El desconocido me apartó de la ventana y cerró las hojas de cristal.
Después soltó mi muñeca.
—Me llamo Nathan Cole.
Lo reconocí.
Era el abogado que había administrado durante años parte del patrimonio de mi abuelo.
—¿Qué trato?
Nathan dejó una carpeta sobre mi cama.
—Usted tiene tres días.
Mi respiración se detuvo.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque fui yo quien pidió una segunda revisión de sus estudios.
Lo miré.
—Entonces ya sabe que voy a morir.
—Sé que su situación es extremadamente grave.
Hizo una pausa.
—Pero también sé que alguien modificó parte de su expediente mientras estaba en coma.
Sentí frío.
Nathan abrió la carpeta.
Había informes médicos.
Firmas.
Transferencias.
Y una autorización firmada por Adrian.
—Durante seis meses —explicó—, su familia tuvo control legal sobre ciertas decisiones porque usted estaba inconsciente.
Pasó otra página.
—También intentaron activar anticipadamente una cláusula de su herencia.
Fruncí el ceño.
—¿Qué herencia?
Nathan me observó.
—La de su abuelo.
No entendía nada.
Él continuó:
—Su abuelo dejó una participación empresarial y varias propiedades bajo un fideicomiso. Usted recibiría el control completo al casarse… o si quedaba médicamente incapacitada de forma permanente.
Sentí que el estómago se me hundía.
—¿Quién administraría ese patrimonio si yo quedaba incapacitada?
Nathan giró el documento.
Aparecía un nombre.
Lucas Shaw.
Mi hermano.
Me quedé sin palabras.
—Eso no demuestra que intentaran hacerme daño.
—No.
Nathan sacó otra hoja.
—Esto sí demuestra que tenían motivos para mantenerla fuera de cualquier decisión.
Había transferencias efectuadas durante mi coma.
Mi familia había utilizado dinero del fideicomiso.
Mucho dinero.
—¿Adrian sabía?
Nathan no respondió inmediatamente.
Eso fue suficiente.
—¿Qué quiere de mí?
—Nada.
Cerró la carpeta.
—Quiero preguntarle qué quiere hacer usted con los tres días que cree que le quedan.
Miré hacia la ventana.
Una hora antes habría respondido que nada.
Ahora sabía que todos los que acababan de marcharse a celebrar una boda habían estado tomando decisiones sobre mi vida mientras yo no podía abrir los ojos.
—Quiero salir de este hospital.
Nathan sonrió apenas.
—Eso podemos hacerlo.
Dos horas después abandoné el edificio por una salida privada.
Nadie informó a mi familia.
Nathan me llevó primero a una clínica distinta.
Allí conocí al doctor Elias Grant.
Revisó mis estudios durante casi una hora.
Finalmente dejó los papeles sobre la mesa.
—Señorita Shaw, quiero ser preciso.
Me preparé para escuchar nuevamente la sentencia.
Pero dijo:
—Su condición es seria. Sin embargo, no puedo confirmar que le queden exactamente tres días.
Lo miré fijamente.
—Mi médico dijo…
—Su médico utilizó datos que no coinciden con los estudios originales.
Nathan y yo intercambiamos una mirada.
—¿Alguien alteró mi diagnóstico?
—Eso tendremos que investigarlo.
Sentí que el mundo volvía a moverse.
Tal vez iba a morir.
Tal vez no.
Pero de pronto aquellos tres días dejaron de parecer una despedida.
Se convirtieron en tiempo.
Mientras tanto, la boda había comenzado.
Olivia caminó hacia Adrian bajo cientos de flores blancas.
Mi madre lloraba de felicidad.
Lucas brindaba.
Mi padre recibía a los invitados como si aquella familia nunca hubiera tenido otra hija.
Entonces comenzó la ceremonia.
—¿Acepta a Olivia Shaw como su esposa?
Adrian abrió la boca.
Su teléfono vibró.
Lo ignoró.
Volvió a vibrar.
Después el de Lucas.
Luego el de mi padre.
Uno tras otro.
Lucas fue el primero en mirar la pantalla.
Su rostro perdió el color.
Mi padre hizo lo mismo.
Mi madre se levantó.
—¿Qué ocurre?
En cada teléfono había llegado la misma notificación.
Suspensión inmediata de toda facultad sobre el fideicomiso de Emma Shaw.
Olivia se quedó inmóvil frente al altar.
—Lucas… ¿qué significa eso?
Entonces apareció un segundo mensaje.
Se ha solicitado auditoría completa de las operaciones realizadas durante el período de incapacidad de la beneficiaria.
Adrian bajó lentamente la mirada hacia su teléfono.
También tenía uno.
Pero el suyo decía algo diferente.
Señor Blake: queda citado para responder por varias autorizaciones firmadas en nombre de Emma Shaw durante su hospitalización.
Su mano comenzó a temblar.
—¿Quién está haciendo esto?
Lucas ya lo sabía.
—Emma.
La iglesia quedó en silencio.
Olivia negó inmediatamente.
—Imposible. Ella está encerrada en el hospital.
Nathan apareció entonces al fondo del salón.
Solo.
—Ya no.
Mi familia se puso de pie.
—¿Dónde está mi hija? —preguntó mi madre.
Nathan sostuvo su mirada.
—Con personas que están intentando descubrir por qué todos ustedes parecían tener tanta prisa por continuar con su vida antes de confirmar si ella podía recuperar la suya.
Adrian bajó del altar.
—Necesito verla.
—No.
—Soy…
Nathan miró el traje de novio.
—Está a segundos de convertirse en marido de otra mujer. Elija cuidadosamente cómo termina esa frase.
Olivia palideció.
Yo no vi nada de aquello.
Estaba sentada frente a una ventana en la nueva clínica, viendo caer la tarde.
Nathan regresó horas después.
—La boda se detuvo.
No sentí satisfacción.
—¿Adrian?
—Quiere verla.
—No.
—Su madre también.
—No.
—Lucas está llamando cada cinco minutos.
Lo miré.
—Bloquéalo.
Nathan asintió.
Entonces dejó una última carpeta frente a mí.
—Encontramos algo más.
Dentro había una copia de la investigación del accidente que me dejó en coma.
La abrí.
—¿Qué tiene de especial?
Nathan señaló una declaración.
Era de Olivia.
Había dicho que aquella noche estaba sentada en la parte trasera del automóvil.
Pero las fotografías tomadas después del accidente mostraban su bolso en el asiento delantero.
Y había otra contradicción.
Según Lucas, yo conducía.
Según el informe inicial…
yo estaba en el asiento del copiloto.
Sentí que se me helaban las manos.
—Entonces ¿quién conducía?
Nathan no respondió.
Sacó una fotografía.
Adrian.
De pie junto al vehículo poco después del accidente.
Y detrás de él…
Olivia.
Sin una sola herida.
—Emma —dijo Nathan—, creo que sus tres días van a ser mucho más complicados de lo que imaginábamos.
Levanté la mirada.

—¿Por qué?
—Porque quizá la pregunta ya no sea cuánto tiempo le queda.
Cerró lentamente la carpeta.
—La pregunta es por qué toda su familia necesitaba que usted nunca recordara lo que ocurrió aquella noche.