PARTE 2: YA ERA TARDE

Tres años después, regresé a la ciudad.

No por Adrian.

Había aceptado dirigir la expansión de la empresa de mi padre y, por primera vez desde aquella boda, podía recordar ese día sin sentir que me faltaba el aire.

Yo ya no era la mujer que había dejado caer un velo frente a doscientos invitados.

Había construido una vida donde Adrian no existía.

Hasta que lo encontré en una gala benéfica.

Se quedó paralizado al verme.

—Emily…

—Buenas noches.

Intentó acercarse.

—Te busqué durante años.

—Yo no quería que me encontraras.

Su expresión se quebró.

Entonces apareció Claire.

Pero no caminó hacia Adrian.

Se acercó a mí.

—Necesito decirte algo.

Adrian endureció el rostro.

—Claire, no.

Ella lo ignoró.

—Aquella amenaza el día de vuestra boda fue mentira.

No sentí sorpresa.

Solo confirmación.

Claire bajó la mirada.

—Nunca tuve intención de hacerme daño. Sabía que si conseguía que Adrian fuera personalmente, destruiría vuestra boda.

Adrian apretó los puños.

—Me manipulaste.

Claire soltó una risa amarga.

—Sí. Pero tú elegiste ir.

Aquellas palabras reprodujeron exactamente lo que yo había comprendido tres años atrás.

Claire había creado la prueba.

Adrian había tomado la decisión.

—Después pensé que él estaría conmigo —continuó ella—. Pero nunca ocurrió.

Adrian me miró.

—Porque siempre te amé a ti.

Negué suavemente.

—No conviertas eso en algo romántico. Si realmente me hubieras amado como dices, no habría tenido que rogarte que me eligieras el día de nuestra boda.

Me marché.

Pensé que aquello terminaría allí.

No fue así.

Durante las semanas siguientes, Adrian intentó acercarse. Flores, cartas, disculpas.

Devolví todo.

Hasta que una noche encontré una figura sentada frente a la entrada de mi casa.

Era Adrian.

Tenía el traje arrugado y sostenía una pequeña caja.

—Solo necesito preguntártelo una vez.

Se arrodilló.

Abrió la caja.

Dentro había un anillo de diamantes.

—Emily, he cometido el peor error de mi vida. Dame una oportunidad para hacer las cosas bien.

Lo observé en silencio.

Años atrás habría dado cualquier cosa por aquella escena.

Adrian Foster arrodillado.

Eligiéndome finalmente.

Pero mientras lo miraba, descubrí algo inesperado.

No sentía amor.

Tampoco odio.

Sentía la misma distancia con la que se mira una fotografía antigua.

Adrian levantó los ojos.

—Emily… ¿quieres casarte conmigo?

Incliné ligeramente la cabeza.

—Lo siento… ¿quién eres tú?

Su rostro se derrumbó.

—Emily…

—La mujer que quería casarse contigo desapareció el día que saliste por aquellas puertas.

Cerró lentamente la caja.

—¿Ya no queda nada?

—Queda una lección.

Me acerqué a la puerta.

—Nunca vuelvas a pedirle a alguien que espere mientras decides si merece ser elegido.

Entré y cerré.

Adrian permaneció allí durante horas.

Yo no volví a mirar por la ventana.

Porque después de ocho años esperando que aquel hombre me eligiera, finalmente entendí que la decisión más importante nunca había sido la suya.

Era la mía.

Y esta vez, me elegí a mí.

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