—A las nueve.
Fang Zhirou sonrió.
Wen Wanning asintió.
—Gracias.
La sonrisa de Fang se congeló.
Había venido esperando lágrimas, súplicas, quizá una discusión.
Pero Wen Wanning simplemente tomó la pequeña prenda rosa, la dobló cuidadosamente y volvió a colocarla dentro de la caja.
—¿Eso es todo? —preguntó Fang.
—Eso es todo.
Aquella noche, Wen Wanning preparó su salida.
No podía enfrentarse directamente al control de Lu Nianzhou, así que buscó ayuda fuera de su círculo: una antigua amiga de su madre y un abogado que no tenía relación con la familia Lu.
También guardó copias de sus documentos médicos y dejó constancia escrita de que no consentía ningún procedimiento.
A las ocho y media de la mañana siguiente, la casa comenzó a llenarse de movimiento.
Wen Wanning permaneció sentada junto a la ventana.
A las nueve en punto sonó el timbre.
Fang había dicho la verdad.
Había llegado el equipo médico.
Pero también llegó otra persona.
Lu Nianzhou.
Entró y dejó su abrigo sobre el sofá.
—¿Has tomado una decisión?
Wen Wanning sacó de una carpeta el último informe prenatal.
Lo colocó frente a él.
—Está sano.
Lu Nianzhou ni siquiera lo abrió.
—Wanning, no compliques esto.
—Solo quiero que lo mires.
—No cambiará nada.
Ella empujó el informe hacia él.
—Míralo una vez.
Lu Nianzhou perdió finalmente la paciencia.
Tomó las hojas.
Y las rompió.
Una vez.
Dos veces.
Los pequeños pedazos blancos cayeron al suelo.
El salón quedó en silencio.
Wen Wanning observó aquellos fragmentos durante varios segundos.
Después, con siete meses de embarazo, se agachó lentamente.
Recogió uno.
Luego otro.
Y otro.
Lu Nianzhou estaba a tres pasos.
—Aborta al bebé o vete.
Wen Wanning se detuvo.
Levantó la cabeza.
Ya no había lágrimas en sus ojos.
—Entonces me voy.
Por primera vez, Lu Nianzhou pareció desconcertado.
—¿Qué?
Ella terminó de recoger los papeles y se puso de pie con dificultad.
—Has elegido tus negocios.
—Has elegido a Fang Zhirou.
—Has elegido todo excepto a nosotros.
Tomó su bolso.
—Ahora elijo yo.
Lu Nianzhou miró hacia la puerta.
—No llegarás muy lejos.
Wen Wanning sostuvo su mirada.
—No necesitas detenerme.
—¿Por qué?
—Porque después de hoy nunca volveré a pedirte nada.
Y salió.
TRES AÑOS DESPUÉS.
La pequeña ciudad del sur estaba cubierta por una lluvia fina.
Lu Nianzhou había llegado por un proyecto empresarial que originalmente pensaba delegar.
Pero aquella mañana, mientras su coche esperaba frente a un semáforo, vio a una mujer cruzando la calle.
Su corazón se detuvo.
—Pare.
El conductor frenó.
Lu Nianzhou bajó.
La mujer ya había desaparecido entre la gente.
Durante horas se convenció de que había sido una ilusión.
Hasta las cuatro de la tarde.
Frente a la entrada de un jardín de infancia, vio a un niño de unos tres años corriendo con una pequeña mochila.
Lu Nianzhou quedó inmóvil.
Las mismas cejas.
La misma forma de los ojos.
Incluso aquel gesto serio al fruncir el ceño.
Era como mirar una fotografía de sí mismo cuando era pequeño.
Entonces escuchó:
—¡An’an!
El niño se giró.
Wen Wanning apareció detrás de la verja.
Lu Nianzhou sintió que el mundo entero se quedaba sin sonido.
Ella también lo vio.
Su sonrisa desapareció.
—Wanning.
El niño corrió hacia ella.
—Mamá.
Lu Nianzhou bajó la mirada.
—¿Es…?
—No.
