hablar conmigo.
Mi padre dejó una carpeta sobre la mesa.
—Y mañana podrá hablar con sus abogados.
Julian abrió la primera página.
Su rostro perdió todo color.
Eran los documentos que demostraban cuánto dependía su imperio del capital Vance.
—No puedes hacerme esto —murmuró.
Lo miré tranquilamente.
—Yo no destruí tu empresa.
Hice una pausa.
—Simplemente dejé de sostenerla.
A las cinco de la mañana, las acciones de emergencia estaban activadas, varios socios habían congelado acuerdos y el consejo convocaba una reunión extraordinaria.
Julian llevaba horas llamándome.
No respondí.
Cuando salió el sol, yo ya estaba en el automóvil de mi padre.

—¿A casa? —preguntó.
Miré por última vez la mansión.
—A casa.
Esta vez sabía exactamente dónde estaba.