PARTE 2: LA LECHE NO ERA LECHE

Margaret levantó el vaso.

—Bébelo, Ethan.

Él retrocedió.

—¿Qué me estás dando?

Por primera vez, su madre perdió el control.

—Lo que necesitas.

Yo saqué mi teléfono.

—Entonces no tendrás problema en que lo analicemos.

Margaret se quedó inmóvil.

Ethan la miró.

—Mamá…

—¡Ella te está llenando la cabeza de tonterías!

Intentó llevarse el vaso.

Se lo quité antes.

—No.

Margaret me miró con odio.

—No sabes con quién te estás metiendo.

—Quizá por fin estoy empezando a saberlo.

A la mañana siguiente llevé una muestra al hospital.

Ethan vino conmigo.

Horas después, el médico cerró la puerta del consultorio.

—Señor Miller, encontramos restos de un medicamento que no aparece en ninguna de sus recetas actuales.

Ethan palideció.

—¿Para qué sirve?

El médico eligió cuidadosamente sus palabras.

—Administrado de manera prolongada y sin supervisión adecuada, puede provocar síntomas como los que usted lleva meses presentando.

Los dolores.

El agotamiento.

Los mareos.

La debilidad.

Todo aquello que Margaret utilizaba como prueba de que Ethan era incapaz de cuidarse solo.

Él bajó la cabeza.

—Mi madre me lo daba desde niño.

Sentí un escalofrío.

—¿Desde niño?

Ethan asintió lentamente.

—Cuando intentaba dejar de tomar la leche, ella decía que me enfermaba porque no la obedecía.

Entonces comprendí.

Margaret no había llegado a nuestra casa porque Ethan estaba enfermo.

Ethan estaba enfermo porque Margaret había vuelto a controlar lo que consumía.

Regresamos sin avisarle.

La encontramos empacando.

Al vernos, se quedó blanca.

—¿Adónde vas? —preguntó Ethan.

—A mi casa.

—Primero dime qué había en la leche.

Margaret apretó la maleta.

—Era medicina.

—¿Quién te la recetó?

Silencio.

—¿Quién? —repitió Ethan.

Ella explotó.

—¡Lo hice por ti!

Ethan dio un paso atrás.

—¿Enfermándome?

—¡Manteniéndote conmigo!

La habitación quedó en silencio.

Margaret empezó a llorar.

—Cada vez que estabas bien, te alejabas. Universidad. Trabajo. Claire. Siempre aparecía alguien que quería quitarte de mi lado.

Ethan parecía no poder respirar.

—Así que necesitabas que yo estuviera débil.

Ella no respondió.

No hacía falta.

Yo saqué una carpeta.

—También revisamos tus pertenencias.

Margaret me miró.

—No tenías derecho.

—Encontramos recetas antiguas, nombres de médicos y registros de farmacia.

Ethan levantó la vista.

—¿Cuánto tiempo?

Margaret comenzó a temblar.

Entonces llegó la respuesta.

—Veintisiete años.

Ethan se sentó.

Todo lo que creía sobre su infancia acababa de cambiar.

Pero todavía faltaba algo.

Entre los papeles había un informe médico muy antiguo.

No pertenecía a Ethan.

Pertenecía a su padre.

El hombre había muerto cuando Ethan tenía nueve años.

Le entregué el documento.

—Tu padre presentaba síntomas casi idénticos a los tuyos antes de morir.

Margaret dejó caer la maleta.

Ethan levantó lentamente la mirada hacia ella.

—Mamá…

Ella retrocedió.

—No.

—¿Qué le hiciste a papá?

Por primera vez, Margaret no tuvo ninguna respuesta preparada.

Y entonces comprendí que la leche de Ethan no era el comienzo de aquel secreto.

Era la continuación.

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