La cena comenzó veinte minutos después.
Yo no había vuelto a pensar con tranquilidad desde que Alexander confirmó que podía escucharme.
Así que repetía mentalmente una sola frase:
«No pienses. No pienses. No pienses.»
Henry Grant parecía divertidísimo.
Victoria, en cambio, me observaba como si acabara de descubrir un arma secreta.
Olivia seguía sin entender nada.
Durante la cena, colocó delicadamente un trozo de pescado en el plato de Alexander.
—Recuerdo que siempre te gustaba.
Sonreí.
«Y comienza el segundo acto.»
Alexander apartó inmediatamente el plato.
—Ya no me gusta.
Olivia parpadeó.
Yo casi me atraganté.
Entonces apareció un empleado de la casa y entregó una carpeta a Victoria.
Olivia palideció.
Eso llamó mi atención.
«Qué extraño.»
«¿Por qué parece aterrada por esa carpeta?»
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Sabes algo?
Todos me miraron.
—¿Yo?
«Solo la vi esta tarde entrando al estudio del abuelo.»
Henry dejó lentamente los cubiertos.
Olivia se puso blanca.
—¿Entraste en mi estudio? —preguntó él.
—¡No!
«Sí entró.»
«Y escondió algo detrás del cuadro azul.»
Alexander se levantó.
Cinco minutos después regresó con un sobre.
Dentro había copias de documentos financieros.
Olivia empezó a llorar.
—¡Alguien intenta incriminarme!
Pero ya nadie la consolaba.
Mientras Victoria revisaba los documentos, mi mirada cayó sobre Alexander.
Él también estaba mirándome.
«Ahora que lo pienso… ¿por qué aceptó casarse conmigo?»
Alexander se tensó.
Henry sonrió.
Victoria cerró los ojos como si supiera exactamente lo que venía.
Y entonces pensé algo que hizo desaparecer toda diversión de la habitación.
«Mi padre dijo que Alexander fue quien propuso personalmente este matrimonio.»
Lo miré.
«Pero apenas me conocía.»
Alexander dejó su copa.
—Sofía…
Demasiado tarde.
«Espera.»
Un recuerdo apareció.
Dos años antes, durante una gala universitaria, un desconocido me había prestado su abrigo cuando derramé una bebida sobre mi vestido.
Nunca vi bien su rostro.
Pero recordaba su voz.
“Quédatelo. Hace frío.”
Miré a Alexander.
La misma voz.
Mi corazón dio un salto.
«No puede ser.»
Las orejas de Alexander volvieron a ponerse rojas.
Henry empezó a reír.
—Por fin.
—¿Por fin qué? —pregunté.
El abuelo señaló a su nieto.
—Este idiota lleva dos años enamorado de ti.
Me quedé petrificada.
Alexander cerró los ojos.
—Abuelo.
—¿No era un matrimonio sin amor? —pregunté.
Henry sonrió.
—Para ti.
Miré a mi esposo.
Por primera vez, el poderoso CEO parecía querer desaparecer debajo de la mesa.
Y entonces cometí el peor error posible.
Pensé:
«Entonces… ¿puedo enamorarme de él de verdad?»
Alexander abrió los ojos.
Esta vez no apartó la mirada.
—Sí —respondió.
Sentí arder todo mi rostro.
Henry volvió a reír.
Victoria sonrió por primera vez aquella noche.

Y Olivia comprendió finalmente algo mucho peor que perder su máscara.
Nunca había sido ella la mujer que Alexander quería.
La única que no lo sabía…
había sido yo.