PARTE 2: LA CAMPEONA QUE REGRESÓ

El primer paso de Clara fue sencillo.

El segundo hizo desaparecer la sonrisa de Walter.

Y con el tercero, Vivian comprendió que algo iba terriblemente mal.

Clara dejó de parecer una camarera intentando recordar unos pasos.

Su espalda se enderezó.

Sus brazos encontraron la música.

Y cuando ejecutó el primer giro perfecto, alguien entre los invitados dejó caer una copa.

—Espera… —murmuró una mujer—. Yo la conozco.

Clara siguió bailando.

Doce años desaparecieron durante aquellos minutos.

El dolor seguía en su cadera, pero ya no gobernaba su cuerpo.

Cada giro era más preciso que el anterior.

Cada paso demostraba una técnica que ningún concurso social del Lakeshore Club podía enseñar.

Vivian palideció.

—¿Quién demonios es ella?

Un hombre mayor cerca del escenario levantó lentamente su teléfono.

En la pantalla había una fotografía antigua.

Una joven Clara sostenía un trofeo sobre su cabeza.

El titular decía:

CLARA BENNETT, CAMPEONA NACIONAL INVICTA.

—Dios mío —susurró—. Es ella.

Los murmullos explotaron.

Walter dejó de sonreír.

Ethan permanecía completamente inmóvil.

Entonces Clara realizó la secuencia final.

Giró.

Se detuvo exactamente con la última nota.

Silencio.

Después, todo el salón estalló en aplausos.

No fueron aplausos educados.

La gente se puso de pie.

Incluso algunos empleados salieron de la cocina para verla.

Clara respiró profundamente mientras el viejo dolor atravesaba su pierna.

Pero permaneció erguida.

Walter miró alrededor, atrapado por cientos de cámaras.

—Esto no demuestra que haya ganado.

El director de la banda soltó una pequeña carcajada.

—Señor Ashford, con todo respeto… esa mujer podría haber bailado la mitad de esa rutina y habría ganado.

Vivian bajó la mirada.

Clara caminó lentamente hacia Walter.

—No quiero su dinero.

Luego miró a Ethan.

—Y definitivamente no quiero que me entregue a su hijo como premio.

Algunos invitados rieron.

Ethan también.

Clara volvió a mirar al multimillonario.

—Solo quiero lo que prometió.

Walter apretó la mandíbula.

Por primera vez aquella noche, tuvo que mirar a los empleados que había tratado como invisibles.

Finalmente habló.

—Me disculpo.

Clara negó suavemente.

—Con ellos.

Walter palideció.

Pero las cámaras seguían grabando.

Así que se volvió hacia camareros, cocineros, limpiadores y asistentes.

—Me disculpo por haberlos tratado como si su trabajo determinara su valor.

Nadie aplaudió.

Y aquello pareció dolerle más que perder.

Clara recogió sus guantes.

Pensaba regresar al trabajo cuando Ethan se acercó.

—¿Por qué desapareciste?

Ella lo miró.

—Porque después del accidente todos querían ver regresar a la campeona.

Bajó los ojos hacia su pierna.

—Nadie quería conocer a la mujer que tuvo que aprender a caminar otra vez.

Ethan guardó silencio.

Clara comenzó a alejarse.

Entonces Walter habló detrás de ella.

—Señorita Bennett.

Clara se detuvo.

—¿Qué?

Walter sostenía su teléfono.

Su rostro había perdido completamente el color.

—Acabo de descubrir quién era el propietario del automóvil involucrado en su accidente.

Clara sintió que el salón desaparecía a su alrededor.

Walter levantó lentamente los ojos.

—Era una empresa del Grupo Ashford.

Ethan se volvió hacia su padre.

—¿Qué acabas de decir?

Walter no respondió.

Y Clara comprendió que aquella noche no había regresado al baile por casualidad.

Doce años después, acababa de entrar en el edificio perteneciente a la familia que quizá sabía exactamente por qué su carrera había terminado.

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