PARTE 2: LOS TRES HIJOS NO ERAN SUYOS

Los tres resultados decían lo mismo:

Gabriel Morrison quedaba excluido como padre biológico.

Gabriel permaneció sentado durante casi una hora.

Después llamó a Clara.

—Trae a los niños esta noche. Cenaremos todos en casa.

Clara sonrió al teléfono.

—¿También estará Elena?

—Sí.

Aquella noche, Clara llegó acompañada de Ethan, Lucas y Noah. La madre de Gabriel apareció poco después, encantada de ver a sus “nietos”.

Elena estaba sirviendo té cuando Gabriel dejó tres informes sobre la mesa.

—Antes de cenar quiero aclarar algo.

Clara vio el logotipo del laboratorio.

Su rostro cambió.

—¿Qué es eso?

—Pruebas de ADN.

La taza de su madre quedó suspendida en el aire.

Gabriel la miró directamente.

—Ninguno de los tres es mío.

Clara palideció.

—Gabriel, puedo explicarlo.

—Entonces empieza por decirme quién es el padre.

Silencio.

Gabriel golpeó la mesa.

—¡¿QUIÉN?!

Elena dejó tranquilamente la tetera.

—No necesitas gritar.

Todos se volvieron hacia ella.

Gabriel la miró.

—¿Tú lo sabías?

—Sí.

Aquella respuesta lo destruyó más que los resultados.

—¿Desde cuándo?

—Desde el primer embarazo.

Su madre se levantó furiosa.

—¡Entonces permitiste que nos engañara durante años!

Elena la miró.

—Usted me llamó inútil. Me humilló delante de esos niños. Incluso intentó convencer a Gabriel de divorciarse de mí para casarse con Clara.

Hizo una pausa.

—¿Por qué debía salvarlos de una mentira que estaban encantados de creer?

Gabriel perdió el color.

—Elena…

Ella sacó una carpeta de su bolso.

—Además, hoy fui al hospital por una razón.

Gabriel recordó inmediatamente haberla visto en ginecología.

Su mirada cayó hacia su vientre.

—¿Estás embarazada?

—Sí.

El silencio fue absoluto.

Gabriel se levantó lentamente.

—Pero yo…

—Exactamente.

Elena dejó su alianza sobre los informes de ADN.

—El bebé tampoco es tuyo.

Gabriel quedó inmóvil.

—¿De quién es?

Elena lo miró por última vez.

—Eso dejó de ser asunto tuyo cuando construiste otra familia mientras seguías casado conmigo.

Tomó su abrigo.

Gabriel intentó detenerla.

—Elena, espera. Podemos arreglar esto.

Ella sonrió con tristeza.

—Durante cinco años tuve que escuchar cómo celebrabas hijos que no eran tuyos mientras me culpabas por no darte ninguno.

Abrió la puerta.

—Ahora ya sabes cómo se siente descubrir que la vida que creías tuya pertenecía a otra persona.

Y se marchó.

Gabriel no la siguió.

Porque por primera vez entendió que aquella noche no había descubierto solamente que había criado tres hijos ajenos.

También había descubierto que había perdido para siempre a la única mujer que realmente había sido su familia.

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