Isabella retiró la mano de la ventanilla.
—Sebastian… abre.
Él no se movió.
Seguía sujetando mi muñeca.
—Suéltame —dije.
Sus dedos aflojaron, pero no me dejó ir del todo.
—Evelyn, no tomes ninguna decisión sobre la niña todavía.
Isabella lo escuchó.
Su rostro se quebró.
—¿La niña?
Miró mi vientre otra vez.
—¿Vas a tener una hija con ella?
Sebastian cerró los ojos un segundo.
—Isabella, hablaremos después.
—¿Después?
Ella soltó una risa amarga.
—Volví porque dijiste que terminarías todo.
Yo abrí la puerta.
Esta vez Sebastian no pudo detenerme.
—Evelyn.
Me giré.
—Ya firmamos.
Saqué del bolso el sobre con los documentos del divorcio.
—Eres libre.
Después miré a Isabella.
—Y él también.
Caminé hacia la clínica.
Detrás de mí escuché pasos.
Sebastian.
—Espera.
No me detuve.
—La cita era hoy —dijo—. Voy contigo.
Lo miré sorprendida.
—Ya no hace falta.
—Es mi hija.
—Hace una hora querías comenzar una nueva vida con otra mujer.
Su expresión se endureció.
—Eso no cambia que sea mi hija.
—Precisamente por eso quiero evitar problemas.
Isabella llegó detrás de él.
—Sebastian.
Él ni siquiera giró.
Y ese pequeño gesto le dolió más que cualquier palabra.
Entré a la clínica sola.
Veinte minutos después, la doctora dejó el ultrasonido frente a mí.
—Todo está bien. El desarrollo es normal.
Miré la imagen.
Una niña diminuta.
Mi hija.
Nunca había pensado seriamente en abortarla.
Solo necesitaba saber qué haría Sebastian cuando creyera que realmente podía perderla.
Ahora lo sabía.
Al salir, él seguía esperando.
Isabella ya no estaba.
Sebastian se acercó inmediatamente.
—¿Qué dijo la doctora?
—Que está bien.
Su respiración pareció aliviarse.
Luego extendió la mano.
—Déjame ver.
Guardé la ecografía en mi bolso.
—No.
Se quedó inmóvil.
—Evelyn.
—Ya no somos esposos.
—Pero sigo siendo su padre.
Sonreí.
—Entonces actúa como uno.
Aquella frase lo dejó sin respuesta.
Esa noche regresé a la villa y encontré tres automóviles negros frente a la entrada.
Dentro estaba Sebastian.
También Isabella.
Y un hombre mayor que reconocí de inmediato.
El presidente Xu.
Padre de Isabella.
Sobre la mesa había un contrato.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
El señor Xu respondió primero.
—El matrimonio entre Sebastian e Isabella se anunciará la próxima semana.
Sebastian se levantó.
—Yo no autoricé eso.
Isabella palideció.
Su padre ignoró la interrupción.
—Pero existe un problema.
Me miró directamente.
—Tu hija.
Sebastian dio un paso hacia él.
—Cuidado con lo que dice.
El hombre sonrió.
—Si esa niña nace, será la primera heredera legítima del Grupo Song.
Silencio.
Entonces comprendí.
El divorcio nunca había sido únicamente sobre amor.
Había acciones.
Herencias.
Control.
El señor Xu deslizó el contrato hacia mí.
—Te ofrecemos veinte millones para abandonar el país y renunciar legalmente a cualquier derecho de la niña sobre la familia Song.
No toqué el documento.
Sebastian lo arrancó de la mesa y lo rompió por la mitad.
—Fuera de mi casa.
Isabella se levantó.
—Sebastian, mi padre solo intenta protegernos.
Él la miró.
—No hay “nosotros”.
Ella se quedó blanca.
—¿Qué?
Sebastian giró hacia mí.
—El divorcio fue un error.
La habitación entera quedó en silencio.
Yo también.
Isabella empezó a llorar.
—Tú me pediste que regresara.
—Sí.
—¡Entonces cumpliste tu promesa y te divorciaste!
Sebastian apretó la mandíbula.
—Pensé que seguía amándote.
—¿Y ahora?
Él tardó demasiado en contestar.
Entonces sus ojos bajaron hacia mi vientre.
Isabella entendió.
Y yo también.
Tomé mi bolso.
—No necesito escuchar esto.
Sebastian me bloqueó el camino.
—Evelyn.
—Apártate.
—Quiero volver a casarme contigo.
Lo miré fijamente.
—No.
Pareció no comprender.
—¿Qué?
—Ya conseguiste exactamente lo que querías.
Levanté mi mano sin anillo.
—Libertad.
Pasé junto a él.
Antes de subir las escaleras, me detuve.
—Y sobre nuestra hija…
Sebastian levantó la cabeza.
—Llevará mi apellido.
Su rostro cambió.
—Evelyn.
—Y cuando nazca, podrás solicitar legalmente verla.
Isabella soltó el aire lentamente.
Sebastian, en cambio, parecía a punto de perder el control.
—No permitiré que mi hija crezca lejos de mí.
Me giré.
—Entonces quizá deberías haber pensado en eso antes de pedirme el divorcio.
Esa noche cerré la puerta de mi habitación.
Cinco minutos después, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo decía:
“Si quieres saber por qué Isabella regresó realmente, revisa quién pagó sus gastos médicos durante los últimos tres años.”
Debajo había un nombre.
Lo leí dos veces.
Y sentí un escalofrío.

Porque la persona que había financiado en secreto toda la vida de Isabella no era Sebastian.
Era su padre.
El hombre que oficialmente llevaba muerto más de quince años.