Dejé las llaves sobre la mesa.
—Primero, quiero saber cómo entraron.
Marcus se levantó.
—Todavía tengo mi llave.
—Tenías.
Extendí la mano.
—Dámela.
Su madre, Eleanor, golpeó el sofá.
—¡Estamos hablando de Lily! Puede perder su apartamento esta semana.
Miré la videollamada.
Lily lloraba.
—Sophie, solo paga este mes. Después Marcus se encargará.
—No.
Marcus dio un paso hacia mí.
—Son cuatro mil libras. Para ti no es nada.
Sonreí.
—Entonces para ti tampoco debería serlo.
Silencio.
—Transfiéreselos tú.
Marcus apartó la mirada.
Ahí comprendí que algo no cuadraba.
—¿No tienes dinero?
—Tengo gastos.
—Yo también los tenía mientras pagaba los tuyos.
Su padre intervino:
—No conviertas esto en una humillación.
Saqué el teléfono.
—Perfecto. Hagamos cuentas.
Durante tres años había pagado la renta de Lily, sus vuelos y buena parte de sus gastos.
También había cubierto reparaciones del coche de sus padres, seguros y varias deudas que Marcus llamaba “emergencias familiares”.
Dije la cifra total.
Nadie respondió.
Eleanor finalmente murmuró:
—Eso se hace por la familia.
—Entonces ahora pueden hacerlo ustedes.
Lily dejó de llorar.
—Pero papá y mamá no tienen tanto dinero.
Miré a Marcus.
—¿Y tu hermano?
Otro silencio.
Marcus apretó la mandíbula.
—Mi salario está comprometido.
—¿En qué?
—No es asunto tuyo.
—Correcto.
Tomé sus llaves de la mesa.
—Igual que mi salario dejó de ser asunto vuestro esta mañana.
Al día siguiente recibí una llamada de mi banco.
Había varios intentos fallidos de cobro vinculados a tarjetas adicionales.
Las bloqueé.
Después revisé tres años de movimientos.
Lo que encontré hizo que incluso yo me quedara mirando la pantalla.
Marcus no había mantenido a su familia.
Yo sí.
Su sueldo apenas cubría sus propios préstamos, ropa, restaurantes y aquel estilo de vida con el que tanto presumía.
Hasta el dinero que entregaba a sus padres salía, indirectamente, de lo que yo aportaba.
Pero encontré algo más.
Una transferencia mensual que no reconocía.
Siempre la misma cantidad.
Siempre hacia una empresa llamada Grant Consulting Ltd.
Busqué el registro.
El propietario era el padre de Marcus.
Llamé inmediatamente a mi abogada.
Dos horas después tenía la explicación.
Durante nuestro matrimonio, Marcus había utilizado dinero de nuestra cuenta para financiar la empresa prácticamente insolvente de su padre.
Cuando lo llamé, contestó furioso.
—¿Bloqueaste también esa transferencia?
—Sí.
Silencio.
Después escuché algo que nunca había oído en su voz.
Miedo.
—Sophie, esa no puedes cancelarla.
—¿Por qué?
—Porque mi padre depende de ella.
Sonreí.
—Lily depende de mí. Tu madre depende de mí. Tu padre depende de mí.
Hice una pausa.
—Y ayer todavía me preguntabas qué haría yo sin ti.
Marcus no respondió.
—Ahora ya sabemos quién no podía permitirse este divorcio.
Colgué.
Aquella tarde cambié la cerradura.
Esa noche Lily abandonó su apartamento de lujo y tuvo que mudarse a una habitación mucho más barata.
Una semana después, el padre de Marcus cerró su oficina.
Y Marcus vendió el reloj de veintitrés mil dólares que yo le había regalado.
Pero el verdadero golpe llegó después.
Mi abogada apareció con documentos bancarios.
—Sophie, tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
Colocó una transferencia frente a mí.
—Marcus no solo utilizaba tu dinero para mantener a su familia.
Señaló una firma.
La mía.
Perfectamente imitada.
—También pidió un préstamo usando tu apartamento como respaldo.
Sentí que toda mi calma desaparecía.
—Eso es imposible.
—Legalmente, quizá lo sea.
Me entregó otra página.
—Pero alguien del banco autorizó la operación.
Miré el nombre del empleado responsable.

Lo reconocí.
Era el mejor amigo de Marcus.
Entonces comprendí que cancelar la renta de Lily solo había sido el principio.
Mi exmarido no había perdido únicamente a la mujer que mantenía a su familia.
Acababa de perder a la única persona que todavía no sabía que llevaba tres años siendo estafada.