PARTE 2: LA NIÑA DE LA FOTO

Veinte minutos después, escuché pasos apresurados en el pasillo.

Daniel apareció en la puerta.

Se quedó inmóvil al verme con Emma abrazada a mi pierna.

Por primera vez en seis años, el hombre que siempre parecía tener una respuesta no dijo nada.

—Explícame —dije.

Daniel miró a la niña.

—Emma, ve con la señora Parker.

—No.

La pequeña se aferró más fuerte a mí.

—Quiero quedarme con mamá.

Mi pecho se cerró.

Daniel bajó la mirada.

—Emma, por favor.

La mujer mayor consiguió llevársela finalmente al dormitorio.

En cuanto la puerta se cerró, me giré hacia él.

—¿Por qué cree que soy su madre?

Daniel respiró hondo.

—Porque se lo dije.

Sentí una rabia helada.

—¿Estás enfermo?

—Clara…

—¿Quién es su verdadera madre?

Silencio.

—Contéstame.

Daniel caminó hasta una cómoda y abrió un cajón.

Sacó una carpeta.

La dejó frente a mí.

Dentro había documentos médicos.

Leí el nombre de Emma.

Después una fecha de nacimiento.

Y finalmente una palabra que hizo que mis manos comenzaran a temblar.

Madre genética: Clara Bennett Whitmore.

Levanté la cabeza.

—Esto es imposible.

Daniel cerró los ojos.

—No.

—Nunca tuve una hija.

—Sí la tuviste.

Retrocedí.

—No juegues conmigo.

—Durante nuestro matrimonio hicimos tratamientos de fertilidad.

Lo recordé.

Dos años de médicos.

Pruebas.

Esperanza.

Y finalmente el día en que Daniel me dijo que ninguno de los embriones había sido viable.

—Uno sobrevivió —dijo.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Qué?

—Había un embrión viable.

—Me dijiste que todos se habían perdido.

—Mentí.

Lo abofeteé.

El sonido llenó la sala.

Daniel no se defendió.

—¿Qué hiciste?

—Después de separarnos…

Su voz se quebró.

—Autoricé la transferencia.

—¿A quién?

—A una gestante.

Lo miré horrorizada.

—Usaste un embrión mío sin decírmelo.

—Era nuestro.

—ERA MI CUERPO. MI HIJA.

Daniel bajó la cabeza.

—Lo sé.

—No sabes nada.

Las lágrimas comenzaron a caerme.

—Me robaste cinco años de su vida.

—Pensé que nunca regresarías.

Solté una risa amarga.

—¡Tú me dijiste que desapareciera!

Él no respondió.

—¿Por qué lo hiciste?

Daniel miró hacia la habitación de Emma.

—Porque cuando firmamos el divorcio descubrí que el laboratorio había cometido un error.

—¿Qué error?

—El problema nunca eras tú.

Me quedé inmóvil.

—Era yo.

Su voz salió casi inaudible.

—Los tratamientos fallaban por una condición genética mía.

Todo el odio que había sentido durante años cambió de forma.

—¿Y eso te dio derecho a usar el embrión?

—No.

Por primera vez, Daniel parecía avergonzado de verdad.

—Pero cuando supe que todavía existía una posibilidad de que naciera nuestra hija… no pude destruirla.

—Entonces debiste buscarme.

—Lo hice.

—Mentira.

—Te habías mudado. Cambiaste de número. No respondías cartas.

Lo miré fijamente.

—Nunca recibí ninguna carta.

Daniel frunció el ceño.

—Te envié más de veinte.

El silencio cayó de golpe.

—¿A dónde?

Me dio una dirección.

Era la casa de mi madre.

Mi estómago se hundió.

Mi madre había muerto dos años atrás.

Y durante toda nuestra separación jamás mencionó una sola carta de Daniel.

Antes de que pudiera procesarlo, la puerta del dormitorio se abrió.

Emma apareció con un dibujo entre las manos.

Caminó hacia mí.

En la hoja había tres personas.

Un hombre.

Una niña.

Y una mujer con cabello largo.

Sobre la mujer había escrito con letras torcidas:

MAMÁ CLARA.

—Papá dijo que cuando estuviera lista, vendrías.

Miré a Daniel.

—¿Lista para qué?

Él tardó demasiado en responder.

Entonces Emma levantó la manga.

En su muñeca había una pulsera médica.

Daniel palideció.

—Emma…

Yo la observé.

—¿Por qué lleva eso?

Daniel cerró los ojos.

—Porque no te llamé solo para que conocieras a tu hija.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué tiene?

—Emma necesita un tratamiento.

—¿Qué tratamiento?

Daniel me miró.

—Y los médicos dicen que su mejor posibilidad compatible…

tragó saliva.

—eres tú.

Entonces comprendí por qué aquel apartamento había permanecido seis años a mi nombre.

Daniel nunca esperó que yo lo vendiera.

Esperaba que algún día regresara.

Y ahora sabía exactamente por qué.

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