PARTE 2: EL REGALO DE DIEZ AÑOS

A la mañana siguiente llamé a mi abogado.

—Quiero asistir a la fiesta anual del Grupo Jiang.

Al otro lado de la línea hubo unos segundos de silencio.

—¿Estás segura, Su Qing?

Miré los dos billetes viejos que llevaba diez años guardando dentro de un sobre.

—Nunca he estado tan segura.

Aquellos 200 yuanes habían sido lo último que Jiang Chen me dio como esposo.

Ahora iba a devolvérselos.

Con intereses.


Tres días después, la fiesta anual del Grupo Jiang reunió a empresarios, inversores y periodistas en el hotel más lujoso de la ciudad.

Jiang Chen era el centro de todas las miradas.

Después de su entrevista, su imagen de “presidente exitoso pero solitario” se había vuelto viral.

Cuando apareció en el escenario, los aplausos llenaron el salón.

—Gracias por acompañar al Grupo Jiang durante estos diez años.

Su voz seguía siendo tranquila y segura.

Yo estaba al fondo del salón, observándolo.

Diez años.

Él había construido un imperio.

Yo había construido una vida.

—Mamá.

Su Nian tiró suavemente de mi mano.

—¿Ese señor es papá?

Mi corazón se tensó.

Su Mu, en cambio, permaneció serio.

—No lo llames así todavía.

Lo miré sorprendida.

El pequeño cruzó los brazos.

—Un padre que dice en televisión que no tiene hijos primero tiene que explicar muchas cosas.

Casi me hizo reír.

Definitivamente había heredado demasiado de Jiang Chen.

Entonces las luces del escenario cambiaron.

El presentador sonrió.

—Presidente Jiang, esta noche también tenemos un regalo especial enviado por una invitada.

Todo el salón comenzó a murmurar.

Jiang Chen frunció ligeramente el ceño.

—¿Un regalo?

Mi abogado avanzó y colocó una pequeña caja negra sobre el escenario.

Jiang Chen la abrió.

Dentro había un sobre amarillento.

Y dos viejos billetes.

Su expresión cambió.

Por primera vez aquella noche, desapareció su sonrisa perfecta.

Tomó uno de los billetes lentamente.

Sus dedos temblaron apenas.

—¿Quién envió esto?

Entonces salí de entre los invitados.

Mis tacones resonaron sobre el suelo de mármol.

Tac.

Tac.

Tac.

Cada paso parecía atravesar diez años de recuerdos.

Cuando Jiang Chen levantó la cabeza y me vio, se quedó completamente inmóvil.

—Su… Qing.

El salón quedó en silencio.

Los periodistas comenzaron a levantar sus cámaras.

Yo sonreí.

—Cuánto tiempo, presidente Jiang.

Su rostro perdió color.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a devolverte algo.

Señalé los billetes.

—Hace diez años me dijiste que tomara 200 yuanes y desapareciera de tu mundo.

Sus labios se tensaron.

—Este no es lugar para hablar de eso.

—Estoy de acuerdo.

Lo miré directamente.

—Por eso traje un regalo mucho más apropiado para esta ocasión.

Hice una señal hacia la entrada.

Las enormes puertas del salón se abrieron.

Dos pequeñas figuras aparecieron bajo las luces.

Su Mu llevaba un traje negro.

Su Nian, un vestido blanco.

Caminaban juntos, tomados de la mano.

Al principio nadie entendió nada.

Hasta que comenzaron a acercarse al escenario.

Entonces los murmullos desaparecieron.

Porque cualquiera que hubiera visto alguna vez a Jiang Chen podía reconocer aquel rostro.

Especialmente el de Su Mu.

Era como contemplar al Jiang Chen de diez años atrás.

Los ojos del hombre frente a mí se abrieron lentamente.

Miró al niño.

Luego a la niña.

Después volvió a mirarme.

—Ellos…

Su voz se quebró.

Nunca había escuchado a Jiang Chen perder el control de esa manera.

Sonreí con calma.

—Presidente Jiang, hace tres días dijiste frente a todo el país que nunca habías tenido hijos.

Tomé las manos de los gemelos.

—Permíteme presentarte entonces a Su Mu y Su Nian.

Me acerqué un paso.

—Tus hijos.

El salón explotó.

Los flashes iluminaron el rostro pálido de Jiang Chen.

Pero él parecía no escuchar nada.

Solo miraba a los niños.

—¿Diez años?

Asentí.

—Diez años.

Su garganta se movió con dificultad.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Aquella pregunta hizo desaparecer mi sonrisa.

Saqué el sobre amarillento y lo dejé frente a él.

—Porque el día que iba a decírtelo me lanzaste ese dinero y me dijiste que desapareciera.

Jiang Chen quedó rígido.

—¿Ibas a…?

—Sí.

Mi voz fue tranquila.

—Ese día ya estaba embarazada.

Por primera vez, vi auténtico miedo en sus ojos.

Pero Su Mu dio un paso adelante.

Levantó el rostro y observó al poderoso presidente que tenía delante.

—Señor Jiang.

Jiang Chen bajó inmediatamente la mirada.

—¿Sí?

Mi hijo habló con una serenidad sorprendente.

—Mi mamá no vino para pedirte dinero.

Todo el salón volvió a quedar en silencio.

Su Mu apretó mi mano.

—Nosotros tampoco vinimos para pedirte un padre.

El rostro de Jiang Chen se congeló.

Y entonces Su Mu pronunció la frase que terminó de destruir aquella noche su imagen perfecta.

—Vinimos porque mamá dijo que las mentiras siempre deben tener un precio.

Jiang Chen me miró.

Yo sostuve su mirada.

Durante diez años había esperado ese momento.

Sin embargo, justo cuando creí que todo había terminado, mi abogado se acercó rápidamente y susurró:

—Su Qing, tenemos un problema.

—¿Qué ocurre?

Su expresión era extraña.

Me entregó una carpeta.

—Encontré los documentos originales de tu divorcio.

Abrí la primera página.

Y sentí que la sangre se me congelaba.

Porque junto a la firma de Jiang Chen había una anotación escrita a mano.

Una anotación que yo jamás había visto.

“Divorcio solicitado por intervención de terceros. Mantener a Su Qing alejada hasta confirmar que está fuera de peligro.”

Levanté lentamente la cabeza.

Jiang Chen seguía mirándome.

Pero ahora su expresión ya no parecía la de un hombre descubierto.

Parecía la de alguien que llevaba diez años esperando que un secreto permaneciera enterrado.

Apreté la carpeta.

—Jiang Chen…

Mi voz salió casi como un susurro.

—¿De qué peligro intentabas protegerme?

Su rostro cambió por completo.

Y entonces respondió:

—Del verdadero motivo por el que tuve que echarte de mi vida.

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