PARTE 2: LA HEREDERA SONG

Veinte años después, Patricia seguía viviendo en la casa Song.

Pero jamás olvidó aquella bofetada.

Ni tampoco olvidó que toda la familia la había obligado a pedirme perdón.

Yo tenía veintitrés años cuando regresé del extranjero.

Mi abuelo organizó una cena familiar.

Patricia llegó cubierta de joyas y acompañada por su hijo, Lucas, que ya tenía veinte años.

Mi hermano Daniel parecía nervioso.

Antes de sentarnos, Patricia colocó una carpeta sobre la mesa.

—Papá, creemos que ha llegado el momento de hablar sobre la sucesión.

Mi abuelo ni siquiera levantó la mirada.

—¿Qué sucesión?

Patricia sonrió.

—Lucas es el único nieto varón de esta generación. Algún día tendrá que asumir los negocios familiares.

Lucas enderezó la espalda.

Yo seguí comiendo tranquilamente.

Entonces Patricia me miró.

—Natalia ya es adulta. Pronto se casará y pertenecerá a otra familia. No tiene sentido que siga participando en decisiones de los Song.

Mi padre dejó los palillos.

Mis tíos también.

Aquella escena me resultaba familiar.

Patricia confundió nuevamente el silencio con apoyo.

—Por eso hemos preparado una propuesta para transferir gradualmente las participaciones a Lucas.

Empujó la carpeta hacia mi abuelo.

Él finalmente sonrió.

—¿Quieres hablar de participaciones?

—Sí.

—Perfecto.

Mi abuelo hizo una señal a su abogado.

El hombre abrió un maletín y sacó varios documentos.

Patricia perdió parte de su sonrisa.

—Hace veinte años —dijo mi abuelo— comprendí que algún día alguien intentaría utilizar el apellido Song para quitarle a Natalia lo que le correspondía.

Colocó el primer documento frente a ella.

—Por eso preparé todo con tiempo.

Daniel lo leyó.

Su rostro cambió.

—Abuelo… ¿qué significa esto?

—Significa que Natalia posee desde hace años el bloque individual más grande de acciones familiares.

Patricia quedó inmóvil.

Lucas abrió los ojos.

Yo levanté la mirada.

Mi abuelo continuó:

—Y desde esta mañana, también controla el fideicomiso principal.

Patricia se puso de pie.

—¡Eso es absurdo! ¡Lucas es el heredero!

Mi abuelo golpeó la mesa con la palma.

—¡Deja de llamar heredero a alguien que todavía no ha construido nada!

La habitación quedó en silencio.

Patricia me señaló.

—¡Ella se casará y se llevará todo!

Entonces hablé por primera vez.

—No necesito casarme para pertenecer a ninguna parte.

Me levanté.

—Y tampoco necesito ser hombre para llevar el apellido Song.

Patricia palideció.

Mi abuelo deslizó hacia mí una pequeña caja.

Dentro estaba el antiguo sello familiar.

El mismo que durante generaciones había pasado de padre a hijo.

Lo puso en mi mano.

—Siete generaciones esperando una niña —dijo—. No fue para entregarle después su lugar al primer hombre que apareciera.

Patricia retrocedió.

Veinte años atrás había entrado en nuestra casa convencida de que llevaba en el vientre al futuro dueño de todo.

Había soportado dos décadas creyendo que solo necesitaba esperar.

Pero aquella noche descubrió la verdad.

Su hijo era familia.

Sería protegido.

Sería querido.

Pero nadie le había prometido un trono.

Patricia me miró con el mismo odio silencioso que había visto cuando tenía tres años.

—Entonces todo estaba decidido desde el principio.

Negué.

—No.

Me acerqué.

—Tú lo decidiste.

—¿Yo?

—El día que golpeaste a una niña de tres años porque creíste que su valor dependía de haber nacido mujer.

Tomé la carpeta que había preparado para Lucas y se la devolví.

—Llevas veinte años intentando ganar una guerra que solo existía en tu cabeza.

Mi abuelo se levantó.

—Y se acabó hoy.

Patricia miró a Daniel esperando que la defendiera.

Mi hermano bajó los ojos.

Por primera vez, no se colocó delante de ella.

Entonces comprendió que había perdido.

No porque yo fuera la única mujer Song nacida en siete generaciones.

Sino porque durante veinte años había confundido el amor de nuestra familia con una debilidad que podía explotar.

Guardé el sello en mi bolsillo.

Cuando pasé junto a ella, Patricia murmuró:

—Siempre fuiste una niña consentida.

Me detuve.

La miré.

Y sonreí exactamente como aquella noche, veinte años atrás.

—No, Patricia.

—Solo fui la única persona de esta familia cuyo valor tú nunca supiste calcular.

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