—Si quieres revisar las cuentas, hazlo. Es tu derecho.
Después de decir aquello, Fu Ting colgó directamente.
Me quedé mirando la pantalla apagada del teléfono.
No sentí rabia.
Solo una sensación cada vez más clara.
Él estaba ocultando algo.
Y cuanto más intentaba impedir que lo descubriera, más quería saber qué era.
Dos días después encontré la respuesta.
No en la empresa.
Sino en casa de mi hermana mayor, Chen Xin.
Mi madre había preparado sopa para mí y me pidió que pasara a recogerla.
Como Chen Xin vivía más cerca, dijo que había dejado el recipiente en su apartamento.
Yo tenía una copia de la llave.
Entré sin avisar.
—¿Hermana?
No respondió nadie.
Dejé el bolso en la entrada y fui a buscar la sopa.
Fue entonces cuando vi una puerta entreabierta.
Era su vestidor.
Dentro había un armario entero de bolsos.
Negros.
Blancos.
Grises.
Rojos.
Hermès.
Uno tras otro.
Me quedé paralizada.
Quizá una persona que no conociera esas marcas habría pensado que simplemente eran bolsos caros.
Pero yo acababa de pasar varios días revisando facturas.
Reconocí algunos modelos.
Incluso reconocí uno que había visto en una fotografía enviada por el gerente de la tienda cuando me enseñó opciones para mi cumpleaños.
Entré lentamente.
Sobre una estantería había varias cajas naranjas perfectamente apiladas.
Saqué una.
Dentro seguía guardado el recibo.
Comprador: Fu Ting.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Qué haces aquí?
La voz de Chen Xin sonó detrás de mí.
Me giré.
Mi hermana permanecía junto a la puerta.
Su expresión cambió al ver el recibo en mi mano.
—Vine por la sopa.
Levanté el papel.
—¿Y esto?
Chen Xin frunció el ceño.
—Solo son unos regalos.
—¿Todos?
Recorrí el armario con la mirada.
—¿Fu Ting te regaló todos estos bolsos?
Su expresión se volvió impaciente.
—Es él quien insiste en comprarlos.
Aquella respuesta…
Era incluso peor que una explicación.
—¿Desde cuándo?
—Mai Mai, ¿de verdad quieres discutir conmigo por unos bolsos?
La observé.
—Estoy preguntando desde cuándo mi esposo te compra Hermès.
—No lo hagas sonar tan desagradable.
—Entonces haz que suene bonito tú.
Guardó silencio.
Mi corazón empezó a hundirse lentamente.
—Chen Xin.
—¿Qué relación tienes con Fu Ting?
Sus labios se apretaron.
Y justo entonces escuché pasos pequeños detrás de mí.
—¡Tía!
Fu Ye entró corriendo.
Había llegado con mi madre.
Antes de que pudiera detenerlo, se lanzó directamente sobre Chen Xin y le rodeó la cintura.
—Tía, ¡te extrañé!
Chen Xin sonrió inmediatamente y le acarició el cabello.
Mi hijo levantó la cabeza.
Después preguntó con una naturalidad aterradora:
—Tía, ¿por qué no puedes ser mi mamá?
El mundo pareció quedarse completamente quieto.
—Fu Ye.
Mi voz salió más fría de lo que esperaba.
El niño giró la cabeza.
—¿Quién te enseñó a decir eso?
Él parpadeó.
—Nadie.
—Papá dijo que la tía era la persona que más quería antes.
Chen Xin palideció.
—Ye Ye…
Pero mi hijo continuó:
—Y la abuela dijo que, si la tía hubiera podido tener bebés, yo quizá habría sido hijo de la tía.
La bolsa que sostenía cayó al suelo.
Nadie habló.
Ni siquiera mi madre.
La miré lentamente.
—Mamá.
Ella evitó mis ojos.
En ese instante comprendí que todos lo sabían.
Todos.
Excepto yo.
La verdad salió aquella misma tarde.
Fu Ting y Chen Xin habían sido novios muchos años atrás.
Ella quedó embarazada.
Después sufrió una pérdida del embarazo.
Hubo complicaciones.
Los médicos dijeron que sería muy difícil que pudiera volver a tener hijos.
La familia Fu necesitaba descendencia.
Chen Xin no quiso entrar en un matrimonio donde sabía que terminaría siendo presionada constantemente.
Así que rompió con Fu Ting.
Y después…
Me presentó a mí.
Su propia hermana.
—En aquel momento pensé que era lo mejor.
Chen Xin estaba sentada frente a mí.
Sus ojos estaban rojos.
—Fu Ting necesitaba formar una familia.
—Tú siempre lo admirabas.
—Y yo…
Se mordió el labio.
—Yo ya no podía darle lo que su familia quería.
La miré fijamente.
—Así que me lo diste a mí.
—No lo digas así.
—¿Cómo debería decirlo?
Sentí ganas de reír.
—¿Me utilizaste como sustituta?