La respuesta llegó inmediatamente.
Él apretó la mandíbula.
—Ni siquiera he terminado la pregunta.
—No necesitas hacerlo.
Wen Wanning tomó al pequeño de la mano.
Lu Nianzhou avanzó un paso.
—Tiene tres años.
Ella se detuvo.
—¿Y?
—Wanning, mírame.
Ella se volvió.
Durante tres años había imaginado aquel encuentro.
Había pensado que tendría miedo.
No sentía ninguno.
—¿Quieres saber si es el bebé cuyo informe rompiste?
Lu Nianzhou perdió el color.
Wanning continuó:
—¿O quieres saber si es el niño al que me ordenaste abandonar?
Él abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
El pequeño An’an miró alternativamente a ambos.
—Mamá, ¿quién es ese señor?
Wen Wanning acarició su cabello.
—Alguien que conocí hace mucho tiempo.
Cuatro palabras.
Eso era todo lo que quedaba de Lu Nianzhou en su vida.
Aquella noche, Lu Nianzhou apareció frente a la pequeña casa donde vivían.
Wen Wanning salió sola.
—Quiero hablar contigo.
—Habla.
—Quiero una prueba de paternidad.
Ella soltó una pequeña risa.
—Sigues igual.
—Necesito saberlo.
—No. Necesitas controlar aquello que acabas de descubrir.
La expresión de Lu Nianzhou se quebró.
—Si es mi hijo, tengo derecho…
—¿Derecho?
Wen Wanning lo miró fijamente.
—Cuando todavía no había nacido, tu única exigencia fue que yo eligiera entre él y quedarme contigo.
Lu Nianzhou bajó lentamente la mirada.
—Me equivoqué.
—Sí.
La facilidad con la que ella respondió pareció dolerle más que cualquier insulto.
—Fang Zhirou y yo nunca nos casamos —dijo él.
Wanning no reaccionó.
—La familia Fang rompió el acuerdo meses después. Ella descubrió que yo solo estaba utilizando aquella alianza.
—Entonces tenía razón.
Él la miró.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Silencio.
Lu Nianzhou respiró profundamente.
—He pensado en ti durante tres años.
—Yo también pensé mucho en ti.
Sus ojos se encontraron.
—Hasta que dejé de hacerlo.
Aquella frase terminó de destruir la última esperanza que él conservaba.
Con el tiempo, la verdad quedó establecida por las vías legales correspondientes.
An’an era su hijo.
Pero conocer la verdad no significaba recuperar los años perdidos.
Lu Nianzhou intentó acercarse poco a poco.
Esta vez no mediante dinero.
Ni amenazas.
Ni poder.
Aprendió a respetar límites que antes consideraba obstáculos.
Wen Wanning nunca regresó con él.

Podía aceptar que el padre de su hijo intentara convertirse en una persona mejor.
Eso no significaba que tuviera que volver a ser su esposa.
Una tarde, Lu Nianzhou fue a recoger a An’an.
El niño salió corriendo con un dibujo entre las manos.
—¡Papá!
Lu Nianzhou se quedó inmóvil.
Era la primera vez que lo llamaba así.
Sus ojos se humedecieron.
Wen Wanning observó desde unos metros de distancia.
Él levantó la mirada hacia ella.
No había triunfo en sus ojos.
Solo arrepentimiento.
Y gratitud por algo que sabía que no merecía exigir.
Wanning sonrió ligeramente y entró en casa.
Tres años atrás había recogido del suelo cada pedazo de aquel informe médico creyendo que estaba recogiendo los restos de su vida.
Ahora comprendía que no.
Aquella mañana no había perdido una familia.
Había salvado una.
La suya.
Y Lu Nianzhou finalmente entendió la lección que ningún imperio empresarial había podido enseñarle:
Hay decisiones que pueden lamentarse.
Errores que pueden repararse.
Pero existen momentos en los que alguien te entrega su corazón y te pide que elijas.
Él había elegido perderlos.
Y aunque tres años después encontró a su hijo…
a la mujer que había abandonado nunca volvió a recuperarla.