Vanessa fue la primera en reaccionar.
—Eso es imposible.
El director del hotel la miró con frialdad.
—La señorita Lin posee el cuarenta y dos por ciento del grupo.
Mi suegra seguía conectada por altavoz.
—Valeria… ¿por qué nunca nos dijiste nada?
Sonreí.
—Nunca preguntaron.
Ethan finalmente habló desde el teléfono.
—Valeria, podemos discutir esto en casa.
—No.
—Somos marido y mujer.
—Precisamente. Por eso deberías saber quién pagó la hipoteca durante los últimos tres años.
Silencio.
Vanessa palideció.
Yo abrí la aplicación bancaria.
—La casa donde vive tu madre: mía.
—El coche que utiliza Vanessa: pagado por mí.
—Las cuotas de su negocio: también salieron de mi cuenta.
Miré a mi cuñada.
—Y Ethan lleva catorce meses sin aportar dinero a nuestros gastos familiares.
Uno de sus invitados dejó lentamente la copa.
Vanessa murmuró:
—Mi hermano dijo que él te mantenía.
—Tu hermano dice muchas cosas.
Entonces señalé las dos mesas preparadas fuera.
—Sus invitados pueden quedarse.
Vanessa recuperó algo de esperanza.
—Sabía que entrarías en razón.
—No he terminado.
Pedí al director que trajera las cuentas.
—Cada persona pagará lo suyo.
La sonrisa de Vanessa desapareció.
—¿Qué?
—Trajiste dieciséis personas sin preguntarme. Puedes invitarlas tú.
Varios invitados comenzaron inmediatamente a buscar sus abrigos.
—Vanessa, dijiste que todo estaba pagado.
—Nos dijiste que tu hermano era dueño de esto.
En menos de cinco minutos, su magnífica reunión familiar empezó a desmoronarse.
Ethan llegó cuarenta minutos después.
Entró furioso.
—¿Era necesario humillar a mi hermana?
—Yo no invité a dieciséis desconocidos a una cena ajena.
—Podías pagarla.
Lo miré.
Aquella frase terminó con lo poco que quedaba de mi paciencia.
—Ese siempre ha sido el problema, Ethan.
Me levanté.
—Nunca preguntabas si debía pagar algo. Solo comprobabas si podía.
Su expresión cambió.
—Valeria…
Saqué una carpeta de mi bolso.
Dentro estaban varios documentos que mi abogado había preparado días antes.
Ethan los miró.
—¿Qué es eso?
—La razón por la que esta será nuestra última cena de Año Nuevo como matrimonio.
Vanessa abrió mucho los ojos.
—¿Vas a divorciarte por una cena?
—No.
Miré a Ethan.
—Por descubrir que mi esposo sabía que su familia llevaba años viviendo de mí y permitió que todos me llamaran aprovechada.
Mi madre se acercó y tomó mi mano.
Ethan bajó la voz.
—Hablemos en privado.
—Mañana, con abogados.
Entonces el director del hotel regresó.
Parecía preocupado.
—Señorita Lin, disculpe. Hay otro asunto.
Me entregó una factura.
La miré.
No correspondía a aquella noche.
Era de seis meses atrás.
Suite presidencial.
Restaurante privado.
Spa.
Joyas solicitadas mediante el servicio de concierge.
Total: casi novecientos mil yuanes.
En la parte inferior aparecía una autorización:
“Cargar a la cuenta personal de la señorita Valeria Lin.”
Pero yo jamás había firmado aquello.
Levanté lentamente la mirada hacia Ethan.

Su rostro se había quedado blanco.
Vanessa dejó de respirar.
Y entonces comprendí que aquella familia no solo había estado gastando mi dinero.
Alguien llevaba meses haciéndose pasar por mí para hacerlo.