—Mai Mai.
Mi madre intervino.
—Tu hermana también sufrió mucho.
Giré hacia ella.
—¿Y yo?
Se quedó callada.
—¿Alguien pensó en lo que yo sentiría?
—Me casé con un hombre creyendo que me amaba.
—Tuve un hijo con él.
—Ahora estoy embarazada otra vez.
Me llevé una mano al vientre.
—Y resulta que mi matrimonio fue organizado porque mi hermana no podía darle hijos.
Mi madre suspiró.
—Las cosas no fueron exactamente así.
—Entonces explícamelas.
No pudo.
Chen Xin comenzó a llorar.
—Al principio realmente quería dejarlos vivir tranquilos.
—Nunca pensé en recuperar a Fu Ting.
—Pero estos años…
Levanté la mirada.
—¿Qué pasó estos años?
Ella cerró los ojos.
—Me arrepentí.
La respuesta cayó entre nosotras.
Limpia.
Directa.
Cruel.
—Él también se arrepintió.
Pregunté.
Chen Xin no respondió.
Ya no hacía falta.
Ese armario lleno de Hermès era su respuesta.
Mi madre me tomó la mano.
—Mai Mai.
La retiré.
—No.
—Escúchame.
—No quiero.
—Tienes dos hijos con Fu Ting.
—Uno todavía no ha nacido.
Su voz se volvió suave.
—No deberías aferrarte a una relación que ya no puede hacerte feliz.
La miré con incredulidad.
—¿Me estás pidiendo que me retire?
Mi madre guardó silencio.
Chen Xin bajó la cabeza.
Ahí estaba.
Madre e hija.
Las dos esperando que yo cediera.
Otra vez.
Solo que esta vez no era un bolso.
Ni dinero.
Era mi marido.
Mi matrimonio.
Mi vida.
Y de repente…
Sonreí.
—Está bien.
Ambas levantaron la cabeza.
—¿Qué?
—Los dejaré estar juntos.
Chen Xin pareció sorprendida.
—Mai Mai…
—¿No era eso lo que querían?
Me levanté.
—Entonces adelante.
—Que tengan su historia de amor perfecta.
Mi madre soltó un suspiro de alivio.
Chen Xin, en cambio, parecía inquieta.
Probablemente porque mi reacción era demasiado tranquila.
Y tenía razón.
Porque ninguna de las dos sabía lo que yo acababa de decidir.
Los ayudaría a estar juntos.
Pero también haría que pagaran exactamente el precio de aquello que tanto deseaban.
Aquella noche regresé a casa.
Fu Ting todavía no había vuelto.
Entré en el estudio.
Abrí la caja fuerte.
Dentro estaban los documentos originales de la empresa.
Cuando empezamos desde cero, habíamos distribuido las participaciones de una forma muy sencilla.
Yo tenía el cuarenta y dos por ciento.
Fu Ting, el cuarenta y ocho.
El diez restante pertenecía a varios empleados fundadores.
Durante años nunca había prestado atención a aquello.
Porque creía que la empresa era «nuestra».
Ahora…
Ya no.
Saqué los estatutos.
Los acuerdos de accionistas.
Y todos los documentos que demostraban las aportaciones iniciales.
Después llamé a Xiao Zhang.
—Necesito una auditoría completa.
—¿De qué parte?
—De todos los gastos personales realizados por Fu Ting utilizando recursos de la empresa.
Hubo un silencio.
—Señora Chen…
—Especialmente Hermès.
Mi voz fue tranquila.
—No falte ni una sola factura.
Fu Ting regresó pasada la medianoche.
Me encontró sentada en el salón.
—¿Todavía despierta?
—Te estaba esperando.
Se aflojó la corbata.
—¿Qué pasa?
Lo miré durante unos segundos.
—Hoy fui a casa de mi hermana.
Su mano se detuvo.
Solo un instante.
Después fingió naturalidad.
—¿Y?
—Vi sus bolsos.
Silencio.
—También encontré algunos recibos.
Fu Ting dejó lentamente las llaves.
—Mai Mai.
—Puedo explicarlo.
Sonreí.
—No hace falta.
Pareció no entender.
—¿Qué?
—Sé que estuvieron juntos.
El color desapareció de su rostro.
—¿Quién te lo dijo?
—¿Eso importa?
—Chen Xin…
—No la culpes.
Lo interrumpí.
—Ella ya admitió que se arrepiente.
Fu Ting guardó silencio.
Y ese silencio…
fue la confesión más clara.
—¿Tú también?
Pregunté.
—¿Qué?
—¿También te arrepientes de haberte casado conmigo?
Su rostro se tensó.
—Mai Mai, las cosas son complicadas.
Solté una carcajada.
—Curioso.
—Cada vez que un hombre quiere justificar una traición, la historia se vuelve «complicada».
—Nunca te fui infiel.
—¿Entonces todos esos regalos?
—Solo quería compensarla.
