PARTE 2: YA NO TE PERTENECE

—Entonces volveremos a casarnos antes de que nazca.

Miré a Adrián durante varios segundos.

—No.

Su expresión se endureció.

—Valeria, nuestra hija no será ilegítima.

—Nuestra hija tampoco será la excusa para reconstruir un matrimonio que tú acabas de destruir.

Sophia recogió su paraguas.

—Adrián, tú me prometiste que cuando regresara…

—Basta.

Ella palideció.

—¿Ahora me rechazas por un bebé?

—No —respondí antes que él—. El problema nunca fue mi hija. El problema es que creíste que divorciarse de mí significaba que todo lo relacionado conmigo desaparecería.

Entré sola al hospital.

Adrián intentó seguirme, pero Sophia lo sujetó.

Esta vez no miré atrás.


Dos días después, Sophia apareció en mi villa.

Traía una carpeta.

—Creo que deberías ver esto.

Dentro había mensajes entre ella y Adrián.

Semanas de conversaciones.

Pero mientras avanzaba descubrí algo inesperado.

Sophia había insistido constantemente en el divorcio.

Adrián nunca le había prometido matrimonio.

Incluso había escrito:

“Terminaré mi matrimonio porque no debo seguir con Valeria pensando en otra persona. Eso no significa que vaya a casarme contigo.”

Levanté la mirada.

—¿Por qué me enseñas esto?

Sophia apretó los labios.

—Porque quiero que entiendas que él tampoco te eligió.

Sonreí.

Finalmente comprendí su objetivo.

—Todavía estás compitiendo conmigo.

Su expresión cambió.

—Yo dejé de competir el día que firmé.

Le devolví la carpeta.

—Puedes quedarte con su amor, su arrepentimiento o sus dudas. Yo solo quiero recuperar mi vida.

Sophia se marchó furiosa.

Aquella misma tarde llegó Adrián.

—Sophia estuvo aquí.

—Sí.

—No volverá a molestarte.

—Eso ya no es asunto mío.

Entonces colocó unos documentos frente a mí.

—He creado un fideicomiso para nuestra hija.

La cantidad era enorme.

—No necesito esto.

—Ella sí.

Lo miré.

Por primera vez desde el divorcio, Adrián parecía comprender la diferencia.

No estaba intentando comprarme.

Estaba asumiendo una responsabilidad.

—Puedes participar en su vida —dije—. Pero bajo una condición.

—Dime.

—Nunca utilices a nuestra hija para recuperarme.

Adrián permaneció callado.

Después asintió.

—De acuerdo.


Meses más tarde nació nuestra hija.

Adrián estuvo en el hospital, pero esta vez no tomó decisiones por mí.

Esperó fuera hasta que permití que entrara.

Cuando sostuvo a la pequeña, sus manos temblaron.

—No repetiré lo que hizo mi padre —susurró.

—Entonces no lo hagas.

Me miró.

—¿Eso significa que todavía tengo una oportunidad contigo?

Negué suavemente.

—Significa que tienes una oportunidad con ella.

Sus ojos se humedecieron.

Finalmente lo había entendido.

Sophia había regresado creyendo que podía recuperar un antiguo amor.

Adrián había pedido el divorcio creyendo que podía reorganizar nuestras vidas como reorganizaba sus empresas.

Y yo había sido la única persona que dejó de aceptar decisiones tomadas por otros.

Nuestra hija tendría padre.

Tendría madre.

Tendría el apellido que nosotros decidiéramos proteger para ella.

Pero no necesitaría unos padres casados para ser legítima, amada o respetada.

Antes de salir del hospital, Adrián me preguntó:

—¿Nunca volverás conmigo?

Miré al hombre por quien alguna vez habría hecho cualquier cosa.

—No lo sé.

Después sonreí.

—Y por primera vez, Adrián, tendrás que vivir sin controlar la respuesta.

Tomé a mi hija y seguí caminando.

Esta vez él no intentó detenerme.

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