PARTE 2: LAS CAJAS QUE LA HUNDIERON

A la mañana siguiente, mi abogado recibió algo inesperado.

Una llamada del director de compras de una empresa farmacéutica.

—Señora Shen, necesitamos confirmar si usted autorizó a Lin Yao a utilizar esos obsequios.

—No.

Hubo silencio.

—Entonces tenemos un problema.

Me envió varias fotografías.

Reconocí inmediatamente las cajas rojas.

Pero Lin Yao había retirado las tarjetas de mi madre y colocado encima etiquetas con el logotipo de su empresa.

Debajo aparecía una frase:

“Obsequio exclusivo para nuestros socios estratégicos.”

No había regalado las cajas a empleados necesitados.

Las había presentado como regalos corporativos para conseguir contratos.

Y había algo peor.

Una de aquellas cajas había terminado en manos de un funcionario encargado de aprobar una licitación.

Mi abogado dejó el teléfono sobre la mesa.

—Jingyue, esto ya no es una discusión familiar.

Asentí.

—Lo sé.

Entregamos las grabaciones del hotel, las facturas, los certificados del té y el audio donde Zhou Yu autorizaba la retirada.

Después bloqueé la cuenta conjunta.

A las cuatro de la tarde, Zhou Yu finalmente comprendió que yo hablaba en serio.

Me llamó dieciséis veces.

No respondí.

A la decimoséptima dejó un mensaje:

“¿Qué hiciste? Yao acaba de perder el contrato.”

Cinco minutos después llegó otro.

“La están investigando.”

Y finalmente:

“Regresa a casa. Tenemos que solucionar esto como marido y mujer.”

Sonreí.

Curioso.

Cuando regaló mis cosas, éramos marido y mujer.

Cuando utilizó mis ahorros para compensarme, éramos marido y mujer.

Pero cuando aparecieron las consecuencias, de repente también éramos socios.

Esa noche regresé al apartamento.

No fui sola.

Mi abogado venía conmigo.

Zhou Yu abrió la puerta.

Lin Yao estaba llorando en el sofá.

—¡Retira la denuncia! —exigió él—. Puedes recuperar tu dinero, pero Yao podría perder su empresa.

Dejé una carpeta sobre la mesa.

—No vine por los regalos.

Zhou Yu miró la portada.

SOLICITUD DE DIVORCIO.

Su expresión cambió.

—¿De verdad vas a destruir nuestro matrimonio por esto?

—No.

Lo miré.

—Tú lo destruiste la mañana después de nuestra boda.

Lin Yao se levantó.

—¡Yo puedo devolverte todo!

—No puedes.

Saqué una fotografía.

Era una de las cajas abiertas.

Dentro faltaba el té antiguo de mi madre.

—¿Dónde está?

Lin Yao dejó de llorar.

Zhou Yu la miró.

—Yao.

—Yo… lo vendí.

El silencio cayó sobre la sala.

—¿Qué?

Ella comenzó a temblar.

—Necesitaba liquidez. Un cliente reconoció el té y ofreció mucho dinero.

Zhou Yu palideció.

—Me dijiste que habías regalado todo.

—Pensé que podía recuperarlo después.

Mi abogado abrió otra carpeta.

—Ya localizamos al comprador.

Entonces reveló la cifra.

480.000 yuanes.

Zhou Yu se quedó inmóvil.

El té que Lin Yao había llamado “unas sobras de boda” valía por sí solo mucho más de lo que ella había admitido.

Y lo había vendido.

Sin permiso.

Sin pertenecerle.

Zhou Yu se volvió hacia ella.

—¿Me mentiste?

Lin Yao intentó agarrarle el brazo.

—Yu, escúchame…

Él se apartó.

Yo recogí mi copia del divorcio.

—Pueden discutirlo cuando me vaya.

Zhou Yu corrió hacia mí.

—Jingyue, espera.

Por primera vez había miedo en su voz.

—Podemos cancelar la luna de miel. Podemos recuperar las cajas. Yo hablaré con tu madre. Haré lo que quieras.

Abrí la puerta.

—Ayer te dije exactamente lo que quería.

Lo miré por última vez.

—Que respetaras lo que era mío.

Salí.

Detrás de mí escuché a Zhou Yu gritarle a Lin Yao preguntándole dónde estaba el dinero.

No regresé.

Tres días después, recibí la confirmación de que el comprador había entregado el té como parte de la investigación.

Una semana después, Zhou Yu firmó el divorcio.

La luna de miel nunca ocurrió.

Y las doscientas cajas que él consideró demasiado insignificantes para preguntarme antes de regalarlas terminaron costándole mucho más que 186.000 yuanes.

Le costaron su matrimonio.

Su dinero.

Y la amistad que durante años había defendido por encima de su propia esposa.

Mi madre recuperó parte del té.

Cuando le devolví aquella tarjeta arrugada que había encontrado en el hotel, la leyó en silencio:

“Que siempre puedan hablar de todo y aprender a valorar a la persona que tienen a su lado.”

Después me abrazó.

—Parece que escribí la bendición para la persona equivocada.

Negué con una sonrisa.

—No, mamá.

Guardé la tarjeta.

—La escribiste para mí.

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