—¿Y decirle a nuestro hijo que ella era la persona que más amabas?
Fu Ting palideció.
—Fu Ye te contó eso.
—Es un niño.
—No entiende.
—Pero tú sí.
Me levanté.
—Así que te facilitaré las cosas.
Fu Ting frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Puedes estar con Chen Xin.
Su expresión cambió por completo.
Quizá esperaba lágrimas.
Amenazas.
Súplicas.
Nunca esperó que cediera tan fácilmente.
—Mai Mai.
—No hables impulsivamente.
—No lo hago.
—Están enamorados.
—Mi hermana se arrepiente.
—Mi madre quiere que los deje libres.
Extendí las manos.
—Perfecto.
—Los dejaré libres.
Fu Ting me observó con una incomodidad cada vez mayor.
—¿Y tú?
Sonreí.
—Yo también.
A la mañana siguiente llamé a mi abogado.
Primero: divorcio.
Segundo: protección inmediata de mis participaciones.
Tercero: auditoría de todos los gastos corporativos utilizados para comprar regalos personales.
Cuarto: valoración completa de la empresa.
Mi abogado escuchó todo.
Después preguntó:
—¿Quiere vender sus acciones?
Miré la fotografía familiar que había sobre el escritorio.
Fu Ting.
Fu Ye.
Yo.
Una familia que nunca había sido exactamente lo que parecía.
—No.
Respondí.
—Quiero conservarlas.
—Entonces, ¿qué pretende?
Sonreí ligeramente.
—Quiero que Fu Ting tenga exactamente lo que desea.
—Mi hermana.
—Una nueva vida.
—Y una empresa en la que yo siga siendo la segunda mayor accionista.
El abogado se quedó callado.
Continué:
—Si ellos quieren convertirse en una pareja destinada a estar junta…
Mi mirada se enfrió.
—Voy a asegurarme de que tengan mucho tiempo para disfrutar de su amor.
Tres días después convoqué una junta de accionistas.
Fu Ting entró en la sala acompañado por su secretario.
Al verme sentada allí, frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí?
—Soy accionista.
—Llevas años sin participar.
—Desde hoy participaré.
Su expresión cambió.
Xiao Zhang distribuyó la documentación.
—Durante la auditoría hemos encontrado gastos personales registrados indebidamente como representación comercial.
Hermès.
Viajes.
Hoteles.
Joyas.
Regalos.
Cada línea tenía una cifra.
Cada cifra tenía una fecha.
El rostro de Fu Ting se volvió cada vez más oscuro.
—Chen Mai.
—¿Era necesario llegar a esto?
Lo miré.
—Tú dijiste que revisar las cuentas era mi derecho.
La sala quedó completamente en silencio.
Su propia frase.
Devuelta exactamente a sus manos.
Después de la reunión, Fu Ting me alcanzó en el pasillo.
—¿Quieres destruirme porque amo a tu hermana?
Me detuve.
—No.
Me volví hacia él.
—Quiero dejar de protegerte de las consecuencias de amarla.
—¿Qué diferencia hay?
—Toda.
Me acerqué un paso.
—Durante años me retiré de la empresa para cuidar a nuestro hijo.
—Tú utilizaste ese espacio para convertirte en el único dueño visible.
—Gastaste dinero de la empresa en mi hermana.
—Y luego me llamaste ama de casa aburrida cuando hice preguntas.
Su rostro se puso rígido.
—Eso fue algo que dije enfadado.
—Lo sé.
Sonreí.
—Y yo ahora solo estoy arreglando las cuentas con calma.
Aquella tarde firmé el acuerdo de divorcio.
Fu Ting tardó mucho en tomar el bolígrafo.
—Mai Mai.
—¿Sí?
—Si firmo…
—¿De verdad no habrá vuelta atrás?
Miré al hombre con el que había compartido casi una década.
—No.
—¿Aunque después descubra que cometí un error?
—Ese será tu problema.
Finalmente firmó.
Pensaba que con aquello conseguía a Chen Xin.
Pero todavía no entendía algo.
Mientras yo había cuidado de la casa durante todos aquellos años…
También había conservado cada documento que demostraba exactamente cuánto de aquel imperio habíamos construido juntos.

Me puse de pie.
Antes de salir, él preguntó:
—¿No vas a felicitarnos?
Me volví.
Sonreí.
—Claro.
—Les deseo que finalmente puedan estar juntos.
Hice una breve pausa.
—Y que esta vez…
—ninguno de los dos tenga una tercera persona a la que culpar cuando descubran que el amor que idealizaron durante tantos años quizá no era tan perfecto como creían.
Su expresión cambió.
No añadí nada más.
Salí.
Porque mi madre tenía razón en una cosa.
No tenía sentido aferrarse a algo que ya no podía darme felicidad.
Así que lo solté.
Solo que ellos todavía no sabían…
que junto con Fu Ting también acababan de perder a la persona que durante años había mantenido intacta toda su vida.