Nathaniel miró los pedazos de papel sobre la mesa.
—¿Qué acabas de romper?
Mi padre tomó uno.
Leyó el encabezado.
Su expresión cambió.
—Acuerdo de cooperación entre Wynn Holdings y el Instituto Hawthorne.
Nathaniel se quedó inmóvil.
Aquel era exactamente el proyecto que llevaba casi dos años intentando conseguir.
Financiación.
Laboratorios.
Acceso a patentes.
Una inversión inicial de treinta millones.
Mi padre dejó el papel sobre la mesa.
—Charlotte me pidió que considerara tu proyecto como regalo de compromiso.
Nathaniel me miró.
—¿Tú hiciste esto?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Sonreí.
—Porque debía ser una sorpresa.
Miré a Isabelle, todavía sentada en mi lugar.
—Pero esta noche descubrí que estaba preparando el futuro del hombre equivocado.
Nathaniel se levantó.
—Estás exagerando por una silla.
—Entonces no debería importarte perderla.
—Charlotte.
—Siéntate.
Mi padre habló por primera vez con verdadera autoridad.
Nathaniel se calló.
Papá miró a Isabelle.
—Señorita Reed, usted no tiene culpa de haber perdido a sus padres.
Su tono fue tranquilo.
—Pero sufrir no le concede derecho sobre el lugar de mi hija.
Isabelle palideció.
—Yo intenté levantarme…
—No lo suficiente —respondió mi madre.
Nathaniel apretó la mandíbula.
—¿Ahora todos van a atacarla?
Lo miré.
Incluso entonces.
Incluso después de humillarme delante de mi familia.
Seguía protegiéndola a ella.
Saqué el anillo de compromiso.
Lo coloqué junto a su copa.
El pequeño sonido del metal contra la mesa hizo que todos guardaran silencio.
—Charlotte.
Esta vez su voz cambió.
Ya no sonaba molesto.
Sonaba nervioso.
—¿Qué haces?
—Devolverte algo que ya no necesito.
—No seas absurda.
Intentó tomar mi mano.
Retrocedí.
—El compromiso terminó.
Isabelle se levantó inmediatamente.
—¡No!
Todos la miraron.
Sus mejillas se pusieron rojas.
—Quiero decir… no deberían separarse por mi culpa.
Sonreí.
—No estamos separándonos por ti.
Miré a Nathaniel.
—Estamos separándonos por él.
Mi padre levantó su copa.
—Entonces queda decidido.
Nathaniel giró hacia él.
—Señor Wynn…
—Ya no necesitas llamarme así.
La frase cayó como una puerta cerrándose.
Nathaniel me siguió hasta el estacionamiento.
—Charlotte, espera.
Continué caminando.
Me sujetó del brazo.
—¿Vas a tirar tres años por esto?
Me solté.
—No.
—Estoy evitando tirar el resto de mi vida.
—Isabelle está sola.
—Entonces cuídala.
—No significa que la ame.
—Eso ya no me importa.
Se quedó callado.
Aquellas palabras parecieron asustarlo más que mis lágrimas.
—¿Y el acuerdo?
Ahí entendí algo.
No preguntó primero por nosotros.
Preguntó por el acuerdo.
—Cancelado.
—Charlotte, mi investigación depende de esa financiación.
—Entonces busca otro inversionista.
—¡Tu padre ya había aceptado!
—Por mí.
Me acerqué un paso.
—No confundas el amor que mi familia me tiene con algo que tú merecías automáticamente.
Me marché.
Tres días después, Nathaniel comenzó a llamar.
Diecisiete veces.
Después llegaron mensajes.
“Necesitamos hablar.”
“Isabelle ya no trabaja directamente conmigo.”
“Puedo explicarlo.”
“Tu padre retiró la reunión con el consejo.”
No respondí.
Una semana después apareció en Wynn Holdings.
Seguridad no lo dejó subir.
Fue entonces cuando comprendió que yo hablaba en serio.
Pero el verdadero golpe llegó dos semanas después.
Mi padre organizó otra cena.
Mucho más pequeña.
Solo familia cercana.
Cuando llegué, había un hombre sentado en el lugar donde Nathaniel debía haber estado aquella noche.
Julian Ashford.
Heredero de Ashford Biomedical.
Investigador.
Y antiguo compañero mío de universidad.
Se levantó al verme.
—Charlotte.
—Julian.
Mi madre sonrió demasiado.
Entendí inmediatamente.
—Mamá.
—Solo es una cena.
—Claro.
Julian soltó una pequeña risa.
—Si te tranquiliza, tampoco me avisaron de que esto parecía una cita.
Aquello me hizo reír.
Y hacía semanas que no lo hacía.
No hubo promesas.
Ni compromiso.
Ni destino.
Solo una conversación agradable.
Pero alguien tomó una fotografía.
Y terminó en redes sociales.
A la mañana siguiente, Nathaniel apareció frente a mi casa.
Tenía los ojos rojos.
—¿Quién es él?
Lo miré desde la puerta.
—Eso ya no te corresponde.
—¿Estás saliendo con Julian Ashford?
—Nathaniel.
Intenté cerrar.
Puso la mano sobre la puerta.
—¡Íbamos a casarnos!
—También ibas a sentarte a mi lado durante el cumpleaños de mi padre.
Retiró lentamente la mano.
—Cometí un error.
—Sí.
—¡Entonces déjame arreglarlo!
—No todo error merece una segunda oportunidad.
Su rostro se endureció.
—¿Vas a casarte con Ashford?
—No lo sé.
—¡Charlotte!
Cerré la puerta.
Pero esa misma tarde ocurrió algo todavía peor para él.
Wynn Holdings anunció oficialmente su nueva inversión en investigación biomédica.
El proyecto elegido no pertenecía a Nathaniel.
Pertenecía a Julian.
Treinta millones.
Exactamente la financiación que Nathaniel había perdido.
Esa noche recibí un último mensaje suyo:
“¿Le diste a él lo que era mío?”
Lo leí dos veces.
Después respondí:
“Nunca fue tuyo.”

Bloqueé su número.
Y mientras Nathaniel finalmente comprendía que había perdido mucho más que una silla, Isabelle descubría algo todavía más peligroso.
La financiación nunca había sido lo único que quería de él.
Porque dos días después, el laboratorio de Nathaniel encontró archivos confidenciales copiados desde su computadora.
Y todas las transferencias llevaban a una única cuenta de acceso.
Isabelle Reed.