PARTE 2: CUATRO AÑOS DE PRUEBAS

Collins sacó una fotografía.

Era Olivia entrando en un edificio universitario cuatro años atrás.

Debajo aparecía mi nombre:

CLARA BENNETT.

Luego colocó sobre la mesa expedientes académicos, solicitudes de becas y documentos firmados con mi identidad.

—Señoría —dijo Collins—, mi clienta denunció el robo de su identidad hace cuatro años.

Mi madre palideció.

Olivia dejó de llorar.

Entonces apareció la prueba que realmente importaba.

Una grabación de una cámara situada frente al lugar del accidente.

En la pantalla se veía a Olivia bajar del automóvil después del atropello.

Ethan llegó minutos después.

Mi hermano miró alrededor, limpió el volante y recogió el teléfono de Olivia.

Después llamó a alguien.

Collins reprodujo una grabación obtenida durante la investigación.

La voz de Ethan llenó la sala:

—Usaremos a Clara. Olivia ya tiene documentos con su identidad. Podemos hacer que todo coincida.

Mi madre comenzó a llorar.

—¡Solo intentábamos proteger a Olivia!

El juez la hizo callar.

Yo miré a la familia de la víctima.

—Lo siento por lo que les hicieron. Yo también quiero que la persona responsable pague.

Olivia intentó levantarse de la silla.

—¡Clara está mintiendo!

Collins colocó el último documento frente al juez.

Registros hospitalarios.

Olivia ni siquiera necesitaba aquella silla de ruedas.

Su supuesta enfermedad había sido exagerada para despertar compasión antes del juicio.

La fiscal pidió inmediatamente revisar los cargos y abrir investigaciones por suplantación de identidad, falsificación y posible manipulación de pruebas.

Mi padre finalmente me miró.

—Clara… somos tu familia.

Negué lentamente.

—No. Durante cuatro años fui su coartada.

Salí del tribunal sin mirar atrás.

Mi carta de admisión universitaria seguía dentro de la carpeta. Había perdido aquella oportunidad hacía cuatro años.

Pero Collins había contactado con la universidad.

Después de conocer el fraude, habían aceptado revisar nuevamente mi caso.

Olivia me había robado mi nombre.

Mi familia había intentado quitarme la libertad.

Pero cometieron un error.

Pensaron que había permanecido callada porque era débil.

En realidad, llevaba cuatro años reuniendo pruebas.

Y aquel juicio nunca había sido el final de mi vida.

Era el día que había estado esperando para recuperarla.

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