Cuando llegamos al apartamento, Adrian cerró la puerta.
—Elena, fueron solo unos meses.
Dejé una carpeta sobre la mesa.
—No estoy aquí para discutir la casa.
Su expresión cambió.
Dentro estaban la copia de la firma falsificada, mi solicitud de traslado y los documentos de separación.
—¿Qué es esto?
—Las cuentas que dijimos que ajustaríamos.
Adrian tomó los papeles.
—¿Separación?
—Mañana dejo la farmacia militar. Acepté un puesto en otra ciudad.
Por primera vez perdió la calma.
—¿Vas a destruir tres años de matrimonio por una vivienda?
Lo miré.
—No. Tú pusiste a Clara por encima de mí y después utilizaste mi nombre para hacerlo parecer voluntario.
—Solo intentaba ayudarla.
—Entonces debiste darle algo tuyo.
Silencio.
—No tenías derecho a regalar algo que también era mío.
Adrian intentó acercarse.
Retrocedí.
—Elena, puedo cancelar la transferencia.
—Ya no quiero la casa.
Aquello pareció dolerle más.
—¿Qué quieres entonces?
Me quité el anillo.
—Mi nombre de vuelta.
Lo dejé sobre la mesa.
A la mañana siguiente, el departamento disciplinario recibió mi informe junto con la copia del documento.
Adrian creyó que podría resolverlo discretamente.
Se equivocó.
Falsificar la firma de su esposa en un trámite oficial no era una discusión matrimonial.
Era un asunto administrativo serio.
Collins terminó admitiendo que Adrian había llevado personalmente el documento.
Y Clara reconoció que sabía que yo nunca había aceptado cederle la vivienda.
La asignación fue anulada.
Clara tuvo que abandonar la casa.
Pero para entonces yo ya estaba en la estación.
Adrian llegó cuando faltaban cinco minutos para mi salida.
—Elena.
Se quedó frente a mí, respirando con dificultad.
—La casa vuelve a ser nuestra.
Negué.
—Nunca entendiste.
—Entonces explícame.
Lo miré por última vez.
—Yo no necesitaba que recuperaras la casa.
Subí al tren.
—Necesitaba un esposo que jamás hubiera falsificado mi firma para quitármela.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Adrian extendió la mano, pero se detuvo.
Esta vez comprendió que había algo que su rango no podía ordenar regresar.
Yo.
Tres años atrás me prometió que nunca permitiría que Clara me humillara.

Al final, no fue Clara quien rompió aquella promesa.
Fue él.
Y cuando finalmente quiso devolverme todo lo que había cedido en mi nombre, descubrió que mi firma nunca le había pertenecido.
Mucho menos mi vida.