PARTE 2: AHORA SÍ SABÍA QUIÉN ERA YO

Sebastián llegó cuarenta minutos después.

Entró sin quitarse el abrigo.

—¿Quién eres realmente?

Ni siquiera preguntó si estaba bien.

Sonreí.

—Cinco años casados y finalmente se te ocurre preguntar.

Dejó una carpeta sobre la mesa.

—Alexander canceló la transferencia. Los abogados dicen que sin esos cincuenta millones no llegamos al próximo trimestre.

—Qué problema.

—¡Clara!

Encendí una lámpara.

Entonces vio las dos maletas junto a la escalera.

Su expresión cambió.

—¿Qué significa esto?

—Que mañana presentaré el divorcio.

Por primera vez, el miedo que apareció en sus ojos no tenía relación con la empresa.

—Estás exagerando por Bianca.

—No me divorcio por Bianca.

Me levanté.

—Me divorcio porque hoy entendí qué lugar ocupaba yo en tu vida cuando pensabas que ya no me necesitabas.

Sebastián abrió la boca.

Entonces sonó el timbre.

Era Alexander Chen.

Sebastián quedó inmóvil.

Alexander entró acompañado por dos abogados.

Me abrazó brevemente.

—Tu primo me llamó desde Zúrich —dijo—. Está furioso.

Sebastián nos miraba sin comprender.

—¿Qué está pasando?

Alexander dejó varios documentos sobre la mesa.

—Hace cinco años nadie quería financiar tu empresa.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Alexander me señaló.

—Clara consiguió tu primera presentación ante nuestro fondo.

Sebastián palideció.

—Eso ya lo sabía.

—¿También sabías quién garantizó personalmente aquella primera línea de crédito cuando tu compañía estaba a semanas de cerrar?

Silencio.

Alexander respondió:

—La familia Lin.

Sebastián me miró.

—¿Tu familia?

—Nunca preguntaste demasiado —dije.

Mi padre había construido un grupo de inversión en Asia y Europa.

Yo había rechazado trabajar para él porque quería construir mi propia vida.

Cuando conocí a Sebastián, jamás le hablé de cifras.

Quería saber si podía quererme sin conocer mi apellido financiero.

Durante un tiempo pensé que sí.

Me había equivocado.

—Entonces dile a Alexander que vuelva a invertir —dijo rápidamente—. Podemos solucionar lo nuestro después.

Aquella frase terminó de destruir cualquier duda que pudiera quedarme.

—¿Lo nuestro?

Lo miré.

—Acabas de descubrir quién es mi familia y lo primero que quieres recuperar son los cincuenta millones.

Sebastián guardó silencio.

Alexander cerró su carpeta.

—Para que quede claro: Clara no me pidió retirar nada.

Sebastián levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Yo tomé la decisión.

Alexander endureció la mirada.

—Si un director ejecutivo humilla públicamente a la persona que facilitó nuestra relación y permite que su secretaria suplante su lugar en un evento corporativo, tengo razones para cuestionar su criterio.

Sebastián se dejó caer en el sofá.

Su teléfono comenzó a sonar.

Consejeros.

Socios.

Acreedores.

Nadie quería felicitarlo ya.

Entonces se abrió la puerta.

Bianca entró apresuradamente.

Todavía llevaba mi vestido.

—Sebas, todos se están yendo. Tienes que volver…

Se detuvo al verme.

Miré el vestido.

—Quítatelo.

Bianca soltó una risa nerviosa.

—¿Perdón?

—Es mío.

Sebastián explotó.

—¡Bianca, haz lo que dice!

Ella lo miró sorprendida.

Horas antes había sido la mujer que él exhibía orgullosamente.

Ahora se había convertido en un problema que quería eliminar.

Bianca comprendió lo mismo.

Y sonrió con amargura.

—Así que esto era todo.

Se quitó del bolso una tarjeta corporativa y la lanzó sobre la mesa.

—Por cierto, Clara debería revisar los gastos de la empresa.

Sebastián se quedó blanco.

Yo levanté una ceja.

—¿Qué gastos?

Bianca lo miró directamente.

—Hoteles. Regalos. Viajes. Mi apartamento.

Alexander dejó de guardar sus documentos.

La situación acababa de convertirse en algo mucho más serio.

Dos semanas después, el consejo abrió una investigación interna.

Los cincuenta millones nunca llegaron.

Sebastián fue apartado de la dirección mientras revisaban las cuentas.

Bianca desapareció de su vida en cuanto comprendió que la compañía podía derrumbarse.

Yo presenté el divorcio.

No pedí su empresa.

No la necesitaba.

Un año después abrí mi propio fondo para financiar pequeñas empresas dirigidas por fundadores que todavía no tenían acceso a grandes inversionistas.

Durante la inauguración, Alexander levantó su copa.

—¿Sabes qué fue lo mejor de aquella gala?

—¿Que cancelaras cincuenta millones?

Se rio.

—No.

—Que Sebastián pasó cinco años creyendo que él te había llevado a su mundo.

Miré la ciudad desde la ventana.

—Cuando en realidad…

Alexander terminó la frase.

—Tú habías abierto la puerta.

Meses después recibí una fotografía.

El hotel donde se había celebrado aquella gala anunciaba otro evento empresarial.

Me quedé observándola unos segundos.

Luego la borré.

Sebastián había preguntado aquella noche si yo realmente merecía entrar.

Nunca comprendió que esa había sido la pregunta equivocada.

Porque mientras él decidía quién podía ocupar una silla en su gala…

yo conocía al hombre que podía retirar cincuenta millones de la mesa.

Y cuando finalmente descubrió quién era su esposa…

yo ya había decidido dejar de serlo.

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